Hijos de Caín: Una historia de los asesinos en serie (Ariel)
de Peter Vronsky

A LA VENTA EL 3 DE MARZO

¿Qué factores determinan la naturaleza de los asesinos en serie?

SINOPSIS

Antes de que se acuñara el término asesinos en serie solo había monstruos, criminales atroces y sádicos que eran vistos como hombres lobo, vampiros, demonios o, más tarde, psicópatas. Pero cuando este tipo de homicidas aumentó de manera drástica a finales del siglo xx, aparecieron diversas aproximaciones a un fenómeno social que ya existía previamente. Hijos de Caín llena la brecha entre los estudios académicos y el verdadero crimen sensacionalista al examinar nuestra comprensión del asesinato en serie a partir de sus dimensiones evolutivas antropológicas, desde la prehistoria hasta hoy.

Tratando de entender cómo encaja el asesinato serial en el arco de la historia humana, y profundizando tanto en la psique de los perpetradores como en los parámetros históricos, míticos y culturales que determinan la naturaleza del homicidio, Peter Vronsky se centra en los asesinatos en serie que incluyen actos de violación, tortura, mutilación, canibalismo o necrofilia.

EL AUTOR

Es historiador, investigador y productor de documentales. Reconocido por el best seller de historia de crímenes Serial Killers: The Method and Madness of Monsters y su secuela Female Serial Killers: How and Why Women Become Monsters, es coautor de Serial Killers: True Crime Anthology. Con un doctorado en Historia de la Justicia Criminal e Historia del Espionaje en las Relaciones Internacionales por la Universidad de Toronto, enseña Historia en la Ryerson University.

 

ALGUNOS EXTRACTOS DE LA OBRA

ASESINOS EN SERIE: BREVE INTRODUCCIÓN A LA ESPECIE

«Cuando en 1979 me topé con mi primer asesino en serie, yo no sabía que existiera tal cosa. El término asesino en serie no se conocía salvo en el mundo cerrado de los conductistas e in- vestigadores de homicidios del FBI, que en la década de 1970 se enfrentaban, en diferentes jurisdicciones, a un repentino aumento de asesinatos sin resolver que parecían estar ligados a responsables únicos y desconocidos. Ted Bundy, que asesinó por lo menos a 36 jóvenes estudiantes universitarias en seis estados, emergió de aquella época como el prototipo de asesino en serie posmoderno. Pero en las películas, en la realidad y en la literatura de ficción, en los medios de comunicación, en la cultura popular e incluso en la psiquiatría forense, no existía un término consensuado para definir a Ted Bundy, ni para aquello con lo que yo me encontré, tal como lo tenemos ahora: el nombre asesino en serie.»

«[Hijos de Caín] Mientras esperaba el ascensor en el pequeño vestíbulo de entrada, pensé que se había detenido para siempre en una planta superior. Era irritante. Yo era joven e impaciente. Cuando finalmente el ascensor bajó y se abrieron sus puertas deslizantes, miré con dureza al cretino que me había tenido esperando casi una eternidad, aunque probablemente no había sido más que un minuto. El hombre parecía… bueno, se parecía a cualquier hombre. Otro sujeto blanco de treinta y pocos. Lo único extraño era que, a pesar del frío que hacía, llevaba una capa de sudor febril en la frente. Salió del ascensor y pasó a mi lado como si yo no hubiese estado ahí: chocó conmigo, golpeándome la rodilla y la espinilla con una bolsa que parecía llevar bolas de bolera en su interior; bolas redondas, duras y pesadas. No dijo nada, ni se disculpó, ni siquiera me miró. Tenía una apariencia tan común que si me hubieran pedido que lo describiese para un retrato robot de la policía, no habría podido hacerlo. Pero como me había irritado, le eché una buena mirada para reconocerle si volvía a verle, aunque no fuese capaz de describirlo. Mi última visión de él fue desde el ascensor, cuando la puerta ya se cerraba. Me daba la espalda y caminaba tranquilamente hacia la puerta de la calle con la bolsa balanceándose a su costado.

Fue un encuentro totalmente fortuito con un monstruo que había atado, ahogado, violado, torturado y asesinado brutalmente a dos prostitutas de la calle en su habitación del hotel, les había cortado la cabeza y había metido las partes cercenadas en una bolsa. Mientras yo me acercaba al vestíbulo del hotel, él dejaba los torsos descabezados sobre charcos de sangre que ya se estaba coagulando sobre el colchón, los empapaba en combustible para encendedores y les pegaba fuego. Luego salió con su bolsa llena y con total calma cogió el ascensor para bajar mientras yo esperaba impaciente y rabiando en el vestíbulo de abajo. […].»

