Todo lo peor
de César Pérez Gellida

Publicación: 7 de noviembre de 2019
Editorial: SUMA
Páginas: 608
ISBN: 978-8491292043

Biografía del autor

César Pérez Gellida nació en Valladolid en 1974. Es Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valladolid y máster en Dirección Comercial y Marketing por la

Cámara de Comercio de Valladolid. Desarrolló su carrera profesional en empresas vinculadas con el mundo de las telecomunicaciones y la industria audiovisual hasta que, en 2011, decidió dedicarse en exclusiva a su carrera de escritor.

César irrumpió con fuerza en el mundo editorial con Memento mori, que cosechó grandes éxitos tanto de ventas como de crítica y obtuvo el premio Racimo de literatura 2012. Constituía la primera parte de la trilogía «Versos, canciones y trocitos de carne», que continuó con Dies irae y se cerró con Consummatum est y por la cual le fue otorgada la Medalla de Honor de la Sociedad Española de Criminología y Ciencias Forenses 2014 y el Premio Piñón de Oro como vallisoletano ilustre. En 2015 publicó Khimera, su cuarta novela, y en 2016 inició su segunda trilogía, «Refranes, canciones y rastros de sangre», compuesta por las novelas Sarna con gusto, Cuchillo de palo y A grandes males.

Actualmente sigue escribiendo novelas y colabora como columnista en El Norte de Castilla.

Nota de prensa:

César Pérez Gellida regresa para descolocarnos con un trepidante thriller negro magistralmente ambientado en una época no tan lejana pero sí muy distante en el ámbito de los derechos y las libertades. Otra nueva joya del que es para muchos el mejor escritor patrio de novela negra.

Una novela fría como el acero, despiadada como el cruel asesino que la habita.

LA OBRA

Varios cadáveres de homosexuales aparecen brutalmente asesinados en el Berlín Este de finales de la Guerra Fría. Las autoridades no le prestan la atención que merece hasta que un alto cargo de la Stasi que maneja información muy sensible para el Estado aparece muerto en las mismas circunstancias.

Por su experiencia en el comportamiento de la mente criminal encargan la investigación a Viktor Lavrov, que, junto al inspector apartado de la Kriminalpolizei, Otto Bauer, buscará la manera de sumergirse en un mundo prohibido tras los pasos de un despiadado asesino mesiánico.

SINOPSIS

En Todo lo peor —al igual que en su predecesora, Todo lo mejor—, regresamos al Berlín Oriental de 1980, donde volveremos a encontrar a varios de los personajes de la anterior novela: Viktor Lavrov, un agente de la KGB destinado en la capital alemana y que ejerce oficialmente las labores de enlace entre la Unión Soviética y la RDA; Erika Eisemberg, pareja de Viktor, pero agente de la Stasi alemana; Otto y Birgit Bauer, hermanos y agentes de la Kriminalpolizei…, así como un buen número de miembros de los servicios secretos de varios países y otros personajes secundarios a los que conocimos en la anterior entrega.

Al inicio de la novela, Lavrov, formado como psicólogo criminalista, es convocado por Erich Mielke, el director de la Stasi, para que investigue unos extraños asesinatos de homosexuales que se están produciendo en la ciudad. Un criminal mesiánico les inflige insoportables tormentos con un instrumento de tortura llamado la Pera de la Angustia antes de causarles la muerte. A la RDA le importarían poco estos casos si no fuera porque el último asesinado es Johannes Allendorf, un alto cargo de la policía secreta del Estado.

Dicho crimen tendrá consecuencias directas en el mundo del espionaje. Por una parte, Allendorf era la única persona que conocía la identidad secreta del Ciudadano W, Werner Wögler, antiguo científico de un revolucionario proyecto de narcohipnosis desarrollado por la CIA y que había desertado para pasarse al otro lado del telón de acero. Por otra, se sospecha que el fallecido tenía información que podría comprometer mucho a Mielke. Dada esta situación, la Stasi, la KGB, la CIA y el Mossad se volcarán en averiguar si Wögler sigue existiendo y cuál es su paradero. Para complicar aún más la trama, los alemanes encargarán la tarea a la agente Erika Eisemberg y los rusos a Viktor Lavrov, con lo que la investigación se convertirá en una auténtica labor de funambulismo para ambos.

