La herencia emocional
de Ramon Riera

Publicación: 22 de octubre de 2019
Editorial: Planeta
Páginas: 240
ISBN: 978-8408216612

Biografía del autor

Ramon Riera i Alibés, nace en Barcelona en 1953 es médico psiquiatra, psicoanalista, psicoterapeuta. Trabaja en la atención de pacientes con problemas emocionales a través de la psicoterapia. Promueve el Seminario de Psicoanálisis Relacional en Barcelona. Es Co-Fundador y Presidente de Honor de IARPP España en la Sección Española de la Asociación Internacional para la Psicoterapia y el Psicoanálisis Relacional. Miembro del Advisory Board de la International Association for Relational Psychoanalysis and Psychotherapy y del International Council for Pschoanalytic Self Psychology. Además es Miembro de Honor del Instituto de Psicoterapia Relacional de Madrid.

En la actualidad dirige diferentes grupos de formación para psicoterapeutas interesados en las perspectivas relacionales del psicoanálisis contemporáneo. Es autor del libro La conexión emocional, donde explica de manera comprensible, para un publico general no especializado, lo que ha aprendido de sus pacientes tras 30 años de experiencia.

Nota de prensa:

La herencia emocional

Un viaje por las emociones y su poder para transformar el mundo

 

A lo largo de nuestra historia los humanos hemos estado poco conectados a nuestras emociones, a lo que realmente sentimos, las emociones que somos capaces de sentir  y las que no. Cuáles expresamos y cuáles escondemos, en qué emociones nos fijamos y cuáles nos pasan desapercibidas. En la actualidad nos encontramos en un momento de expansión emocional, la gente en la calle habla de sus emociones, los académicos las estudian, los libros sobre la materia se multiplican. Hoy más que nunca podemos entender su poder para transformar el mundo, obras como la escrita por Ramon Riera La herencia emocional, nos ayudan a ello. En ella se desgrana ese cambio emocional en la evolución humana para hacernos entender porque sentimos lo que sentimos. Además nos guía para descifrar el proceso por el cual conectamos con nuestras vivencias subjetivas, y distinguimos entre lo que se espera que sintamos y lo que sentimos de verdad.

 

Solemos ser poco conscientes de que la manera espontánea que tenemos de reaccionar emocionalmente es la que heredamos de nuestro entorno. Lo que nos genera rechazo, atracción o indiferencia, aquello de lo que nos avergonzamos, lo que nos hace sentir culpables, lo que consideramos bonito o feo. Todas ellas son cosas que aprendemos de nuestros padres y de la cultura que nos rodea, y forman esa herencia emocional invisible que nos hace sentir las emociones de una determinada manera.

 

Nuestras emociones cambiaron radicalmente con la invención de la imprenta, a mediados del siglo XV, ya que empezamos a conectar con las propias emociones y ensanchamos la capacidad de sentir. A partir de este hecho histórico las emociones han seguido su curso, expandiéndose hasta llegar al nivel de dedicación y estudio actual. Hasta hace bien poco era imposible siquiera plantearse que los bebés pudieran captar los recursos y las limitaciones de sus padres y desarrollar las convicciones emocionales adecuadas para aprovechar las oportunidades, o bien para lidiar con las amenazas generadas por sus progenitores. También hemos descubierto recientemente que la negación de las vivencias traumáticas, la estrategia por excelencia que promueven los valores tradicionales, es solo una solución de emergencia, pero a la larga no hace más que empeorar la situación. Durante siglos la gran mayoría de la humanidad haya vivido instalada continuamente en situaciones extremas que necesitaban soluciones de emergencia.

 

El autor explica que como mecanismo de defensa emocional ante dolor el cerebro de los sapiens tiene la capacidad de desconectarse. El resultado es que la capacidad de sentir la emoción dolorosa queda bloqueada. Esta es una de las razones por las que los supervivientes de una guerra no suelen hablar de los horrores de sus recuerdos.