«[…] Coger el ascensor para bajar fue un acto temerario, especialmente tras haber iniciado un incendio, ya que tendría por fuerza que pasar junto al mostrador de la entrada. Ese tipo de temeridad también es intrínseca a los asesinos en serie. Yo habría bajado por la escalera, pero yo no soy un asesino en serie. Finalmente esa temeridad iba a ser la causa de su arresto. Seis meses más tarde, en mayo de 1980, volvió al motel de Nueva Jersey en el que menos de tres semanas atrás había torturado y asesinado a otra prostituta y había metido su cuerpo esposado, golpeado y mutilado bajo la cama, donde la encontró la señora de la limpieza a la mañana siguiente. Nadie del personal del motel lo había visto ni lo recordaba. Así de olvidable era. […].»

«[…] Richard Cottingham, que al ser arrestado le dijo a la policía que “tenía problemas con las mujeres”, se había criado en el seno de una familia estable, católica y de clase media alta de Nueva Jersey. La madre era ama de casa y el padre, ejecutivo de una compañía de seguros en Manhattan. El hijo, Richie, había practicado con éxito el atletismo en el instituto y por lo que parecía guardaba una buena conducta. […]

Como su padre, salía del trabajo y viajaba hasta Nueva Jersey, donde vivía con su mujer y tres hijos. Pero además de todo esto también vivía una vida secreta. Tenía dos amantes, las dos enfermeras, que no sabían nada la una de la otra, y una serie de novias casuales, señoritas de compañía favoritas y ligues ocasionales, y cada tanto, cuando sentía la necesidad de hacerlo, torturaba, violaba y mataba a alguna de ellas.»

«Aquella mañana, después de prácticamente chocar con él en el vestíbulo, subí y olí el fuego que ardía lentamente, capté un poco de humo y algunas chispas diminutas en el pasillo justo antes de que se disparasen las alarmas antiincendios. Se evacuó el hotel antes de que yo pudiera ver humo o llamas intensos; salí por una escalera que llevaba al aparcamiento y a la calle 42 en el momento en que llegaban los bomberos. No me quedé a curiosear en la gélida calle; me marché de inmediato a buscar alojamiento en otro sitio sin enterarme de lo ocurrido. A la mañana siguiente, cuando llegué al laboratorio cinematográfico, eché una mirada a los periódicos que había en la recepción. Las primeras planas proclamaban el incendio y los torsos sin cabeza. Aunque me di cuenta de que el incendio se había producido en el hotel del que me fui la mañana anterior, no lo relacioné inmediatamente con el hombre del ascensor. No tenía el conocimiento que todos tenemos hoy del fenómeno de los asesinos en serie y de las cosas que hacen como para que mi mente conectase enseguida a aquel tipo, y su bolsa con “bolas de bolera”, con los asesinatos de arriba. En aquella época nadie pensaba así. […].»

«[…] Si bien Cottingham nunca alcanzó la fama a la que llegaron otros asesinos en serie, fascinó a muchas personas que están inmersas en el campo del homicidio en serie. El célebre perfilador y doctor Robert Keppel, que trató con asesinos en serie muy famosos como Ted Bundy y Gary Ridgway, el asesino de Green River, considera a Cottingham el monte Everest de los asesinos sádicos. Escribe Keppel: “Años después de que hubieran encerrado a Cottingham, al tratar de descubrir qué es lo que impulsa al subtipo de los asesinos en serie sexuales, seguía pre- guntándome qué me intrigaba, en última instancia, de los casos de Cottingham. En parte era el alcance de la tortura sádica a la que Cottingham sometía a sus víctimas. No las mataba y después profanaba sus cuerpos: las forzaba a experimentar dolor y humillación antes de matarlas. Después sí profanaba sus cuerpos” […].»

«Después de la detención de Cottingham intenté comprender mejor qué era ese hombre. [Hijos de Caín].»

«[…] Finalmente llegué a darme cuenta de que los asesinos en serie son lo que ellos deciden ser, y que esta definición cambia constantemente según la historia y la sociedad. Pero durante siglos, hasta la década de 1980, no tuvimos idea de lo que eran ni de cómo describirlos, excepto con el vocablo monstruos […].»

«En los inocentes años 50, el lechero, vestido de blanco impecable, te llevaba la leche hasta la puerta de casa, envasada en botellas de vidrio claro y no en botes de cartón encerado con caras de niños desaparecidos. Es verdad que en los decenios de 1950 y 1960 la gente no cerraba la puerta de casa con llave, y que, además, dejaba las ventanas abiertas.

Pero al finalizar la década de 1960, todo cambió. La virulencia del auge de los asesinatos en serie de esa época es escalofriante.»