Por si todo esto fuera poco, la implicación de Viktor y Erika en el caso tiene más de un componente personal. En primer lugar, su amigo Otto Bauer, inspector jefe de la Kriminalpolizei y que fue clave en la resolución del caso anterior, es homosexual. Por este motivo, la inicial desaparición de este y la posterior de su antigua pareja, Heinrich, irán marcando el ritmo de la trama en la persecución del asesino. En segundo lugar, la viuda Allendorf parece haberse encariñado demasiado con Viktor y le propone abiertamente confiarle los secretos que él anhela conocer a cambio de que mantenga relaciones sexuales con ella. Si a esto añadimos que Erika descubre que es estéril y que Viktor y ella intentan adoptar a una niña en el transcurso del caso, la carga emotiva de la historia es considerable.

Debido a un error cometido por el asesino, que se ve obligado a abandonar la Pera de la Angustia en el cuerpo de su última víctima, Viktor empieza a tirar de una serie de pistas que acaban conduciéndolos a la detención de alguien llamado Ruslan Kemke. Aunque todas las pruebas parecen culparlo, el agente de la KGB desconfía, le parece que el acusado estuviera voluntariamente aceptando cargar con el crimen cometido por otra persona.

Mientras tanto, Otto Bauer ha logrado adivinar que asesinados y sospechoso compartieron cuartel militar años antes y que todos se vieron envueltos en el caso de una violación homosexual de un recluta. Un recluta que resulta ser el sobrino del propio Ruslan, Jonas Kemke, lo que explica por qué Ruslan se está inculpando en un crimen que efectivamente no ha cometido. Todo se complicará cuando Ruslan se suicide en la prisión y Viktor sea consciente de que el asesino sigue en la calle y va a continuar matando. Y la tormenta se desencadenará completamente cuando su siguiente víctima sea Heinrich, la anterior pareja de Otto.

A partir de ahí, se iniciará el espectacular e intenso final de la historia, que alterna las escenas de Otto persiguiendo a Jonas Kemke —que ha huido con toda su familia a una cabaña en el monte— con la resolución del caso de espionaje, en el que intervendrán todos los servicios secretos cuando se sepa que Erika estaba espiando a Viktor y este comprenda que Werner Wögler no ha desaparecido, sino que la viuda Allendorf le estaba haciendo pasar por su padre enfermo. Esta frenética sucesión de últimas secuencias tendrá al lector en vilo hasta el final de la historia.

ALGUNOS EXTRACTOS DE LA OBRA

«Todo lo peor es lo mejor cuando a uno deja de importarle de qué lado está —afirmó Viktor con aire agnóstico, como si el conocimiento del ser humano no alcanzara para probar o negar dicha sentencia».

«Se detuvo un instante para comprobar que no llamaba la atención. Por suerte, tenía la fundada creencia de que en aquellos parajes había muchos que, igual que él, llevaban una doble vida, circunstancia que jugaba a favor del anonimato. O eso quería pensar. Sin embargo, ya había comprobado que su moldeada morfología atlética, manifiesta bajo su camiseta ajustada, y, sobre todo, sus duras pero proporcionadas facciones de corte oriental resultaban bastante atractivas para esa jauría de depravados».

«Levantó la vista unos instantes y se masajeó atemperadamente los párpados como si quisiera eliminar ciertas impurezas adheridas después de llevar demasiado tiempo examinando las mismas fotografías. Más allá de la ventana de su despacho el cielo parecía haberse puesto de acuerdo con el cemento de Alexanderplatz para alcanzar cierta sintonía cromática. El superior, de un gris cárdeno, amenazaba con licuarse en forma de aguacero de un momento a otro; el inferior, ceniciento, anhelaba que así fuera».