 

Los sapiens somos la única especie animal con infinitas maneras de organizar nuestras emociones en función del contexto familiar y sociocultural en el que nos hemos criado. Un tema recurrente a lo largo de la obra es como las víctimas indefensas de los traumas psicológicos de la infancia se convierten en portadoras de unos instintos supuestamente terribles que son la causa de todos los males, explica Ramon Riera. Los valores patriarcales mucho más rígidos tiempo atrás impedían que pudiera cuestionarse la actitud de los adultos hacia los niños como generadores de dichos traumas. Por suerte los valores han cambiado y evolucionado a lo largo de la historia. Los valores tienden a ser una mezcla de creencias y convicciones emocionales. Las creencias son ideas y, por lo tanto, pueden pensarse y expresarse con palabras. Por el contrario, las convicciones emocionales se expresan a través de reacciones emocionales espontáneas. La libertad de sentir nos permite conectar con las emociones sin vernos forzados a ocultarlas. Nos permite sentirnos vulnerables sin tener que ocultar el miedo y la pena detrás de una coraza de negación.

 

Aún está por ver si el sistema de valores emancipadores basados en la libertad será capaz de dar la vuelta a este preocupante empeoramiento de la desigualdad económica que generan las sociedades del conocimiento actuales. Se pasa de la transformación de los valores que favorecen el borrado de las vivencias subjetivas en los valores que promueven la conexión con las emociones. Por ello la herencia emocional es una obra fundamental para los tiempos emocionales en los que vivimos, que nos puede dar respuestas a cuestiones que encontramos en los medios de comunicación a diario como: ¿a qué se debe el auge de la extrema derecha en las sociedades del conocimiento? o ¿en que momento de la historia se instala el patriarcado?

 

Ramon Riera escribe un interesantísimo libro que nos hace darnos cuenta del poder emocional dentro de la historia de la humanidad. Desde esos primeros neandertales que vivían en el momento presente sin miedo al futuro y por lo tanto sin miedo a la muerte, hasta los últimos estudios en nanociencia que nos revelan la existencia de las neuronas espejo. El autor presenta numerosos ejemplos extraídos de su dilatada carrera como psiquíatra infantil y psicoterapeuta, que ayudan a ilustrar a la perfección las teorías que presenta.

 

Aceptar la vulnerabilidad sin tener que negarla es el único éxito posible para nuestra especie. La posibilidad de éxito de los sapiens actuales, un grupo complejísimo formado por los siete mil millones de personas del mundo global, pasa por la aceptación de nuestra fragilidad, de la incertidumbre, de la vulnerabilidad que nos hace vivir expuestos a la muerte y al desamor. La aceptación de la propia vulnerabilidad y la empatía con la vulnerabilidad de los otros se realimentan mutuamente. Esta espiral de potenciación recíproca es una capacidad inherente a la biología de la naturaleza humana. Por ello lo que se propone en estas líneas en palabras del propio autor “es una utopía que, más allá de las ideologías políticas y religiosas, de la normatividad de lo que se tiene que hacer, se basa en la conexión con las emociones, las propias y las de los demás”.

 

 

 

Sinopsis

 

Cuando nacemos no sabemos cuál debe ser nuestra respuesta emocional a lo que nos ocurre: es algo que aprendemos de nuestros padres y de nuestro entorno. Esas emociones heredadas fueron, durante mucho tiempo, las propias de una especie amenazada que luchaba por la supervivencia, por lo que la obediencia a la autoridad (paterna, religiosa, institucional) estaba por encima de todo, también de uno mismo. Por suerte, en las sociedades del bienestar de las últimas décadas esa necesidad de preservación ha desaparecido y, al fin, nos es posible expresar la vulnerabilidad, y conectar con las propias emociones y con las de los demás. Desarrollar la empatía, que nos hace más frágiles, pero que nos permitirá ser mejores.

