El pequeño libro de las grandes mujeres
de Carmen Gallardo Durán

Publicación: 26 de septiembre de 2019
Editorial: Alienta Editorial
Páginas: 200
ISBN: 978-84-17568-71-9

Un compendio de voces femeninas, de sus anhelos, decepciones y esperanzas.

Biografía del autor

Carmen Gallardo es periodista especializada en temas de mujer, sociedad, cultura y dinastías y casas reales. Ha realizado su labor profesional en prensa de información general para la mujer como Dunia, Joyce España y Yo Dona. Es autora de la novela histórica La reina de las lavanderas y ha trabajado con diferentes ONG en proyectos solidarios y de cooperación en África y Haití.

Nota de prensa:

Un libro para dar voz a las mujeres, para difundir sus reflexiones, frases ingeniosas, comentarios mordaces y pensamientos de fondo, pero también para proponer visiones alternativas a las habituales.

Un recopilatorio ordenado temáticamente de frases célebres de grandes pensadoras, artistas, filósofas, científicas o empresarias a lo largo de toda la historia, en las que encontrarás reflexiones sobre aspectos como el feminismo, la sexualidad, la política o la pareja.

Un punto de entrada para descubrir las contribuciones del sexo femenino a la historia del pensamiento humano.

El hombre que se levanta es aún más grande que el que no ha caído. – Concepción Arenal

No existen las distancias cuando se tiene un motivo. – Jane Austen

 

ALGUNOS EXTRACTOS DEL LIBRO

ARTE Y CULTURA: MUJERES DE CARNE Y HUESO

Siempre han hablado, aunque no las hayamos escuchado. Desde el conocimiento y la experiencia o desde las profundidades del ser han luchado para defender derechos propios y ajenos. Para emitir quejas o halagos. Para reivindicar a los suyos, para preservar un trono o un pedazo de tierra. Con ironía, dolor o rabia. Con aplomo, veteranía o trazando las sempiternas dudas sobre la vida. Desde la espiritualidad o el materialismo, su voz, la voz de las mujeres, vociferante o queda, ha permanecido en páginas maestras, discursos públicos, trayectorias humildes o brillantes biografías. En estas páginas recogemos las voces de creadoras, científicas, empresarias, literatas, médicos, políticas, actrices, maestras y heroínas.

Este pequeño libro recoge 1.500 pensamientos de mujeres en forma de citas, para conocer sus opiniones sobre la vida, la justicia, la educación, la literatura, el amor o el trabajo. No es fácil ajustar sus reflexiones, a veces poliédricas, a categorías excesivamente cerradas. En primer lugar, hay que destacar el espacio que han ocupado en el ámbito de las artes, la escena, el cine o los libros; que han evolucionado gracias a las aportaciones de las mujeres. Su presencia en el área científica siempre fue una incógnita; sin embargo, sus voces nos han permitido descubrir nombres y vidas apasionantes. Las mujeres también son parte del mundo del trabajo; siempre estuvieron ahí, aunque la mayoría de las veces su labor no tuviera ninguna compensación económica.

Merodearon casi siempre como subordinadas en torno al poder y la política, hasta que muy recientemente se han instalado en la primera línea. Siempre tuvieron un papel destacado en la defensa a ultranza de los derechos civiles y de los desprotegidos. Imposible no abrirles un hueco en el apartado de la vida; se agarraron a ella apasionadamente, defendiendo amistades peligrosas o mostrando obediencia y docilidad si era preciso para subsistir. Tampoco podía faltar un espacio para que hablasen de sí mismas y de sus derechos, tantas veces violados; para tratar el amor, el mundo interior y las historias compartidas con las compañeras de fatigas. De todas esas reflexiones pueden derivarse al menos cinco grandes categorías. En cada una hallaremos definiciones rápidas y certeras, anhelos, decepciones, creencias y desarraigos. Ha sido complicado seleccionar la voz de tantas mujeres, que a pesar de estar silenciadas, han dicho tanto.

Recopilamos voces ancladas en nuestra memoria y otras que aún podemos escuchar o leer. A partir de sus nombres y reflexiones, ha resultado apasionante descubrir biografías de grandes desconocidas, porque detrás de cada cita existe una vida o una labor sobre la que merece la pena indagar. Este libro es también una invitación para comenzar a investigar. Arrancamos con la cita de una española, la soprano Victoria de los Ángeles: «Hay una relación entre el arte y el más allá». Una mujer querida y halagada, que dio vida con su canto a muchas otras y reflexio-nó sobre el arte y el espíritu, quizá dos de los campos donde resulta más fácil escuchar voces de mujer. Tal vez sea en el arte y la cultura, apartado con el que abrimos el libro, donde las mujeres establecieron más fácilmente un canal de expresión; el hueco que la sociedad les consintió para presentarse en público, aunque ese espacio no fuera siempre el más justo. Por eso no podía faltar la voz de la escultora francesa Camille Claudel, desde niña obsesionada con crear un mundo de barro con sus manos.