«Mientras rodaba un documental en Moscú, en una zona llena de tiendas de campaña de gente que protestaba, se me acercó para una entrevista el tristemente célebre asesino en serie Andréi Chikatilo, alias el Destripador Rojo o Ciudadano X. Esto tuvo lugar pocas semanas antes de que regresara a su residencia en Ucrania para matar a su quincuagésima tercera víctima y fuera detenido. Había estado matando, mutilando y en ocasiones comiéndose a mujeres, adolescentes y niños pequeños de ambos sexos, y cuando lo cogieron sus 53 víctimas lo catapultaron al primer puesto de la lista de los asesinos en serie más prolíficos de todos los tiempos. (Actualmente ocupa el sexto puesto. […].»

«Se dice que Rodney Alcala, a quien se hallaría culpable de la muerte de siete mujeres y sospechoso de las de otras 130, tomó en 1970 lecciones de cine con Roman Polanski, quien a su vez el año anterior se libró por los pelos de un encuentro con los seguidores de la secta de Charles Manson —secta que también suele considerarse de asesinos en serie— cuando esta asesinó a la mujer de Polanski, Sharon Tate, que estaba embarazada.23 (La noche de los asesinatos también estaban invitados el actor Steve McQueen y el escritor Jerzy Kosinski, pero ninguno de los dos se presentó.) Los asesinos en serie incluso aparecían en la televisión. El mismo Rodney Alcala participó en el programa The Dating Game en 1978 (y ganó) […].»

«Este libro ofrece una macrohistoria nueva y actualizada del asesinato en serie sexual y su investigación, ampliando así la historia moderna que describí en Serial Killers: The Method and Madness of Monsters, que comenzaba aproximadamente con Jack el Destripador en la década de 1880. Aquí comenzaremos desde el principio, en la Edad de Piedra, de hace un millón de años, y llegaremos a Jack el Destripador más o menos a la mitad. Esta es una historia nueva sobre los monstruos, desde entonces hasta ahora. […].»

«[…] No soy perfilador ni psiquiatra forense ni clínico: soy historiador e investigador. Mi objetivo no es emitir un análisis comparativo de las muchas docenas de teorías sobre los asesinos en serie, sino mantenerme a distancia y tratar de entender el asesinato en serie desde la perspectiva narrativa-lineal del historiador, y tratar de enmarcarlo en un contexto histórico, social y antropológico a largo plazo. […].»

«Estoy convencido de que la obsesión actual de nuestra cultura popular con los zombis se inspira en el surgimiento de los asesinos en serie a lo largo del último medio siglo, del mismo modo que

GÉNESIS: EL CEREBRO REPTILIANO TRIUNO DEL ZOMBI ASESINO EN SERIE DE LA EDAD DE PIEDRA

antiguamente nuestros mitos comunes sobre monstruos, vampiros, licántropos, necrófagos y ogros en realidad se referían a depredadores humanos que tomaban la forma de asesinos por lujuria, asesinos caníbales y necrófilos que siempre han formado parte del tejido de la humanidad. En realidad, dos de los monstruos más duraderos en la imaginación humana —el vampiro, conservador, calculador, casi necrófilo, y el hombre lobo, destructor, frenético y caníbal— se corresponden, a grandes rasgos, con la tipología del FBI del asesino en serie calculador, frío y organizado (Drácula) y el asesino en serie sucio, impulsivo y desorganizado (el licántropo). […].»

«Las actuales teorías sobre cómo se origina la psicopatología de un asesino en serie en la primera infancia abarca causas tales como la falta de afectos o el abandono en la niñez, o su opuesto, es decir, una sobreprotección materna que resulta sofocante; un trauma de formación; maltratos físicos o sexuales; rechazo; abandono; soledad; falta de estabilidad familiar; trastornos de la personalidad como una psicopatía, una sociopatía, un trastorno límite de la personalidad, un trastorno antisocial o un trastorno disociativo de identidad, amnesia disociativa o estados de fuga disociativa; heridas físicas en la cabeza; exposición a medios de comunicación violentos o a revistas de crímenes reales o a pornografía o a pasajes bíblicos; éxtasis religiosos; consumo de drogas; propensión genética; el síndrome de Asperger o trastornos del espectro autista; un trastorno orgánico del cerebro o una anomalía cromosómica; contenido anormal de sustancias químicas en la sangre o en la orina, alergias o una combinación de todo ello.1 En resumen, que sabemos muy poco —casi nada— sobre por qué existen asesinos en serie. […].»

«[…] Algo en lo que sí estamos de acuerdo es que el asesino en serie se forma ya en la infancia, aproximadamente 20 años antes de que empiece a matar (la edad promedio de este comienzo es 28 años). Otra cosa que sabemos seguro sobre ellos es que la mayoría no están insanos en la acepción legal del término. Saben exactamente lo que están haciendo […] .»

«Se puede diagnosticar a muchos asesinos en serie (no a todos) como psicópatas según la prueba estándar de Robert Hare, Psychopathy Checklist Revised, PCL-R (Lista Revisada de Comprobación de Psicopatías), pero definitivamente no se puede explicar su conducta porque tampoco hemos llegado a descubrir qué es la psicopatía, ni por qué algunos psicópatas se convierten en asesinos en serie mientras otros llegan a ser exitosos presidentes de corporaciones o incluso diputados […].»