 

Los primeros seres emocionales

 

Los primeros sapiens descubrieron que cantar y bailar son herramientas muy potentes para facilitar el contagio emocional entre las personas, para crear un estado de ánimo grupal que impregne a todos los participantes y genere en cada uno de ellos el reconfortante sentimiento de pertenecer al grupo. El contagio emocional es el mecanismo a través se produce la herencia emocional donde los hijos aprenden desde pequeños a reconfortarse emocionalmente del mismo modo que los padres. Esos primeros antepasados se inventaron el arte, la danza, la música, la pintura, las historias que se contaban en torno al fuego, todo ello para crear la convicción emocional de que la vida tiene sentido. La habilidad de los sapiens de formar grupos muy colaboradores para conseguir objetivos comunes es la clave de nuestro éxito evolutivo. A lo largo de la historia los seres humanos siempre han promovido un tipo u otro de colaboración y han rechazado actitudes egoístas, explica el autor.

 

Hay que destacar que la crianza de los niños humanos se realizaba de distinta manera, como reza ese proverbio africano “hace falta toda la tribu para crear a un niño”. Se servían de todos los adultos de su entorno para buscar el amor y el reconocimiento necesarios para que la vida adquiera sentido, y construir así el convencimiento de que vale la pena vivirla. Como suele ocurrir con los valores en general, la existencia y el funcionamiento de las convicciones que dan sentido a la vida nos pasan desapercibidos, pero cuando estos valores faltan, los efectos de su ausencia son devastadores. En los pequeños grupos de cazadores recolectores primitivos los sistemas de valores promovían que las personas sacrificaran su libertad por el bien del grupo. En cambio, en las sociedades del bienestar actuales, por primera vez el sistema de valores predominante pone el grupo al servicio de las personas: los servicios públicos de salud, educación y pensiones son ejemplos paradigmáticos de este fenómeno.

 

Científicos como Christian Welzel han analizado las condiciones necesarias para que la libertad sea útil, es decir, para que los valores emancipadores sean adaptativos. Se observa que siempre que hay un aumento de los valores emancipadores antes han coexistido tres factores. El primero es cierto nivel de seguridad material, que permita priorizar la libertad por encima de labúsqueda de protección a cambio de obediencia. El segundo factor es el acceso a una educación variada y de calidad, donde la libertad permita escoger la opción formativa más adecuada para cada uno. Y, por último, el tercer factor es lo que Welzel llama conectividad. Esta palabra tiene un doble significado: por un lado, se refiere a la existencia de una red de transportes que facilite el intercambio comercial y el desplazamiento de las personas, con lo cual la libertad de elegir con quién intercambiar se vuelve muy útil; y, por el otro, se refiere a las tecnologías que hacen posible la comunicación entre las personas, como la prensa escrita, el teléfono, la radio, la televisión, o internet. Cuanto más potentes son las herramientas de comunicación en una sociedad, más alta es la capacidad de la población de tener la información adecuada para hacer la elección correcta y, más importante aún, para conectar con quienes tienen preocupaciones e intereses afines.

 

 

 

 

 

 

 

Las primeras sociedades

 

Cuando las primeras sociedades empezaron a construirse y los pueblos dejaron de ser nómadas se crearon nuevos valores para organizar la convivencia. Surgieron así los valores jerárquicos, con los que muchas personas obedecían a unas pocas. Los poderosos daban protección y a cambio exigían obediencia. La vida y el trabajo cambiaron para siempre, de las cuatro o cinco horas diarias que los nómadas empleaban en la búsqueda de alimento, los campesinos pasaron a trabajar de sol a sol en los campos. Ser mandados era su destino: estaba fuera de discusión, era la voluntad de Dios. “La obediencia a la autoridad es el núcleo a partir del cual se han desarrollado los valores que han organizado las relaciones humanas durante los últimos 10.000 años”, afirma Ramon Riera.

 

También se sentarán en este momento histórico las bases del Patriarcado. Así como los hombres cazadores recolectores suelen ser más o menos tolerantes con la infidelidad de las mujeres y con la sexualidad de las hijas, en las sociedades agrícolas sucede todo lo contrario: a partir del momento en el que las herencias son importantísimas para la supervivencia, los hombres imponen un fuerte control sobre la sexualidad de las mujeres para asegurarse de que sus herederos no sean hijos de otro. Las bodas típicas en las sociedades agrícolas eran entre un hombre de más de treinta años que ya había heredado y una mujer virgen de unos quince años. Curiosamente, la herencia y la desigualdad entre ricos y pobres, típicas de las sociedades agrícolas, terminan fomentando los valores patriarcales que promueven la desigualdad entre hombres y mujeres.