Fue víctima de sus sueños, del arte, de Auguste Rodin, de su madre y de su hermano. «No he hecho todo lo que he hecho para terminar mi vida engrosando el número de recluidos en un sanatorio, merecía algo más»; fue el llanto último de un personaje desventurado.

En el mundo de las artes, las mujeres fueron musas o modelos, encarnaron personajes fatales o mujeres sumisas. Desde la Colometa dócil y de destino trágico que la escritora Mercé Rodoreda imagina en La plaza del diamante («la novela más bella que se ha publicado en España después de la guerra civil», en palabras de García Márquez, premio Nobel de Literatura); hasta la Petra embaucadora que crea Leopoldo Alas en La Regenta. Por otro lado, destaca la diversidad de perfiles femeninos esbozados en Rebecca, la obra de la novelista inglesa Daphne du Maurier (la segunda señora de Winter, una joven sin nombre torturada por la duda; Rebecca de Winter, la esposa muerta, bella y adorable, pero también mentirosa y manipuladora, o la siniestra ama de llaves de Manderley), todos estos personajes de ficción son reflejo de la percepción social de las mujeres o de la labor que la familia, el entorno y la religión les habían otorgado. Era un hecho que sintetizó con acierto otra novelista británica, la autora de Orgullo y Prejuicio, Jane Austen: «No recuerdo haber leído ningún libro que no hable de la inestabilidad de la mujer. Quizá porque fueron escritos por hombres». Austen, hija de un pastor protestante que acercó a la séptima de sus hijos a la obra literaria de destacados autores británicos, publicó bajo seudónimo, pero dejando clara su identidad femenina.

Muchas de las mujeres que se acercaron a la literatura tuvieron que esconderse bajo seudónimos masculinos: George, quizá por lo común del nombre, fue bastante común. George Sand era en realidad la baronesa de Dudevant, Amantine-Aurore-Lucile Dupin, una apasio-nante mujer, amante —entre otros— de Chopin y Mérimée. George Eliot es el pseudónimo que empleó la novelista británica Mary Anne Evan. Fernán Caballero fue el elegido por la escritora establecida en Sevilla bajo el halo protector de los Montpensier, Cecilia Böhl de Faber. No se trataba de una moda o un deseo de engañar al público, ni siquiera una táctica comercial; era, más bien, producto de las circunstancias. Cuando Charlotte Brontë envió una selección de sus poemas al poeta británico Robert Southey, recibió la siguiente respuesta: «La literatura no puede ser asunto de una mujer». La futura autora de Jane Eyre empezó a firmar como Currer Bell. Sus hermanas iban a seguir sus pasos. Emily Brontë, autora de Cumbres borrascosas, se convirtió en Ellis Bell y Anne Brontë firmó Agnes Grey bajo el seudónimo de Acton Bell. En la novela Todo ese fuego, la escritora y periodista española Ángeles Caso recrea las vidas victorianas de las hermanas Brontë, famosas no tanto por su obra literaria como por la recreación que ha hecho de ellas el mundo de Hollywood.

Las voces que vamos a leer también denuncian las relaciones de subordinación. A menudo, el protagonismo femenino en las artes no fue desde la supremacía y la igualdad. Inventaron numerosas artimañas y utilizaron fórmulas alternativas para acercarse a los intelectuales. En los siglos xvii y xviii las amantes de la cultura, las mujeres más pudientes, abrieron sus salones para que ellos hablasen de ciencia, política, letras o del cosmos. El salón literario de Marie-Thérèse Rodet Geoffrin, también conocida como madame de Geoffrin, en la calle Saint Honoré, fue una institución en el París del siglo xviii. Los lunes recibía a mecenas y artistas, los miércoles, autores. Había aprendido de una vecina, Claudine Guérin de Tencin (madame de Tencin), que iba para monja y fue madre soltera del matemático y enciclopedista Jean le Rond d’Alembert; quien también escribió alguna novela ocultando su identidad. Anne-Thérèse de Marguenat de Courcelles (madame de Lambert), recibía martes y miércoles. En su salón estaban prohibidas las discusiones políticas y religiosas, allí sólo se hablaba de filosofía o letras. La educación ponderada y el buen gusto de la dueña imperaban en las tertulias, mientras en privado reflexionaba y escribía sobre el orden de las cosas: «Las virtudes femeninas son difíciles, porque la gloria no estimula su práctica».