«[…] Se calcula que uno de cada 83 estadounidenses4 y uno de cada 166 británicos5 es un psicópata diagnosticable. Eso nos da alrededor de 3,8 millones de psicópatas solo entre la población actual de Estados Unidos. Lo cual constituiría una cantidad importante de asesinos en serie. Muchos de nosotros alguna vez hemos salido con un/a psicópata o trabajado junto a uno/una —o quizá lo seamos nosotros mismos— pero lo cierto es que solo una ínfima proporción de psicópatas se convierte en asesinos en serie. […].»

«[…] Lo interpretemos en el lenguaje de la psicología, el de la sociología, el de la criminología, o el de la bioquímica, lo que sostengo es que el impulso subyacente único que obliga a los asesinos en serie está definido por las prerrogativas evolutivas naturales: los asesinos en serie son lo que la Madre Naturaleza quiso hacer de todos nosotros cuando aún estábamos en estado salvaje y no existía la civilización. […].»

« En la Edad de Piedra, cuando escaseaba el alimento, a veces combinábamos lo que matábamos por miedo y por ira con lo que matábamos para comer, y a veces incluso con aquello con lo que copulábamos; en tiempos de sufrimiento, combates, conquistas y hambruna, nuestra especie se dejaba llevar fácilmente por un cóctel instintivo y nada razonado de agresión sexualizada, canibalismo y necrofilia. Hoy, nuestro cerebro reptiliano con complejo R, que sigue funcionando, interactúa con un segundo, posterior y más evolucionado complejo paleomamífero, o sistema límbico, una parte del cerebro que alberga una diversidad de emociones, recuerdos muy antiguos y funciones sensoriales y motoras. Esa es la parte del cerebro que ve, oye, gusta, huele y reconoce las cosas, y también recuerda estados emocionales y conductas motivadoras. […].»

INSANIA LUPINA: LA CRIMINALIZACIÓN DE LOS LICÁNTROPOS Y CAPERUCITA ROJA COMO VÍCTIMA, 1450-1650

«Desde antes de la industrialización, las matanzas en serie no eran prerrogativa de los aristócratas ricos, como se ha llegado a pensar: en realidad, había multitud de tenderos, artesanos, agricultores y vagabundos comunes que también eran asesinos en serie. Y a pesar de la teoría de la urbanización, veremos que los casos de asesinato en serie se daban tanto en entornos ciudadanos como rurales. Mil años antes de Jack el Destripador, el poema épico an- glosajón Beowulf tenía un asesino en serie como antagonista, según el ensayo de Brian Meehan “Son of Cain or Son of Sam? The Monster as Serial Killer in Beowulf “[…].»

«[…] Pese a todo, los asesinos en serie reconocibles son escasos en los registros hasta llegar a mediados del siglo xv. Fue durante el Renacimiento cuando comenzaron a aparecer en las actas judiciales, a un índice de detención anual casi comparable al índice per cápita de los asesinos en serie en Estados Unidos actualmente. […].»

«[…] La idea de que los animales pueden volverse malvados o poseídos por un espíritu maligno o por el demonio, y que a su vez estos espíritus animales malvados pueden poseer a los seres humanos con solo morderlos, o que los seres humanos voluntariamente y por medio de algunos rituales, pactos con el diablo o ciertos tipos de magia, o involuntariamente, como objeto de un maleficio, pueden transformarse o cambiar su aspecto por el de un animal salvaje o un monstruo depredador, es común a diferentes culturas y se ha visto muchas veces en el curso de la historia […].»

«Eisler insinuó que el sadismo en los seres humanos es una herramienta del impulso cazador por la supervivencia, y lo compara con los gatos que a veces juegan y maltratan al pájaro o al ratón que han capturado sin necesariamente comérselo después. El estudio del FBI El homicidio sexual: pautas y motivos confirma que algunos asesinos en serie sádicos se sentían impulsados y excitados a atacar y matar indiscriminadamente a sus víctimas solo al verlas intentando huir.13

CRÓNICAS DE ASESINOS EN SERIE: EL HISTORIAL FORENSE PRIMITIVO DE LOS MONSTRUOS

Un ejemplo: el asesino en serie Robert Christian Hansen, el panadero carnicero, que mató entre 17 y 21 mujeres en Alaska entre 1972 y 1983, solía llevar a sus víctimas femeninas en su avioneta hasta una remota cabaña en calidad de “invitadas”, para luego obligarlas a correr desnudas por los bosques mientras él las perseguía y las cazaba de forma sádica. Era mayor el placer de la caza que el de la matanza. […].»

