Algún día te mostraré el desierto
de Renato Cisneros

Publicación: 12 de septiembre de 2019
Editorial: ALFAGUARA
Páginas: 256
ISBN: 978-8420439433

Biografía del autor

Renato Cisnero (Lima, 1976) es escritor y periodista. Ha trabajado como reportero y columnista para los diarios El Comercio y La República, y conduciendo programas de noticias de radio y televisión.
Es autor de los poemarios Ritual de los prójimos (1998), Máquina fantasma (2001) y Nuevos poemas italianos (2007), y las novelas Nunca con- fíes en mí (2011) y Raro (2012), ambas con editorial Alfaguara. Su tercera novela, La distancia que nos separa (2015), fue finalista de la II Bienal de No- vela Mario Vargas Llosa. Los lectores del diario El Comercio la nombraron «mejor novela de 2015». Con diez ediciones en Perú, ha sido publicada en España, Francia, Holanda, Alemania, Italia, Reino Unido y Latinoamerica. En Francia mereció el premio Transfuge a la mejor novela hispanoamericana 2017, y quedó finalista del Premio Médicis. La edición inglesa ganó el premio English PEN Award 2018.
Su penúltima novela, Dejarás la tierra (2017), mereció una Mención Especial en el Premio Nacional de Literatura 2018.

Sinopsis y nota de prensa:

«Mañana la vida será la misma para millones de personas, pero para mí cambiará radicalmente.  Me transformé en padre […]  Ahora,  en esta antesala paralizante, veo la paternidad  como un traje de gala que no sé si ya traigo puesto o recién voy a probarme, pero que no me quitaré más, aunque me quede apretado o largo.»

Para un escritor obsesionado con la paternidad, la noche en la que su esposa le confiesa que ambos serán padres, todo lo que ha sido literatura y psicoanálisis se convierte en pulso y latido. ¿De qué sirven las palabras, la memoria y la imaginación ante las bellas formas que dibuja la primera ecografía? ¿Cuán inútil ha sido revisitar las historias de abuelas y patriarcas cuando la maternidad se muestra, sin aspavientos, moralmente superior?  ¿Y qué consecuencias tendrán en el matrimonio los nuevos roles que él y su esposa deberán asumir, obligados a la felicidad y quizás incapaces de ella?

Escrito con urgencia emocional y gran destreza narrativa, Algún día te mostraré el desierto es el diario de paternidad de Renato Cisneros, pero también una larga carta de amor que se abre paso entre los claroscuros de la inseguridad y las sombras de la depresión para confesar una verdad: el mundo, vasto y luminoso, puede ser también un laberinto árido del que a veces es imposible salir.

 

FRAGMENTOS

«Ayer Julieta cumplió cuatro meses. Es risueña, cierra los ojos al sonreír, pide abrazos, disfruta pasear, ver la luz del día, rozar las hojas de las plantas con la yema de los dedos. Hace casi un mes (el 2 de diciembre, con exactitud) dejó de to- mar fórmula y pasó a alimentarse solo con leche materna. A veces pienso que hablará de un momento a otro. Esta semana tuvo su primer resfrío, pero está recuperándose. Quien no se recupera soy yo. Desde que vinimos a Perú he caído en el desánimo, en un estado de opresión que no ter- mino de explicarme. Debería estar feliz al lado de mi esposa y mi hija, rodeado de familiares, amigos, visitas, pero no puedo. Mis suegros nos han acogido con amabilidad, pero el problema no está en su trato, ni en su casa, ni en el entorno, ni en la ciudad, ni en el país. El problema está en mi interior. Me siento sofocado, improductivo, desplazado.  Quiero estar solo y, al mismo tiempo, acabar con mi soledad. Siento no calzar en este ambiente y solo ese sentimiento me hiela.  ¿En qué momento empecé a sentirme de esta manera? Hace un par de meses fuimos a Murcia y juro que fui dichoso. Natalia iba por las mañanas al seminario de alergias y yo me quedaba con Julieta, le preparaba el biberón, la cambiaba de ropa, paseaba con ella por las calles, bajo el sol, por la ribera del río Segura, a través de los mercados montados en la vía pública y nos deteníamos en un café con terraza, donde ella dormía y yo tomaba una cerveza y avanzaba en la lectura de una novela de Ricardo Piglia. Por la noche, después de cenar en algún restaurante del centro y hablar acerca de los hechos del día, Natalia y yo dormíamos sin sobresaltos. No sé qué ha ocurrido. No sé qué ha disuelto aquella aparente solidez. O tal vez sí lo sé y no me atrevo a admitirlo. Menos aún a escribirlo. ¿Qué me pasa? Quiero a Natalia, sin lugar a dudas, pero dónde está el amor que me llevó a casarme, a irme del Perú, a acompañarla donde fuera. ¿Dónde quedó el deseo con que antes nos besábamos y acariciábamos? ¿Qué pasó con todo aquello? Ahora la miro de lejos, sentada frente a la chimenea, y la veo tan realizada con Julieta entre brazos que a veces pienso que mi misión era esa: darle un hijo. Quizá me tocaba cruzarme con ella para traer a Julieta al mundo. La siento mi amiga, mi compañera, pero cada día menos mi enamorada o mi amante. La culpa no es suya, tampoco mía. ¿O sí? ¿O es que soy un inmaduro que cree que el amor es apenas un cúmulo de pulsaciones y adrenalina? Me da pánico pensar que mi capacidad de amar se ha desgastado tan pronto o, peor, que ha languidecido del todo. Ni yo lo quiero ni Natalia lo merece. Pero el amor no tiene que ver con la voluntad ni los propósitos ni la justicia. ¿O sí? ¿O el amor es básicamente eso, voluntad, propósito, decisión? Y si es así, ¿por qué no está en mí amar de esa manera? Quién sabe si algún día estas notas vean otra luz que no sea la de la lámpara de pie que ilumina a medias la habitación donde ahora escribo. Son casi las dos de la mañana. Ya todos duermen aquí. La madrugada se ha vuelto mi cómplice, siempre lo fue, solo nos habíamos dado una tregua. Mañana quisiera salir a correr, a caminar, a despejarme, a olvidar estos pensamientos que me torturan, que me hunden poco a poco en una tristeza que ya no puedo ignorar.»