«Si lo supiéramos podríamos saber a quién nos enfrentamos: un asesino mesiánico, un sádico o un tipo organizado que tiene un plan y no quiere que lo atrapen. El primero mata por mandato divino, se cree inmune porque Dios lo protege y, por ello, más pronto que tarde cometerá un error. El segundo mata por placer, y, como le decía antes, lo hará cada vez de forma más frecuente y más violenta. Pero el tercero… El tercero no sabemos por qué mata».

«Su fachada de corte neoclásica resaltaba del resto como un inmaculado vestido de novia entre decenas de grasientos monos de trabajo. Sin saberlo con certeza, supuso que aquel sería el único que se habría librado de las bombas aliadas y la artillería soviética, mientras que el resto había sido reconstruido siguiendo el manual de arquitectura brutalista impuesta por el pragmático y obtuso régimen estalinista».

«Su cerebro, ocupado en encontrar la forma de liberar el terrible caudal seminal que amenazaba con desbordarse de un momento a otro, no fue capaz de procesar ese registro de voz. Al volver la cara y encontrarse con esos ojos azules casi grises clavados en los suyos, se colapsó por completo. Quería fundirse con ella en un abrazo, devorarla a besos y apropiarse de su alma, pero su organismo se encontraba muy lejos de ejecutar esas órdenes. Solo sus lacrimales parecían estar funcionales, por lo que liberó la impotencia derivada de la inacción en estado líquido».

«Hoy, muy en cambio, había regresado a su ciudad natal para despojarse de un pesado e ignominioso lastre y el resultado podría calificarse de muy satisfactorio. Era como si sus manos hubieran absorbido la energía vital del viejo conforme se le iban agotando las reservas de oxígeno y, aunque no había llegado a excitarse como con los anteriores, sí pudo paladear la vigorosa esencia del poder absoluto. No existía nada igual».

«—Los alemanes sois la gota que horada la tierra —bromeó.
—Y los rusos, la que colma el vaso —contestó».

«La veía mover los labios, pero eran sus ojos los que habían robado toda su atención. Naufragar en aquella inmensidad le hizo acordarse de la analogía cromática que solía utilizar para explicar cómo el bien y el mal pueden cohabitar en una misma persona. Se trataba de una verdad indubitable, un axioma fundamentado en que no existía un gris que no contuviera algo de azul, ni azul que no se formara con tintes de gris. Sin embargo, los suyos, esos que ahora no podía ni quería dejar de contemplar, parecían pertenecer a una escala cromática propia, sin mezclas, como si fuera un color creado con el único fin de apoderarse de su voluntad y anularlo por completo».

«Muy pocos eran los que se arriesgaban a jugar a tres bandas, pero si había un lugar en el mundo donde el riesgo mereciera la pena ese era su ciudad natal. No podía decirse que estuviera comprometido con alguna de las dos posturas ideológicas, o que comulgara con una u otra. Lo único que le interesaba eran los dólares y los rublos que le llegaban de ambos lados, capital que conservaba a buen recaudo y que tenía pensado utilizar cuando las cosas empezaran a pintar de otro color».

«¿Cómo podía siquiera plantearse adoptar a una criatura con el hombre con el que compartía su vida por encargo? ¿Hasta dónde llegaba su capacidad para retorcer la realidad? ¿Cuánto tiempo podría seguir caminando por el borde del precipicio sin caerse? Y, sobre todo, ¿a cuántos y quiénes arrastraría hasta el fondo?».

«Su instructor en el buen arte del interrogatorio lo llamaba la prueba de la liebre deslumbrada. La técnica consistía en provocar ese instante en el que el sujeto se quedaba paralizado al no esperarse una revelación del interrogador. Igual que las liebres que cruzan una carretera y de repente no saben qué hacer al ver dos grandes focos de luz acercándose a gran velocidad. Previamente había que conseguir que el interrogado se relajara, que ganara la confianza suficiente como para atreverse a cruzar la carretera y, entonces sí, encender las luces. Daba lo mismo que fuera cierto o no, lo crucial era elegir bien el momento. Al interrogador no le hacía falta escuchar la respuesta, le valía con observar si el sujeto reaccionaba esquivando las luces de inmediato o se paralizaba».