«El mito del hombre lobo cubierto de piel quedó impreso en nuestro inconsciente colectivo junto con cierta inclinación a perseguir, dominar, matar, violar y comerse a la presa humana. Este impulso sádico que subsiste aún en los seres humanos es como un error oscuro en una línea en el ADN de nuestro cerebro primitivo, que en las sociedades civilizadas se transforma en un defecto y en algunas personas promueve la liberación de un asesino en serie viral […].»

«Paralelamente a la epidemia de hombres lobo se produjo una epidemia más grande aún de brujas, que desencadenó una larga campaña muy bien organizada de torturas, violaciones y asesinatos de mujeres. No es exageración caracterizar este asesinato de mujeres, sistémico y patológico, como una forma de asesinato en serie patrocinado por la Iglesia y el Estado. […].»

«Las cazas de brujas se producen cuando una sociedad descubre que está dividida, y la forma de unificar a las élites es crear la ilusión de que lo que divide a la sociedad es una amenaza mucho más urgente que la real. En 1484 el papa hizo un llamamiento a las autoridades eclesiásticas y civiles de todas partes para que colaborasen con los inquisidores y los demonólogos de la Iglesia en su guerra contra las brujas, los hombres lobo, los monstruos y los herejes. El inquisidor dominico Heinrich Kramer publicó el infame y misógino manual de caza de brujas Malleus maleficarum en el cual, por motivos patológicos que apenas podemos imaginar, proclamó que las mujeres tienen propensión a sellar pactos sexuales con Satanás, trans- formándose en criaturas peligrosas y superpoderosas capaces de volar y de hacer magia negra. […].»

«Como observó el historiador Angus McLaren, los asesinatos en serie están “en su mayoría determinados por la sociedad que los produce”, y a un asesino en serie se lo comprende mejor “no tanto como un individuo fuera de la ley” como uno “hipersocializado” que tenía la imagen de sí mismo del que lleva a cabo sentencias que la sociedad en general dictaba». […].»

«[…] El proceso de interrogar y extraer una confesión de las mujeres acusadas de brujería, tal como lo explica el Malleus maleficarum, está tomado directamente de los deseos inconfesables de los asesinos en serie. El demente Kramer enseña que cuando se detiene a una sospechosa de brujería se la deja totalmente desnuda y se le afeita todo el pelo, y que hay que registrarlas, especialmente en sus “sitios más secretos que no se pueden nombrar”. Una vez atada e inmovilizada por el inquisidor y sus ayudantes, se le pincha el cuerpo con agujas, se la raspa y sondea con instrumentos en busca de la “marca del diablo” que seguramente lleva. […].»

«[…] En estos brutales actos de tortura se hacían plenamente reales las fantasías y los impulsos sexuales más sádicos. Sería ingenuo pensar que puesto que la Iglesia estaba detrás de esta lo- cura, sus allegados no iban a violar o infligir todo tipo de abuso sexual a las mujeres prisioneras. Después de todo, cumplían con una misión divina. ¿Acaso el Malleus maleficarum no enseñaba explícitamente que las sospechosas de brujería debían ser “desnudadas por mujeres respetables de buena reputación”, y que al interrogar a las sospechosas los inquisidores “no debían permitir ningún contacto físico con ellas, especialmente en las muñecas descubiertas”?

De un modo similar, se creyó hasta no hace mucho que, durante el Holocausto (otra muestra de epidemia de asesinatos en serie propiciada por el Estado), los perpetradores nazis, debido a las draconianas leyes eugenésicas que prohibían la relación sexual con los judíos, no habían violado a sus víctimas. Estudios recientes han dado a ese mito la muerte que merecía.8 Las estrictas Leyes de Núremberg sobre la raza, de Hitler, tuvieron el mismo efecto a la hora de inhibir la lascivia sádica de los asesinos en serie genocidas nazis que el Malleus maleficarum sobre la lascivia sádica de los cazadores de brujas feminicidas y sus secuaces: ninguno. […].»

LOS DESTRIPADORES ANTERIORES A JACK:EL AUGE DE LOS ASESINOS EN SERIE MODERNOS EN EUROPA, 1800-1887

«No fue un caso de asesinatos en serie, sino que este caso de “vampirismo” en serie, que era como se llamaba a la necrofilia en aquella época, se convirtió en un punto de inflexión en el surgimiento de la psiquiatría forense moderna y su flamante papel en la vigilancia y la justicia. El caso Bertrand movió a la acción al mundo de la criminología y dotó a la psiquiatría forense futura de un lenguaje y de un contexto conceptual que más tarde se incorporaría a las evaluaciones psiquiátricas de los asesinos en serie sexuales. […].»