¿A qué virtudes se refería Madame de Lambert? Sin duda, éstas han evolucionado con los siglos, y en tiempos de revolución feminista se han venido abajo los clichés históricos recogidos en el mundo de las artes. Desde el feminismo han denunciado la cosificación de las mujeres, idealizadas o reales, porque los objetos se contemplan, se usan y se tiran. La idealización es peligrosa. La belleza como único atributo, los estereotipos femeninos, la imagen culturalmente cómoda de la feminidad, tienen los días contados. Ellas lo cuentan; algunas lo denuncian, otras ironizan al respecto. Lo hacen desde Hollywood, en la música, con una cámara de fotos o con un pincel. Micrófono en mano o desde un escenario. O desde las páginas de un libro.

 

ELLAS CREAN

Hay una relación entre el arte y el más allá.
Victoria de los Ángeles [López García] (1923-2005),soprano española.

Arte no es representar lo bello, sino bellamente las cosas.
Pilar Avivar,profesora de arte española.

El arte es la emoción sin el deseo.
Muriel Barbery (1969),escritora francesa.

Es lícito violar una cultura, pero con la condición de hacerle un hijo.
Simone de Beauvoir (1908-1986), escritora, filósofa y feminista francesa.

La fama no cambia al artista, sino a los que le rodean.
Icíar Bollaín (1967),directora de cine española.

El arte es una pasión moral casada con el entretenimiento. Pasión moral sin entretenimiento es propaganda, y entretenimiento sin pasión moral es televisión.
Rita Mae Brown (1944), escritora estadounidense.

Aunque hayas hecho una obra de arte realmente espantosa, puede tratarse de un eslabón necesario hacia tu próximo trabajo.
Julia Margaret Cameron (1815-1879), fotógrafa inglesa.

Si el arte necesita una explicación, ¿dónde queda lo visual?
Leonora Carrington (1917-2011), pintora surrealista y escritora inglesa nacionalizada mexicana.

No hay peor error en la vida que ver o escuchar las obras de arte en un momento inoportuno. Para muchos, Shakespeare se echó a perder sólo por haberlo estudiado en la escuela.
Agatha Christie (1890-1976), novelista británica.

El artista crea y ahí acaba su responsabilidad, porque lo creado pasa a ser patrimonio y, por tanto, responsabilidad del pueblo.
María Félix (1914-2002), actriz mexicana de la Época de Oro del cine mexicano.

Creo que la cultura puede ser una fuerza poderosa para la paz.
Jodie Foster (1962), actriz y directora de cine estadounidense.

 

CIENCIA Y ECONOMÍA. ¿Qué INVENTEN ELLOS? NO, LO HACEMOS NOSOTRAS

El primer humano en pisar la luna podría haber sido una mujer. Geraldine Cobb cumplía con creces las condiciones exigidas para navegar por el espacio y pisar los cráteres lunares: veintiocho años, siete mil horas de vuelo y tres récords mundiales de aviación. ¿Una mujer iba a ser la primera en darse una vuelta por el cosmos? Obviamente no. Cuando el director del área científica de la NASA empezó a diseñar la misión Mercury 7 en 1958 se topó con el currículum de Geraldine Cobb. Aunque uno de los requisitos era ser hombre, ella era una candidata perfecta. Lejos de cualquier compromiso feminista, las razones de su propuesta estaban basadas en razones fisiológicas y prácticas. Al ser menos pesadas, las mujeres requerirían menos oxígeno auxiliar, eso iba a permitir reducir la cantidad de combustible utilizado para lanzar el cohete. Además, tenía en cuenta datos médicos. Las mujeres padecen menos ataques al corazón y pueden soportar mejor la presión psicológica y las horas de soledad en el espacio.

El Mercury 7 despegó en 1961. Pero Cobb no viajó en la nave. Ella y otras mujeres candidatas fueron descartadas oficialmente con esta lacónica frase: «No sentimos, en este momento, que esto represente alguna ventaja para nuestro programa espacial». Dos años después, los rusos se aventuraron y la ingeniera y cosmonauta Valentina Tereshkova se convirtió en la primera mujer en salir al espacio. Resultó elegida entre 400 candidatos. Años más tarde, Tereshkova también fue la primera mujer que caminó durante 3 horas y 35 minutos por el vacío espacial. «Si tuviera dinero, viajaría otra vez al espacio, aunque fuera como turista, y también volaría a Marte, incluso con billete sólo de ida», confesó la rusa. La NASA levantó el veto a la participación de las mujeres en los vuelos al espacio en 1983.