 

Por ello en la actualidad nos cuesta mucho desaprender los valores que la humanidad aprendió durante 10.000 años en las sociedades agrícolas aunque las circunstancias cambiaran radicalmente en las sociedades postindustriales. En los grupos de cazadores recolectores casi no existía la distinción entre ricos y pobres, en aquellos grupos nómadas no tenía sentido acumular riquezas que acabarían siendo una pesada carga a la hora de desplazarse. Hasta el inicio de la agricultura y de la vida sedentaria los humanos no empezaron a aficionarse a acumular, y desde entonces las diferencias entre ricos y pobres no pararon de crecer.

 

Frente a las sociedades agrícolas y patriarcales, rígidamente jerárquicas, donde la sumisión a cambio de protección era también el capital principio organizador de la convivencia. Las sociedades postindustriales y democráticas, han experimentado una expansión sin precedentes de los valores basados en la libertad.

 

 

La revolución emocional de la imprenta

 

Mucho se ha escrito sobre Miguel de Cervantes y su caballero Don Quijote pero nunca habíamos reparado tanto en el poder emocional de la obra.  Como expresa Ramon Riera “El pequeño Miguel nació en lo que hoy llamaríamos una familia desestructurada. Es probable que las familias desestructuradas hayan sido mayoritarias durante los miles de años de nuestra historia y que solo con el logro de la sociedad del bienestar se hayan convertido en marginales. (…) Cervantes relató la historia de su vida: la historia de un ser humano que lucha por salir de una abrumadora insignificancia y por encontrar el reconocimiento de un entorno que le es firmemente hostil. Por eso el Don Quijote es una novela tan innovadora, porque es la historia de un ser humano vulnerable, que es consciente de su sufrimiento y de sus anhelos de encontrar amor y reconocimiento. El protagonista de la historia no es un santo ni tampoco un héroe triunfador, sino un ser humano de carne y hueso, conectado con su vulnerabilidad”.

 

Con la invención de la imprenta se dan las condiciones tecnológicas para que una gran variedad de novela romántica llegue, a grandes masas de lectores, y empiece a producirse un fenómeno históricamente insólito, que millones de lectores leen, en soledad, historias de personajes con los que pueden identificarse. “Si leo que otro siente lo que yo siento, esto valida mi manera de sentir. Y lo que es más importante: aunque en mi entorno cotidiano no haya nadie que pueda validar mi particular y genuina manera de sentir, podré obtener esa validación de los personajes de las novelas que leo en la intimidad. Millones de lectores de novelas se reafirman así en su forma de sentir y mejoran la conexión con las propias emociones”, explica el autor. Caso similar se produce con la obra de Gustavo Flaubert Madame Bovary. De este modo, el valor obediencia a lo que las figuras de autoridad esperan empieza a ser sustituido por el valor coherencia con las vivencias más auténticas y profundas de uno mismo.

 

La invención de la imprenta creó una red inmensa de escritores y lectores que se refuerzan emocionalmente mutuamente. Emociones que durante miles de años el individuo había tenido que sacrificar al servicio de la supervivencia física de la especie empiezan a encontrar su lugar en la conciencia de los sapiens. La difusión entre las masas, a través de la imprenta, de la novela romántica había provocado que la subjetividad de la gente quedara más a la vista explorándose por primera vez en la historia de la humanidad.

 

En las sociedades del conocimiento la lucha por la supervivencia física ha dejado de ser el motor de nuestras vidas. Lo que noshace sentir seguros, lo que nos hace tener la sensación de que la vida vale la pena, ya no es no pasar hambre, o no tener que ir a la guerra, o no tener que pasar por la angustia indescriptible de que nuestros hijos se mueran. Lo que nos asusta en nuestro días es la muerte en vida, el vacío, el sentimiento de que nuestra vida no tiene sentido. Vivir en paro, con la vivencia de un futuro gris, sobreviviendo con subvenciones, sin perspectivas de encontrar un trabajo que nos haga sentir útiles y reconocidos. Estas son las amenazas de las sociedades del conocimiento.