«[…] Estos cambios también afectaron a la forma en que los asesinos en serie comenzaron a navegar por el mundo urbanizado e interconectado, en el que las “comunidades orgánicas” pe- queñas, íntimas y rurales fueron sustituidas por “sociedades organizadas” mucho más grandes, anónimas y urbanizadas; donde ya nadie te identificaba por quién eras sino por lo que eras: operario de fábrica, empresario, zapatero, maestro, estudiante, policía, prostituta, vagabundo, víctima y, sí, cuando finalmente le dimos nombre, asesino en serie. […].»

«[…] El método de Dumollard era casi siempre el mismo: cogía el tren desde su aldea hasta Lyon y se mezclaba con la multitud de viandantes, buscando a sus víctimas ideales en las calles más concurridas. Siempre eran mujeres jóvenes que buscaban empleo con desesperación. (Reconocía a las chicas sin empleo por su forma de vestir, por su juventud y por el hecho de que anduviesen por la calle en horas de trabajo.) Entablaba conversación preguntando a las chicas la dirección de una agencia de empleo, como hizo con Marie Pichon. Si, como él esperaba, su víctima era una criada sin trabajo que buscaba empleo, echaba el anzuelo.

El 17 de enero de 1859 Dumollard llevó a la criada sin empleo Julie Fargeat al campo, unos 30 kilómetros al noroeste de Montluel-Dagneux. Cuando la atacó en una zona boscosa, los gritos de la chica atrajeron a un agricultor local, Simon Mallet, que fue al rescate. Dumollard huyó con las pertenencias de Julie. Pero cuando ella denunció el ataque ante la policía, la acusaron de vagancia porque no pudo presentar ningún documento ya que todo se lo había robado Dumollard al huir. […] El 29 de abril de 1860 Dumollard atrajo a Louise Michel a la misma zona. Ella consiguió escapar y buscó refugio en la granja de Claude Aymond. Mientras tanto Dumollard corría por un campo donde se encontró con Simon Mallet, uno de los agricultores que el año anterior habían acudido en auxilio de Julie Fargeat. Aymond y Mallet fueron juntos a ver al magistrado policial local para denunciar los ataques pero el magistrado rechazó la idea de que un “labio hinchado” adjudicase los dos casos a un mismo delincuente. »

«Este es un ejemplo clásico de “ceguera a la conexión”, que hasta el día de hoy sigue siendo uno de los desafíos más importantes en la investigación de asesinatos en serie: la incapacidad de una oficina policial para reconocer características de muchos casos que apuntan a un único perpetrador. También constituyó un problema en el caso, actualmente sin resolver, del asesino en serie de Long Island [Hijos de Caín].»

ARRASTRÉMONOS HASTA WHITECHAPEL: LOS CRÍMENES SEXUALES EN GRAN BRETAÑA ANTES DE JACK EL DESTRIPADOR

«[…] Nos vamos aproximando al caso de Jack el Destripador, en 1888. Pero aún no hemos llegado. Teniendo en cuenta la cantidad de asesinos en serie célebres que iba a aportar Gran Bretaña en el siglo xx, es notable que antes del Destripador no se conocieran asesinos en serie por lujuria de la forma en que surgieron en Alemania, Francia, Italia, España y Estados Unidos, como ya hemos visto. El legendario Sweeney Todd, el barbero diabólico de Fleet Street de Londres, que cortaba la garganta a sus clientes con la navaja y arrojaba los cuerpos directamente desde la silla de barbería hasta el sótano por medio de un agujero en el suelo, no es más que eso: una leyenda. […].»

«Hubo muchas asesinas en serie, mujeres, que emplearon veneno o asfixia para matar a sus maridos, amantes, hijos, hermanos, padres, conocidos o desconocidos de todas las edades por una cantidad de motivos depredadores, hedonísticos, de beneficio y psicopatológicos. Era tan frecuente que las mujeres matasen con veneno que en la década de 1850 el Parlamento británico debatió la promulgación de una ley que prohibiese la venta de arsénico a las mujeres. […].»

«Londres estaba tan impresionada y alarmada por estos episodios extraordinarios e inexplicables como iba a estarlo casi 100 años más tarde por las hazañas de Jack el Destripador. Se produjo un frenesí de publicación y lectura de periódicos y panfletos. Se ofreció una recompensa de 100 libras (unas 5.600 libras de hoy, equivalentes a 6.550 euros) por la captura del monstruo. Los ataques fueron a más. Por la calle, un hombre se acercaba a algunas mujeres llevando un ramillete de flores y les pedía que las olieran. Las que se inclinaban para hacerlo recibían un corte en la cara hecho con un objeto cortante escondido entre las flores.

En junio de 1790 una de las víctimas y sus compañeros creyeron reconocer al atacante, lo persiguieron, lo atraparon, lo identificaron y lo detuvieron. Resultó ser un galés de 35 años llamado Renwick (Rhynwick) Williams. A diferencia del monstruo brutal y feo que todos esperaban, Renwick era un hombre agraciado, muy popular entre las mujeres, como en su día iba a serlo Ted Bundy […].»