Anécdotas galácticas al margen, es significativo recuperar citas y frases de las mujeres en áreas casi proscritas para ellas, como la economía, la empresa o la ciencia. Y es casi obligado explorar y descubrir sus apasionantes biografías. Como la de Wang Zhenyi, una mujer tan genial como Da Vinci. En la China del siglo xviii, cuando las mujeres estaban educadas únicamente para desarrollar tareas domésticas, Zhenyi se las arregló para convertirse en matemática, astrónoma, escritora y poeta. También destacó en artes marciales y en tiro con arco. Para escapar de la vida anodina a la que le relegaba su condición de mujer, contó con la ayuda de su padre y de su abuelo. Pero, sin duda, fue su enorme curiosidad e inquietud intelectual lo que la motivó a convertir sus juegos en el jardín en hábiles experimentos sobre lo que ocurría en el mundo de las estrellas. Wang Zhenyi calculó el movimiento de los equinoccios, estudió los eclipses lunares e indagó en el teorema de Pitágoras y otros elementos geométricos. Ésta fue la queja más amarga de aquella brillante mujer: «Cuando se habla sobre el aprendizaje y las ciencias, la gente no piensa en las mujeres».

Esa realidad que denunciaba dos siglos antes Zhenyi, no impidió a Gertrude Belle Elion volcarse en el estudio de los fármacos. La muerte de su abuelo por cáncer la hizo emprender su carrera en bioquímica. Con un brillante expediente académico, sólo halló inconvenientes para desarrollar la labor investigadora por ser una mujer. ¿Por qué rendirse cuando el sentido común se imponía? «Me dijeron que las mujeres no podíamos ser químicas. No encontré razón por la que no pudiéramos.» Fue Nobel de Medicina en 1988.

Tampoco halló ninguna razón de peso la astrofísica Jocelyn Bell. Sin embargo, no fue ella quien recibió el reconocimiento de la comunidad internacional por su descubrimiento del púlsar (estrella que emite radiación muy intensa a intervalos cortos y regulares); fue su director de tesis, Antony Hewish (junto a sir Martin Ryle), quien recibió el Nobel de Física en 1974. A Bell, la auténtica descubridora, le preguntaban en cambio por su peinado o sus relaciones sentimentales. Como dijo en una ocasión, «además de referentes como la nobel Marie Curie, la sociedad necesita modelos normales, cotidianos, para generar vocaciones científicas en las niñas». Madame Curie, premio Nobel de Física en 1903 y de Química en 1911 (y madre de Irène Joliot-Curie, Nobel de Química en 1935), ha sido consagrada como la científica por excelencia, y su excepcionalidad ha ensombrecido otros logros.

El objetivo del libro no es desvelar los éxitos científicos o laborales de las mujeres que aparecen en las páginas siguientes, pero sus apuntes, sus citas, son una invitación para anotar sus nombres y conocer sus proezas. No sólo utilizaron la agudeza intelectual en el mundo de la empresa, la escritura o la tecnología; con gran habilidad resumieron, a golpe de reflexión sarcástica, ácida o meramente descriptiva, su lugar en el mundo. Muchas vivieron a la sombra de sus colegas, relegadas por las élites intelectuales de cada época. Trabajaron a diario durante horas sin ser reconocidas ni recompensadas.

Muchas fueron educadas para calzar el zapatito de cristal. Y muchas se negaron a calzarlo, como Rachel Carson, bióloga marina y conservacionista estadounidense que, a través de la publicación de Primavera silenciosa en 1962, contribuyó a la puesta en marcha de la moderna conciencia ambiental. Años antes, la pintora mexicana Frida Kahlo ya había mostrado su sensibilidad artística para llamar la atención sobre el futuro de la Tierra: «El hombre es dueño de su destino y su destino es la Tierra y él mismo la está destruyendo hasta quedarse sin destino».

