Doce abuelas
de Pablo del Río

Al llegar a su casa en Ribadesella después del aperitivo, Mercedes encuentra a su sobrino Ricardo sentado al piano. Enseguida advierte que su cuerpo está congelado. Tras dar aviso al cuartel, un agente comprueba que no hay ningún cadáver y que el relato de la anciana se debe a un delirio. Dos días más tarde, el pianista aparece muerto en un mirador de la costa. Como no se aprecian signos de violencia, el forense atribuye la muerte a un fallo cardíaco. Con la comarca sumergida en una espesa niebla, ¿por qué se tomaría Ricardo la molestia de asomarse a un mirador desde donde no podía divisar ni la punta de sus zapatos?

Pablo del Río (1964, Palencia) es licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y ha trabajado como profesor de Filosofía y Ética en centros de Secundaria antes de dedicarse al cine y fundar su propia cabecera, Cameraman, dedicada a la producción cinematográfica.

El cuerpo congelado de un músico sentado frente a un piano. La playa de un antiguo naufragio envuelta en leyenda. Una viuda abatida y un amigo leal investigarán un crimen que alguien pretende hacer pasar por muerte natural.

La mentira puede ser más verosímil que la verdad.

 

Así empieza

Mercedes ha pasado la mañana con sus amigas tomando el vermú y sin hacerle ascos a los ricos aperitivos que sirven en los bares del pueblo. Suenan tres campanadas en el reloj del ayuntamiento de Ribadesella, señal que las mujeres interpretan como una especie de toque de queda. La anciana se despide de ellas y enfila hacia su barrio. El alcohol le ha hecho mella en la cabeza y en las piernas. A cada paso que da hacia delante le corresponde uno lateral en contra de su voluntad; incluso algún que otro traspié amenaza con hacerla caer. Su casa está situada en la Cuesta Vieja. Para llegar hasta allí es preciso subir unas empinadas rampas cuyos últimos metros le resultan soporíferos. Hoy los pulmones le arden especialmente a causa del esfuerzo. Jadea como una plusmarquista al cruzar la meta. Con la niebla apenas se distingue una casa de la otra. La suya destaca por el desvencijado porche delantero que en su día fue de color tabaco. La madera está medio podrida y amenaza con venirse abajo en cualquier momento. En la parte trasera de la vivienda, un huerto le proporciona todos los años una buena cosecha. Seguir leyendo…

*Contenido original proporcionado por la editorial 

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