La llama de Focea

La llama de Focea
de Lorenzo Silva

Queralt Bonmatí, una joven barcelonesa de familia pudiente, aparece asesinada en un paraje idílico del Camino de Santiago. Había salido tres semanas antes de Roncesvalles, donde tuvo un incidente con un desconocido, pero esta es sólo una de las pistas que no ayudan a una resolución rápida. El subteniente Bevilacqua recibe del máximo jefe del cuerpo, el teniente general Pereira, el encargo de ocuparse de la investigación, dado el perfi l del padre de la víctima, Ferran Bonmatí, un expolítico y empresario vinculado al independentismo catalán que a su vez está en el radar de la justicia por sus oscuras actividades en apoyo del desafío al Estado.

El caso llevará a Bevilacqua desde Lugo hasta Barcelona, la ciudad a la que llegó en los días del sueño olímpico, donde vivió acontecimientos que removerán su corazón y su memoria y que en el otoño de 2019 verá incendiarse con la llama de una rabia que viene de lejos. Una llama a la que no era ajena la víctima, una veinteañera díscola que, tras revolverse contra los suyos, hacía el Camino para encontrar su propio lugar.

Lorenzo Silva (Madrid, 1966) es uno de los referentes de la literatura contemporánea y sus novelas policiacas e históricas suman más de dos millones de lectores. Ha escrito, entre otras, las novelas La flaqueza del bolchevique (finalista del Premio Nadal 1997), La sustancia interior, El ángel oculto, El nombre de los nuestros, Carta blanca (Premio Primavera 2004), El blog del inquisidor, Niños feroces, Música para feos, Recordarán tu nombre y la «Trilogía de Getafe». Es autor del libro de viajes Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos y de Sereno en el peligro (Premio Algaba de Ensayo). Suya es también la serie protagonizada por los investigadores Bevilacqua y Chamorro, de la que El mal de Corcira es la última entrega, tras El alquimista impaciente (Premio Nadal 2000) y La marca del meridiano (Premio Planeta 2012), entre otras. Junto con Noemí Trujillo, firma una nueva serie policiaca iniciada con Si esto es una mujer y continuada con La forja de una rebelde.

Sobre el libro

La llama de Focea

¿Qué sucede cuando te hacen ser lo que no quieres ser? Un nuevo caso de la Serie Bevilacqua y Chamorro

Queralt Bonmatí, una joven barcelonesa de familia pudiente, aparece asesinada en un paraje idílico del Camino de Santiago. Había salido tres semanas antes de Roncesvalles, donde tuvo un incidente con un desconocido, pero esta es sólo una de las pistas que no ayudan a una resolución rápida. El subteniente Bevilacqua recibe del máximo jefe del cuerpo, el teniente general Pereira, el encargo de ocuparse de la investigación, dado el perfi l del padre de la víctima, Ferran Bonmatí, un expolítico y empresario vinculado al independentismo catalán que a su vez está en el radar de la justicia por sus oscuras actividades en apoyo del desafío al Estado.

El caso llevará a Bevilacqua desde Lugo hasta Barcelona, la ciudad donde vivió acontecimientos que removerán su corazón y su memoria y que en el otoño de 2019 verá incendiarse con la llama de una rabia que viene de lejos. Una llama a la que no era ajena la víctima, una veinteañera díscola que, tras revolverse contra los suyos, hacía el Camino para encontrar su propio lugar.

El consumado maestro del género negro Lorenzo Silva plantea un nuevo expediente en la hoja de servicios de sus populares sabuesos de la Benemérita Bevilacqua y Chamorro, que, como ya es habitual en la serie, es algo más que una simple novela policiaca. La llama de Focea es también una aguda reflexión sobre la rebeldía contestataria de los hijos frente a los padres en la búsqueda de su propio camino; sobre el cerril atrincheramiento en patrias y banderas, más pasional que razonado; sobre los errores del pasado y la atesorada experiencia de la madurez e incluso también sobre esa llama, insegura y contradictoria como nosotros mismos, que legamos a quienes nos continuarán.