DIABOLUS IN CULTURA: LA CULTURA DE LA VIOLACIÓN Y EL ASESINATO EN SERIE, “SUDORES”, LA “GRAN GENERACIÓN” Y SUS HIJOS DE CAÍN

«El antropólogo Simon Harrison, experto en la recogida necrofílica de partes de cuerpos como trofeos de guerra por parte de los soldados, escribió que así como los acordes tritonales dis- cordantes estaban prohibidos en la Edad Media, y se los conocía como diabolus in musica, también hay tonos discordantes en la cultura, un cierto “diabolus in cultura: una conjunción prohibida de temas culturales, cada uno de ellos irreprochable en sí mismo pero sumamente alarmantes cuando se ponen juntos”.1 Esta idea es la que mejor describe la cultura o “ecología” del asesinato en serie, como la llamo a veces cuando trato de explicar los flujos y reflujos de este fenómeno en diversos momentos históricos. En sus raíces nunca es una sola cosa sino una diabólica alquimia de varias que, juntas, impulsan e inspiran los flujos del fetichismo sexual de los asesinos en serie en determinados momentos de la historia […].»

«[…] Si la psicopatología de los asesinos en serie en evolución se forma y moldea cuando son niños, pero matan por primera vez cuando tienen unos 28 años, entonces los desencadenantes históricos que buscamos han de retrotraerse cronológicamente unos 20 a 25 años, es decir, a cuando esos asesinos estaban creciendo y no a cuando comenzaron a matar, ya adultos.

Un listado rápido, selectivo y conciso de algunos de los más célebres asesinos en serie estadounidenses de la “edad de oro» revela una cronología inquietante […] Hay una abundancia de asesinos en serie que crecieron bien durante la Segunda Guerra Mundial o en los primeros 15 años del baby boom que la sucedieron. La lista está densamente poblada por nombres de infames asesinos nacidos y criados en los años de la posguerra y que, cada vez más, comenzaron a matar por primera vez entre las décadas de 1970 y 1990, es decir, en el apogeo de la “edad de oro”, cuando se acercaban a la edad promedio de 28 años […].»

«[…] Durante la Segunda Guerra Mundial, entre la invasión japonesa de China en 1937 y la caída de la Alemania nazi y del imperio japonés en 1945, murieron de 60 a 80 millones de personas, predominantemente civiles, mujeres y niños, es decir, el 3% de la población del mundo en aquella época. Los enemigos —los nazis alemanes y los japoneses— contra los que los estadounidenses, nuestros padres y abuelos, tenían que luchar eran, sin exagerar, mucho más salvajes, sádicos y asesinos que cualquier cosa que podamos ver hoy, ya sean los talibanes, Al Qaeda o ISIS. En los seis años transcurridos entre 1939 y 1945, los nazis y sus aliados europeos asesinaron —es decir, mataron a tiros, gasearon, torturaron, ahorcaron, golpearon, violaron, apuñalaron con bayonetas, quemaron, mutilaron, inyectaron, expusieron a rayos X, drogaron, envenenaron, decapitaron, masacraron, sometieron a experimentos médicos, hicieron trabajar y dejaron morir de hambre en cautividad y esclavitud— a nada menos que 11 millones de perso- nas, seis millones de las cuales eran judíos. Esta cifra de asesinados no incluye la matanza colateral, involuntaria y “poco importante” de millones más de civiles como resultado de los bombardeos indiscriminados y las privaciones a manos de las fuerzas armadas convencionales y paramilitares alemanas en el curso de operaciones de combate y de pacificación. Comparado con los nazis, ISIS es una banda de aficionados […].»

«[…] La primera pista de algo malo que se había traído de la guerra al diabolus in cultura de Estados Unidos de posguerra aparece en las páginas de las populares revistas para hombres dirigidas a los veteranos que regresaban y a sus hijos, jóvenes que crecieron en los años posteriores a la contienda. Si alguna vez existió una “compulsión mimética”, un fenómeno de la cultura popular que enaltecía la caza, la violación, la tortura, la mutilación, el canibalismo y el asesinato de mujeres, era eso lo que celebraban con estridencia las páginas de las revistas de detectives […].»

«Todo se remonta a los calabozos genocidas de la gran caza de brujas de 1450 a 1650 y sus fantasías más sádicas. Norm Eastman, uno de los dibujantes de cubiertas para aquellas revistas de la década de 1950, recuerda en 2003: “Muchas veces me he preguntado por qué insistían tanto con el tema de las torturas. Posiblemente eso les reportaba muchas ventas. A mí me daba hasta vergüenza dibujarlas y colorearlas, si bien estoy seguro de no haber causado ningún daño. Me parecía que era algo extraño de hacer” […].»

