DICEN LOS SÍNTOMAS

de

BÁRBARA BLASCO

 

«De una situación tan dura y mineral como la visita a un padre hospitalizado, Bárbara Blasco consigue extraer con humor, ternura y mala leche una literatura de muchos quilates.» Antonio Orejudo

El jurado del XVI PREMIO TUSQUETS EDITORES DE NOVELA 2020, presidido por Almudena Grandes e integrado por Antonio OrejudoEva CosculluelaElisa Ferrer, ganadora en su anterior convocatoria, y, en representación de la editorial, Juan Cerezo, acordó por mayoría otorgar el premio a la obra Dicen los síntomas de Bárbara Blasco:

 

Por la narración mordaz de una mujer soltera y en plena crisis de desencanto, tanto laboral como sentimental, que, pese a tenerlo todo en contra, no desfallece en la búsqueda de la felicidad. Una novela de escritura turbadora y un excelente retrato generacional con un final inesperado.

«Una novela con un comienzo inquietante y un final conmovedor.» ALMUDENA GRANDES

«Bárbara Blasco construye con solvencia a una protagonista valiente que se esfuerza por encontrar su sitio, retrata con acidez las relaciones familiares y nos recuerda que lo mejor de la vida puede surgir de los lugares más insospechados.» ANTONIO OREJUDO

«Una voz afilada, certera, que habla de la enfermedad, la maternidad, el cuerpo, el amor y la familia desde un lugar perturbador, incómodo, absolutamente fascinante.» ELISA FERRER

LA NOVELA

Aunque Virginia nunca ha mantenido una buena relación con su padre, se siente obligada a visitarlo a diario y a hacerle compañía cuando este es ingresado gravemente enfermo en una clínica de Valencia. Para ella, obsesionada con las dolencias, los síntomas se revelan más sinceros que las palabras. En esa habitación de hospital se ponen a prueba los vínculos con su madre y con su hermana, precisamente en un momento crítico en la vida de Virginia, para quien la maternidad empieza a ser una urgencia. Un nuevo paciente, un hombre enigmático y no carente de atractivo, ocupa entonces la cama vecina. Al principio Virginia apenas cruza con él algunas palabras de cortesía, pero, poco a poco, los dos traban una complicidad ajena a la asepsia del hospital, y acaban creando un pequeño espacio compartido, un lugar en el que cobijarse. Y en el que tal vez, cuando todo esté perdido, surja algo inesperado y auténtico.

LA AUTORA

Bárbara Blasco (Valencia, 1972) trabajó como dependienta, teleoperadora, camarera, ayudante de mago, bailarina de cabaret, empleada de gasolinera, actriz secundaria y vendedora de enciclopedias antes de licenciarse en Periodismo. Ha estudiado dirección cinematográfica en el Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya, y guion de cine en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. Es autora de las novelas Suerte (2013) y La memoria del alambre (2018), y en la actualidad colabora en Valencia Plaza e imparte clases en el Taller de Escritura Creativa de Fuentetaja. Con Dicen los síntomas logra, con una escritura sin contemplaciones y muy original, un excelente retrato de una mujer en crisis.

Empieza a leer la novela:

Revolotea una gran agitación alrededor de la muerte. Enfermeros, médicos, auxiliares se mueven con diligencia, sin titubeos. La medicación de las ocho, la de las cuatro, la de las doce, el cambio de gotero, el cambio de bolsa, bolsas transparentes que contienen líquidos, líquidos dorados, cobrizos, impúdicos. La cuña, el lavado de genitales, levantar el cuerpo en un, dos, tres. A la muerte se la ahuyenta con ritmo. Bandejas con puré de verduras, con pescado hervido, con yogur desnatado, con pechuga a la plancha. A la muerte le pirra la grasa. Todo parece consistir en aguardarla con orden germano, para así tratar de despistarla, como si la rutina pudiera vencerla, como si la inmortalidad se compusiera de pequeñas acciones cotidianas enlazadas una tras otra sin fin. Como si eso no se pareciera sospechosamente al infierno. —Parece que por fin ha llegado tu hora —le susurro. Tiene el aspecto de un anciano Leonardo, apoyado sobre la baranda del tiempo, meditando. La luz lechosa que entra por la ventana empapa su barba, sus cabellos más sedosos que nunca, más blancos que nunca, líquenes derramados sobre la roca sumergida. No responde. Hace dos días que no habla, que ha entrado en un estado comatoso que bien podría confundirse con la paz interior. Yo creo que ha optado por cerrar los ojos como la única forma de permanecer dentro cuando ya todo lo suyo quedó fuera: sus líquidos, su resistencia, su dignidad. Los párpados son esa última persiana que puede echar. —¿Tienes miedo ahora? Di, ¿tienes miedo, cabrón? No responde. La enfermera entra y revisa tubos, revisa niveles, revisa constantes. Su culo redondo y blanco va y viene ante mis ojos. La asepsia es importante, aquí el blanco es importante. Las paredes son blancas, la mesita de noche blanca, la cama blanca, las sábanas, las pastillas son blancas. Aunque también las hay rosas. El silencio es blanco.

 

Contenido original proporcionado por la editorial Tusquets

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