Corre septiembre de 2019 y el subteniente de la Benemérita Rubén Bevilacqua, Vila para los amigos, apura sus últimos días de vacaciones en Lanzarote junto a su madre, su hijo Andrés, que ha seguido sus pasos en el cuerpo, y un prometedor proyecto de nuera, también guardia civil, cuando recibe un par de llamadas. La primera es de su mano derecha, la brigada Virginia Chamorro. El cuerpo de una joven peregrina ha sido hallado en un idílico paraje del Camino de Santiago, concretamente en el municipio de Samos, provincia de Lugo, adonde ya se ha desplazado Chamorro con su equipo de la unidad central, Arnau y Lucía.
La segunda llamada es un poco más inquietante. El número uno del escalafón, el teniente general Pereira, viejo compañero de fatigas de Vila en la lucha contra ETA, lo pone sobre aviso. Más allá del impacto mediático del asesinato y de las presiones de la Xunta para que este no empañe la promoción del Xacobeo, no parece un caso sencillo. La víctima, Queralt Bonmatí, una joven catalana de familia acomodada, es hija de Ferran Bonmatí, un expolítico y exitoso empresario muy ligado a la causa independentista que se encuentra en el radar de la justicia.

Sus compañeros del servicio de Información de la Guardia Civil hace tiempo que lo investigan por sus oscuras actividades en apoyo del desafío independentista. Y Vila no solo debe mantener la absoluta confidencialidad, sino coordinarse en sus pesquisas con el servicio de Información.

«… Que la hija de un hombre así relacionado aparezca asesinada es algo que me da que pensar. En un mundo donde no suele haber casualidades.

»—Las casualidades existen.

»—No te digo que no. Pero no son la norma.»

Como si fuera poco, el caso, cuyo expediente ha sido bautizado como «Operación Peregrina», no parece fácil, porque a las evidentes causas de muerte por arma blanca y estrangulamiento se suman las señales de violencia sexual. Puede que se trate de un depredador al acecho de las peregrinas solitarias en el Camino de Santiago, pero las coincidencias no existen. Entre otras cosas, porque Queralt no solo estaba profundamente enemistada con su padre y mantenía una férrea oposición a la causa independentista catalana, sino porque al comienzo de su peregrinación, en Roncesvalles, cerca de la frontera francesa, sufre un extraño incidente con un desconocido de gélida mirada y en consecuencia pone una denuncia ante la Guardia Civil.

«—Te estoy preparando un informe con todos los ejemplos, pero te voy a adelantar uno. Es una conversación de hace casi un mes, cuando la chica estaba empezando el Camino. Mira lo que le dice al padre: “A mí no me engañas. Sé lo que estás haciendo y con qué clase de gente. Eres como ellos, o peor que ellos. A veces siento que debería contar lo que sé y lo que he visto, para que te enfrentes a las consecuencias”.»

A partir de allí, Vila comienza sus pesquisas sobre el terreno, los conmovedores paisajes de la peregrinación jacobea. Una investigación con implicaciones insospechadas, cuya trama lo llevará hasta en tres oportunidades a Barcelona, en los días previos a la sentencia del juicio a los «presos políticos» o políticos presos, según cómo se mire, y en el momento álgido de las protestas y los disturbios, cuando la capital catalana estaba literalmente en llamas. Una ciudad en la que, durante el sueño olímpico, el guardia civil no sólo vivió, cometió errores y aprendió de ellos, sino que también tuvo un gran amor de juventud. Una ciudad a la que llegó a conocer y amar e hizo suya, que ahora, en una suerte de perturbador viaje al pasado en paralelo, encuentra muy cambiada, presa de las llamas de una rabia que se pierde en el tiempo.

OPERACIÓN PEREGRINA, UN CRÍMEN EN EL CAMINO DE SANTIAGO

»Quizá en todo peregrino latía ese impulso de extrañarse, de desasirse en la búsqueda del confín ajeno para hacerlo parte de la memoria y el ser propios. Un impulso que entendía y con el que simpatizaba, desde mi identidad amorfa, mi desubicación permanente, mi extranjería sustancial.»

Es la primera vez que Lorenzo Silva sitúa un caso de la serie de Bevilacqua y Chamorro en Galicia. Y el escenario no podía ser más apropiado para una investigación dada la hoja de expedientes de crímenes relacionados con el Camino de Santiago que en alguna ocasión han ocupado los titulares de prensa. La muerte violenta de una peregrina, por ejemplo, no es sólo un argumento de ficción: ha habido casos reales, y por las circunstancias del hecho, y por tener como víctima a alguien que iba sola y en constante movimiento, no ha resultado nada fácil esclarecerlos.