Una voz le susurra que no es mala solución. De hecho, no escucha ninguna otra que le diga lo contrario. Pero antes tiene que reunir el coraje para mirarla a la cara. Si le va a disparar, no le queda más remedio que enfrentarse a la persona que le ha engañado día tras día durante tantas semanas, tantos meses. Esa de ojos azules casi grises —ahora humedecidos— de la que se ha enamorado y con la que está a punto de adoptar a una niña.

SOBRE SUS OBRAS HAN DICHO…

«Bendito insomnio de autor para una legión de gellidistas». El Norte de Castilla

«Memento mori es una novela escrita en full HD y tiene sonido Dolby Surround de última generación. En la medida en que se vaya sumergiendo en el argumento verá que la nitidez en las descripciones es insuperable y que la banda sonora le envuelve sin remisión». Michael Robinson

«Ahora entiendo por qué a Michael Robinson y a sus editores les apasionó este impresionante libro». Juan Cruz

«Con Sarna con gusto, Pérez Gellida alcanza la madurez en una obra original y de sofisticada crueldad. Los fieles al género Gellida estamos de suerte». Dolores Redondo

«Amo las novelas de suspense y esta está a la altura de las grandes». Olga Viza

«Comparar al autor con Stieg Larsson, como hacen algunos medios especializados, es quedarse corto. En mi opinión, Pérez Gellida tumbaría al autor sueco de un derechazo en el primer asalto antes siquiera de romper a sudar». Benito Olmo

«Me impactó cómo el autor ha sido capaz de retratar el mal entre canciones y poemas. Es una lectura que te atrapa desde el inicio por su escritura meticulosa y envolvente. Y tiene un detective que recuerda al mejor Carvalho de Vázquez Montalbán». Sandra Barneda

«Toma aire antes de abrir la primera página [de Khimera], pues no podrás respirar hasta que acabe el libro». Juan Gómez-Jurado

«La novela policiaca de moda». ABC

«Novela negra cargada de muerte cuya breve vida ha sido luminosa. Publicada apenas hace unos días (…) El suceso literario ya es inocultable». El Mundo

«Hay dos formas de hacer suspense: acometerlo a la perfección o ser distinto. Gellida es lo segundo, pero sin dejar en ningún momento de ser lo primero». Ángeles López, La Razón

«Gellida no se rige por los clichés comerciales, sino que va mucho más allá, hasta el punto de haber creado el gellidismo literario. (…) Un Gellida es una pieza inconfundible. (…) Gellida ofrece en este libro una lectura en carne viva». M. Giráldez, El Correo Gallego

«Pérez Gellida no ha optado por las fórmulas facilonas dispuestas a contentar a ese público adicto al culebrón apolillado, al folletín de radionovela. Este autor ha escapado de los caminos trillados para exponer un fresco que refleja las lóbregas honduras de los corazones lobunos y solitarios, de los francotiradores dotados de pellejo asimétrico, de los personajes que padecen perversiones bajo la piel». Ramón Palomar, Las Provincias

«Suspense bien construido, en un impensable escenario, con una prosa honesta que se bebe como el mejor de los Riberas del Duero que en sus páginas se mencionan. No creo equivocarme si digo que asistimos a lo que podría ser el establecimiento del “género Gellida”, que promete continuar». Qué leer

«Pérez Gellida conserva esa cualidad innata de todo buen estratega de saber cuándo hay que jugársela, y ahora saborea desde la trinchera editorial el éxito del que se sabe tenido en cuenta». Diario Sur

«Memento mori (recuerda que morirás) es una novela policiaca de las que remueven al lector en su butaca, un thriller psicológico de los que inquietan hasta la última página, una apasionante y adictiva historia que araña los pilares del género negro con el fin inequívoco de hacerse perenne en el recuerdo». Marca

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