En otro ámbito y en otro tiempo se negó a calzar ese zapato de cristal Consuelo Álvarez Pool. Consuelo perteneció a la primera promoción de mujeres telegrafistas de España, trabajó como periodista y se declaró firme defensora de los derechos de la mujer a principios del siglo xx. Fue precisamente al ejercer como periodista cuando se convirtió en «Violeta», seudónimo con el que es más conocida. Así firmaba sus escritos sobre moda o cocina, secciones en las que le permitieron colaborar. Logró imponerse como periodista para escribir de lo que consideraba crucial: denunciar la situación de las mujeres, las injustas condiciones laborales que sufrían y reclamar la educación igualitaria para las niñas. ¿Habría oído hablar «Violeta», entonces, sobre otra mujer que en Alemania peleaba por las mismas causas? ¿Conocería el trabajo y el compromiso de Clara Zetkin, pionera como ella de tantas líderes sociales? Zetkin había nacido sólo diez años antes que la española, y además de ejercer el periodismo, era maestra, oradora, y dedicó su vida a defender los derechos de las trabajadoras. Según sus propias palabras, «lo que hizo el trabajo de la mujer especialmente atractivo para los capitalistas no sólo era su precio más bajo, sino también la mayor sumisión de la mujer». Clara Zetkin es, de hecho, la impulsora del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, también llamado Día de la Mujer Trabajadora. Su último discurso, ya muy enferma, lo pronunció en el Parlamento alemán, donde pidió un frente unido contra el fascismo tras la victoria del partido nazi en las elecciones de 1932. No la escucharon.

En las antípodas ideológicas de Zetkin, Sheryl Sandberg es probable que no oyera nunca hablar de zapatos de cristal, más bien de techos de cristal. Ha roto unos y otros. Economista de formación, fue la ejecutiva más popular de Silicon Valley. Es directora de Operaciones de Facebook, activista de los derechos de la mujer y miembro del consejo de varias empresas. Y demócrata. Bautizada como superestrella de los negocios y autora del emblemático libro Lean In: Women, Work, and the Will to Lead (Vayamos adelante: Las mujeres, el trabajo y la voluntad de liderar) para ayudar a las mujeres a alcanzar sus metas. Cuenta con una sustanciosa fortuna estimada en más de 1.000 millones de dólares. No todas las páginas de su vida han acabado como los cuentos de hadas. En 2015 Sheryl quedó viuda repentinamente. Entonces confesó: «He aprendido a pedir ayuda. Hasta ahora, había sido la hermana mayor, la directora de explotación, la que ejecuta y planifica. Nunca había planificado esto y cuando sucedió, era incapaz de hacer lo que sabía».

La reflexión de Sheryl Sandberg, la mujer del siglo xxi, sirve de ejemplo para cerrar un epígrafe en el que recogemos el sentir de las mujeres de áreas como la ciencia, tecnología, medicina, ecología o trabajo, según el estereotipo tradicional, las áreas menos femeninas. Al igual que el cosmos, que siempre fue cosa de sabios. Y por femenina, Geraldine Cobb no pudo ser astronauta ni pasear por el espacio. Esa hazaña no llegó a protagonizarla una mujer, pero sí una hembra. El primer ser vivo en sobrevolar el espacio exterior fue una perra que vagabundeaba por las calles de Moscú, de raza husky y nombre Laika. Viajó a bordo de la nave soviética Sputnik II. Laika no regresó viva. La eligieron porque habían confirmado que las hembras resultan más disciplinadas.

 

CIENCIA Y TECNOLOGÍA

Profundizar en el conocimiento científico es una de las mejores vías para lograr plenitud y libertad.
Pilar Álvarez Pellicero (1944), bióloga española.

Cuando no comprendemos una cosa, es preciso declararla absurda o superior a nuestra inteligencia, y generalmente se adopta la primera determinación.
Concepción Arenal (1820-1893), escritora, ensayista y activista social española.

No hay que acusar a las buenas teorías de las malas prácticas.
Concepción Arenal (1820-1893), escritora, ensayista y activista social española.

En el mundo abierto de internet las maneras de pensar se hacen permeables a otras ideas y así se tambalean y se reconstruyen más fácilmente.
Belén Barreiro (1968), socióloga y autora española.

No podría ser religiosa, me lo impide mi intelecto. Me parece incomprensible que la ciencia y la investigación, que hoy día es extraordinariamente avanzada y sofisticada y puede explicar muchos procesos naturales, no sea aún hegemónica y conviva con creencias mitológicas, como el creacionismo, para explicar la vida y el universo.
María Blasco (1965), científica española, doctora en bioquímica y biología molecular.

El amor al estudio es, de todas las pasiones, la que más contribuye a nuestra felicidad.
Émilie du Châtelet [Gabrielle Émilie Le Tonnelier de Breteuil, marquesa de Châtelet] (1706-1749), matemática y física francesa.

La explosión digital ha sido muy explosiva.
Tina Brown (1953), periodista, autora y editora británica.

Internet sirve para contactar a los demás, no para reemplazarlos.
Marina Castañeda (1956), escritora, novelista y psicóloga mexicana.

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