Los espectaculares y a la vez íntimos paisajes del Camino de Santiago son algo más que una simple escenografía o telón de fondo de este nuevo caso de Bevilacqua y Chamorro. Queralt, la joven catalana asesinada, asume a consciencia la peregrinación jacobea en su recorrido completo para no dejar ni un solo kilómetro de suelo español sin pisar al atravesarlo de un extremo a otro. Por eso comienza su marcha al otro lado de la frontera francesa, en el pueblo de Sant-Jean-Pied-de-Port. Pero nunca llegará a destino, a la tumba del Apóstol en la Catedral de Santiago de Compostela, porque encontrará la muerte, en forma de brutal asesinato, muy poco antes, en el bello paraje del municipio de Samos, provincia de Lugo. Allí, como en la antigua y aislada aldea del Cebreiro, es donde el camino alcanza su expresión más mística y acabada.

Esta vez Bevilacqua y su equipo tendrán que enfrentarse a la idiosincrasia del Camino de Santiago y las costumbres de los peregrinos. Los posibles testigos son personas que se desplazan y a las que hay que buscar en la ruta, y las relaciones que se entablan entre quienes hacen el Camino tienen perfiles peculiares: por un lado, son episódicas y efímeras; por otro, suceden entre personas que están inmersas en una experiencia de introspección y conexión con las honduras de su existir.

«El camino de vuelta lo hicimos también sin prisa, lo que aproveché para imaginarme a Queralt caminando por aquellos paisajes, con esa sensación de inquietud y emoción que siempre produce comenzar un viaje que lleva lejos de la rutina diaria. Cuando volvimos a subir el puerto traté de adivinar el recodo exacto en el que habría advertido la presencia de aquel hombre que creyó, posiblemente con fundamento por lo que a esas alturas sospechábamos, que la estaba siguiendo.»

Situando la novela en Galicia, y tras la gran pérdida, era casi obligado rendir homenaje a Domingo Villar. Los lectores de Bevilacqua ya saben que siempre le acompañan la música y las novelas, en esta ocasión el subteniente escogerá la primera novela de la serie de Leo Caldas: Ojos de agua. Tras descubrir al personaje con la tercera de sus novelas, El último barco, Bevilacqua viaja al principio de la serie para constatar, ya en esa primera entrega, la intuición, el talento y la humanidad del autor de Vigo y también cómo apresa el alma de esa Galicia a donde esta vez le lleva su labor.

«Durante el viaje seguí leyendo la primera novela de Domingo Villar, en cuyas páginas me salió una y otra vez al paso ese rasgo del alma gallega que tan poco se tiene en cuenta, y que, en el cliché sobre ella, tan pobre como todos los clichés, cede siempre ante la melancolía o la aversión a definirse, cuando tal vez sea lo que permite adjudicarles a estas su verdadero sentido. Se trataba del humor, esa ironía que como una lluvia imperceptible pero persistente calaba todas y cada una de las páginas y daba forma a su mirada.»

CATALUÑA EN EL CORAZÓN: DEL SUEÑO OLÍMPICO, UN AMOR DE JUVENTUD, A LA LLAMA DEL PROCÈS

Además del Camino de Santiago, la otra gran protagonista de La llama de Focea es Barcelona en los días convulsos de la sentencia del llamado procés. También en contraposición a un tiempo engañosamente dorado en el recuerdo de 1992 y el sueño olímpico. Allí fue destinado entonces un joven cabo Rubén Bevilacqua, perteneciente a la unidad antiterrorista del cuerpo, tras su paso por el País Vasco. Y sus recuerdos son agridulces, porque no solo le tocó desmantelar los coletazos de una trasnochada célula de Terra Lliure, sino que también dio con quien se convertiría en su gran maestro de vida y de profesión —el sargento Rafael Robles, de cuya violenta muerte trata La marca del meridiano (Premio Planeta 2012)—, se topó con algunos abusos en el seno de la benemérita institución, cometió algunos errores, fue padre, encontró el amor de Anna, que le dejaría una profunda herida, y firmaría la sentencia de muerte de su matrimonio.

«En Barcelona había habido para mí una chica, que ahora era una mujer y a la que incluso había conocido. Y sabía que yo no podía pensar en Barcelona sin pensar en ella y en el modo en que por ella, y alrededor de ella, mi vida se había iluminado y torcido y había acabado patas arriba.»

Todo ello opera de una manera contradictoria en Vila, como un perturbador viaje al pasado, desde un presente confuso. Porque también es un tiempo en el que Vila se empapó de la cultura y la lengua catalanas, aprendió a amar esa tierra como propia, y a la vez comenzó a percibir el germen de una vieja pugna de una parte de Cataluña con el Estado español que ya comenzaba a fermentar.