 

 

El poder de la empatía

 

El término empatía nació en 1909, cuando Titchener, un psicólogo inglés afincado en Estados Unidos, lo utilizó por primera vez en su libro Experimental Psychology. Es una palabra que nació en un contexto académico y que durante muchos años solo fue utilizada por una minoría de intelectuales del mundo de la psicología académica. La palabra empatía es muy joven, y no fue hasta finales del siglo XX cuando se extendió de forma espectacular por sectores muy amplios de la población. La empatía es la capacidad de sentir lo que siente el otro. Podemos empatizar con la alegría del otro y sentir, por ejemplo, como nuestro cuerpo se contagia de su vitalidad. También podemos empatizar con la pena de alguien que llora.

 

A lo largo de la obra se repite la idea de que la aceptación de la vulnerabilidad es una de las principales consecuencias de los valores de la modernidad. Los valores basados en lo que podríamos llamar la libertad de sentir nos vuelven más vulnerables a las heridas emocionales que los demás nos pueden infligir, a los fallos empáticos de los demás. Además nos hace más conscientes también de la inevitable, y deseable, interdependencia emocional con las personas que nos rodean. Los valores basados en la libertad nos llevan a la libertad de no tener que ocultar lo que sentimos, ni a los demás ni a nosotros mismos.

 

El individualismo promueve la falsa creencia de que no necesitamos el reconocimiento de los demás, promueve una falsa independencia. En cambio, la conexión con la propia subjetividad promueve, inevitablemente, la aceptación de la propia vulnerabilidad, la conciencia de cómo necesitamos a los demás y de cómo nos afectan sus fallos. He aquí otra paradoja que puede resultar desconcertante: los valores centrados en la libertad nos vuelven más conscientes de nuestra dependencia de los demás, de cómo necesitamos su amor y reconocimiento. Ser libre no significa ser independiente de los demás, significa permitirnos sentir qué necesitamos de los demás, qué nos dan y en qué nos fallan. Por eso millones de personas de los países más avanzados del mundo votan a líderes autoritarios que los devuelvan a los mundos conocidos y familiares de lo que podríamos llamar la infancia evolutiva de la humanidad. El miedo a un mundo demasiado nuevo nos hace volver a los valores demasiado viejos que no hemos tenido suficiente tiempo para desaprender.

 

 

Emociones y familia

 

En la actualidad, las dinámicas defensivas de desconexión emocional han cambiado muchísimo. Los padres saben que el riesgo de que su hijo se muera antes de llegar a los cinco años es mínimo y, por lo tanto, su implicación emocional con los pequeños puede establecerse sin reservas, como si la relación fuera para toda la vida. Esta es, según Ramón Riera, la razón principal por la que los padres actuales de la sociedad del bienestar tienden a estar más conectados emocionalmente con sus hijos desde bien pequeños. Pueden sentir las emociones que sus pequeños sienten y, en consecuencia, no niegan la subjetividad de los niños como ha sucedido a lo largo de casi toda nuestra historia.

 

Podríamos decir que las crías humanas son entrenadas, desde muy pequeñas, para ilusionarse por infinidad de cosas. Son educadas para tener la mente ocupada con las ilusiones y así no tener espacio para pensar en la muerte. En gran medida, para encontrar sentido a la vida, los humanos debemos aprender desde pequeños a no pensar mucho en la muerte. Las ilusiones y esperanzas que vamos creándonos arrinconan las incertidumbres que nos genera nuestra mortalidad en zonas muy periféricas de la conciencia, por lo que pueden pasar días, semanas, meses incluso, sin que la inquietud por nuestra mortalidad se nos haga presente ni por un momento. Hasta que vamos a un entierro o hasta que una situación traumática provoca que se hagan añicos los sistemas de creencias que nos dan seguridad, y entonces el sentimiento de peligro y amenaza invade como un tsunami el centro del escenario de la conciencia.

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