«El viernes pasado fue mi cumpleaños. Cumplí cuarentaidós. Desde el lunes anterior fuimos a un club playero del sur y ocupamos un búngalo con mi madre, hermanos y sobrinos. Hacía demasiado calor, las moscas sobrevolaban la cocina y el balcón por montones. No la pasamos mal, tampoco bien. El sábado nos cambiamos a casa de una tía y por la noche dejamos a Julieta al cuidado de una niñera para poder ir a una discoteca con un grupo de amigos. Yo estaba raro, distraído. A la hora de bailar con Natalia lo hacía con desgano. Antes bailábamos tan bien, sincronizados, divertidos, sin perder el paso ni la química. En cambio ahora, por más esfuerzos que ella ponía, no podía seguirle el ritmo. No como antes. No con la vieja motivación. En un momento dado, fui a servirme un trago a la barra más lejana y tardé como si nadie estuviese esperándome. Todos se dieron cuenta. A esa misma hora, en la casa donde nos alojábamos, Julieta estaba siendo devorada por una flota de zancudos. Natalia volvió antes que yo y casi se desmaya cuando encontró a nuestra hija con hematomas y picaduras en las mejillas, la frente, el mentón, la nariz y hasta las orejas. Al llegar yo, horas después, casi a las seis de la mañana, la borrachera que traía encima se diluyó apenas vi el rostro herido de mi hija. Parecía tener viruela o sarampión. Cuando quise averiguar lo sucedido, Natalia me respondió con una mirada cargada de recriminaciones.

Hasta el día de hoy la pobre Julieta sigue con esas ronchas que parecen ampollas. La noto cabizbaja.  A veces pienso que su malestar no se debe únicamente al ataque de los mosquitos, sino a las tensiones que no conoce, pero ya respira. Amo a mi hija. Deseo ser su amigo, verla crecer, pero quiero que me vea contento. Por eso debo dejar atrás las vicisitudes y ponerle fin a esta incertidumbre que está destruyéndonos a todos.»

 

CITAS DE LA PRENSA

«Alcanza una inquietante hondura.  Cuenta con sorprendente transparencia su experiencia como padre, una faceta llena de alegrías, miedos, esperanzas e imposibilidades. Y un desafío litera- rio frente a una situación para la que parecen no alcanzar las palabras.»
El Comercio (Perú)

«En este impresionante libro se desdobla: de hijo pasa a ser padre pero sigue siendo un niño aterrado que indaga en los miedos y en la fascinación de la paternidad, en los costos que conlleva. Esta no-novela brillante es de ese tipo de textos que te remece, te hace pensar, te dan ganas de to- mar decisiones. Un diario de vida, una apuesta de no ficción, un libro honesto, que viene de adentro y que se nota urgente, oscuro, aterrador. Pocas veces desde la duda ha brotado tanta verdad.»
Alberto Fuguet

«Con dos obras sobre su pasado familiar y una hija pequeña en casa, Cisneros abraza su historia y la utiliza, como diría David Foster Wallace, para «calmar a los perturbados y perturbar a los calmados».»
Gatopardo

«Un libro impresionante.  Al haberlo escrito, el autor demuestra, además de talento, un gran coraje.»
Mario Vargas Llosa (sobre La distancia que nos separa)

«Un libro tan inteligente y conmovedor que no deseará terminarlo nunca.»
Libération (sobre La distancia que nos separa)

«Todo el mundo debería leer esta novela para aprender más de ellos mismos.»
Jorge Edwards (sobre La distancia que nos separa)

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