«En los últimos ocho años tan sólo había ido por Cataluña un par de veces, en ambos casos para trabajos cortos. Lo que había sucedido en aquel tiempo, desde la descomposición de las relaciones del Govern de la Generalitat con el del Estado hasta el referéndum de independencia y los incidentes anteriores y posteriores, lo había seguido en la distancia, con una tristeza y una decepción crecientes. No era normal que tanta gente se pusiera de acuerdo para cometer tantos errores demenciales al mismo tiempo.»

EL OLFATO FEMENINO

Como contrapeso del carácter filosófico y un tanto digresivo de Bevilacqua —experto en los perfiles psicológicos, pero también en dejarse enredar y en la cabezonería—, Virginia Chamorro, de procedimientos metódicos y rigurosos y dueña de una mente analítica —no en vano es licenciada en Matemáticas de formación—, es crucial en todas las investigaciones de la serie. También está aquí presente de manera notable, pero quizá el componente femenino sea mayor en La llama de Focea y su peso aún más determinante en la resolución de un caso endiablado y complejo como pocos.

Puede que de este modo el autor rinda tributo y haga justicia al papel cada vez más determinante de la mujer en el siglo xxi y no solo en la Guardia Civil. Porque la brigada Chamorro es aquí fundamental, pero también lo es la cabo primero Inés Salgado, de carácter sanguíneo y extrovertido y un arrojo envidiable. También cuenta el aplomo y la capacidad de la joven juez de Sarria (Lugo) Jennifer Sagarra, a quien le toca en suerte la causa, y que a su vez ha sido formada por la magistrada Carolina Perea (personaje de sobra conocido para los seguidores de la serie).

Pero, sin duda, la medalla al mérito se la lleva sobre el terreno la sargento primero Laura Cerdeira, una gallega de inteligencia y perspicacia fuera de serie, lengua afilada y una dialéctica deductiva aún más tozuda que la de Vila. Con él mantiene en cierto momento un duelo memorable, a pesar de su juventud e inferioridad en rango. Y puede que un giro sorpresivo en la investigación, en una inesperada vuelta de tuerca final de la novela, acabe dándole algo de razón.

VEINTICUATRO AÑOS DE UN FENÓMENO EDITORIAL QUE CELEBRA LAS BODAS DE PLATA EN 2023

«¿Cuántas chicas muertas llevamos ya? Sólo cambian los cacharritos que nos ayudan en la tarea. Las chicas siguen muriendo, porque hay algo dentro de nosotros, de todos nosotros, que no es bueno y que no se va a ir nunca.»

La serie de Bevilacqua y Chamorro cumple con la salida de La llama de Focea veinticuatro años de vida, desde su pistoletazo de salida en un ya lejano 1998 con El país de los estanques. Si se cuentan como entregas los volúmenes de relatos Nadie vale más que otro (2004) y Tantos lobos (2017), la presente novela es la décimo tercera entrega de la serie. Un fenómeno que no ha dejado de crecer y expandirse desde entonces entre todos los públicos lectores.

El tiempo de la ficción, sin embargo, es un tanto más dilatado que esos veinticuatro años de vida en el papel, porque han transcurrido más de diez trienios en el cuerpo de aquel joven cabo nacido en Uruguay y criado en Carabanchel. Si aún Vila no tiene más galones que los de subteniente no es porque no se los merezca ni porque no quieran concedérselos, sino porque él mismo los rechaza sistemáticamente. Prefiere seguir de servicio en las calles que calentar una silla en un despacho. Lo cierto es que Vila, aunque siga dando batalla y le quede cuerda para rato, ya se acerca a paso firme a su jubilación. En rigor de quedan solo cuatro años, lo sabe y es completamente consciente de ello.

Por eso uno de los temas centrales de la novela, además del sempiterno conflicto contestatario entre padres e hijos, es la cuestión del legado, el testigo que se pasa de una generación a otra, cual relevo de los atletas con la llama olímpica. De eso trata en el fondo La llama de Focea, además de la llama originaria y ancestral que ciertos pueblos inquietos conservan en el tiempo. Y por eso también Vila ya prepara en cierto modo su retiro y azuza a Chamorro no solo para que coja su relevo, sino también para que tome el compromiso de formar a su hijo Andrés, que además de haberse convertido en guardia civil y seguir sus pasos, ya prepara las pruebas para integrarse en la policía judicial dentro del cuerpo, y en la legendaria unidad central por añadidura, igual que su padre. De tal palo, tal astilla.

«—Andrés va a hacer el curso de policía judicial. Y tengo el barrunto de que, tan pronto como yo me vaya, va a pedir destino en la unidad central. Necesitará una maestra. Y sólo puede tener la mejor.»

*Contenido original proporcionado por la editorial 

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