«El objetivo de esta digresión acerca de las violaciones en la Segunda Guerra Mundial es sugerir que lo que nos trajimos a casa de los campos de batalla de Europa y el Pacífico fue un fenómeno, amplificado por los combates, de lo que había estado apareciendo de forma incipiente en la psicopatología y la cultura reprimidas en Estados Unidos: el diabolus in cultura. De repente un millón de varones, la mayoría de ellos criados bajo los principios de los valores judeocristianos occidentales pero que rara vez se habían aventurado fuera de su pueblo natal, fueron catapultados a miles de kilómetros a través del mar, entre extraños, y a un mundo salvaje en guerra. Eso les hizo perder las inhibiciones de la civilización y traspasar sus reglas. Fue como una miniguerra de la Edad de Piedra pero con ametralladoras y lanzallamas, en la que se instó a nuestros soldados a comportarse como nuestros antecesores primitivos, es decir, adoptar el estado reptiliano de matar para sobrevivir […].»

EL SÍNDROME DE POGO: PENSAR EN REBAÑOS DE DEMENTES EN EL OCASO DE LA EDAD DE ORO DE LOS ASESINOS EN SERIE

«[…] Los asesinos en serie han sido siempre —y siguen siéndolo hoy— un fenómeno infrecuente. Además de eso, las cifras totales de homicidios en Estados Unidos, que siempre había sido el país puntero en asesinatos en serie, cayeron drásticamente desde un máximo histórico de 24.760 homicidios en 1993 hasta los 13.472 de 2014, un récord total. Hacia finales de 2014 indudablemente las estadísticas brutas parecían promisorias y optimistas, hasta que esa disminución de la tasa nacional de homicidios, que llevaba produciéndose 20 años, retrocedió en 2015, creciendo hasta los 15.696 homicidios […].»

«[…] Hay otras señales de que el asesinato en serie está descendiendo. Un estudio reciente identificó “solamente” 63 detenciones de asesinos en serie en Estados Unidos entre 1997 y 2007, aunque estos 63 asesinos fueron responsables de un promedio anual de 75 víctimas a lo largo de esos 10 años; que no son los “miles” que afirmaban algunos pero que sigue siendo una cantidad inquietante de víctimas. […].»

«[…] Los datos de Eric Hickey dicen algo diferente. Su base de datos refleja que en los 34 años transcurridos entre 1970 y 2004 surgieron un total de 234 asesinos en serie, la cifra más alta registrada. Y en los últimos 14 años, es decir, entre 2000 y 2014, se producen un total de 270 casos nuevos. Dice Hickey: “Hemos tenido más casos de asesinos en serie en 14 años que en los 25 anteriores [1975-2000]” […].»

«La frecuencia de los asesinos en serie variará siempre dependiendo de cómo los definamos. Si definimos así a los hombres lobo y a los funcionarios feminicidas que violaron, torturaron y mataron a mujeres acusadas de brujería, entonces tuvimos más asesinos en serie en 1450-1650 que hoy. Los miles de paramilitares nazis que asesinaron conscientemente a millones de víctimas durante el Holocausto, en diferentes acontecimientos con períodos de descanso entre ellos, sig- nifican que tuvimos muchos más asesinos en serie y víctimas en la década de 1940 que en la de 1980, según la nueva definición del FBI. Los asesinos en serie fueron, son y serán lo que nosotros decidamos que sean según los dictados de la historia, la política, la sociedad, la psicología, la criminología, el comercio, el orden público, el poder y la evolución natural […].»

«Con el marcador fluorescente en la mano, los asesinos en serie leen y estudian meticulosamente los manuales del FBI, los artículos académicos y la literatura forense altamente especializada en psicología, patología e investigación del homicidio en serie. Leen por placer historias reales y populares sobre asesinatos en serie. El homicidio en serie es tanto una compulsión como un proceso de aprendizaje. […].»

«Una nueva generación de asesinos en serie podría no solo estar mejor formada y ser más habilidosa cuando se trata de evitar la detención, sino también más consciente de lo que es, menos confundida y llena de conflictos por ese hecho, ahora que tenemos el término asesino en serie y han crecido con él, como el Dexter de la televisión. Quizá hoy los asesinos en serie se escondan tras la etiqueta de “parafílicos felices» que les ha puesto la permisiva cultura de la psiquiatría.” […].»

«Cuando preguntamos por qué algunos niños se convierten en asesinos en serie, estamos haciendo la pregunta equivocada. Deberíamos preguntarnos por qué los niños no se convierten en asesinos en serie más a menudo. Teniendo en cuenta la forma en que la Madre Naturaleza nos ha equipado para evolucionar, yo diría que la mayoría de nosotros —al menos los machos— somos asesinos en serie natos y luego se nos “deshace” o se nos socializa alejándonos de nuestros instintos por medio del impulso del equilibrio técnico-humanitario de la evolución. Como dicen los grandes historiadores, los seres humanos somos “un rebaño de locos pensantes” […].»

 

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