Cuando seas mayor
de Miguel Gane

Publicación: 19 de septiembre de 2019
Editorial: SUMA
Páginas: 368
ISBN: 978-8491293033

Biografía del autor

George Mihaita Gane (Leresti, Rumanía, 1993) es graduado en ADE y Derecho, así como Máster en Propiedad Intelectual y Abogacía. En el año 2018 superó el examen estatal de Abogacía, aunque dejó la profesión cuando las letras irrumpieron en su vida.

Su primer libro, Con tal de verte volar (Aguilar), ha alcanzado 17 ediciones y ha sido publicado en México, Colombia y España. Su segundo poemario, Ahora que ya bailas (Aguilar), lo afianzó como uno de los poetas más visibles de su generación. En total, hasta la fecha, su obra ha superado los 60.000 ejemplares vendidos. Ha dado recitales en países como Ecuador, Colombia, México o Costa Rica, así como en más de una veintena de ciudades españolas. Por su temática, sus poemas son usados como emblemas por muchos movimientos feministas de todo el mundo.

Actualmente, dedica su vida a la literatura y fruto de ello es la publicación de su primera novela, Cuando seas mayor.

Sinopsis:

Después de convertirse en uno de los jóvenes poetas españoles más exitosos del momento, Miguel Gane publica ahora una primera novela honesta y muy personal.

Yo tenía nueve años y vivíamos todavía en Rumanía, en un pueblo pequeño al borde de la montaña. Recuerdo el frío, la ropa congelada, el olor a leña y las brasas del fuego apagándose en la estufa, pero sobre todo recuerdo la pobreza. Allí aprendí el significado de la supervivencia, hasta que una noche de mayo mi madre me susurró unas palabras que cambiarían mi vida para siempre: «Cuando seas mayor entenderás por qué nos fuimos».

***

A través de la mirada de un niño, Miguel Gane nos presenta en su primera novela una historia que narra el drama de la miseria de una familia y su determinante decisión de emprender un viaje a lo desconocido. Un relato de superación y de búsqueda que nos descubre la realidad de la inmigración desde una visión tan inocente como descarnada.

La crítica ha dicho…
«Es difícil pensar que haya alguien en nuestro país que no haya leído alguno de los poemas de Miguel Gane, ya sea queriendo o sin querer».
La Razón

«Con tal de verte volar es un manifiesto lírico -urbano, sexual, empapado en cerveza- contra las relaciones tóxicas, contra las pasiones que se sustentan en control y dependencias».
El Español

Nota de prensa:

LA OBRA

Rumanía, Navidad de 2002. El joven narrador de esta novela, un niño de nueve años que «nunca había querido nada en particular», se siente terriblemente decepcionado cuando descubre que los regalos que le ha dejado Papa Noel no se parecen en nada a los que deseaba. La mirada de su madre, su abrazo de consuelo, su triste sonrisa y su silencio le ayudan a comprender el enorme sacrificio que hay detrás de los calcetines, el par de plátanos y el huevo Kinder que le han parecido «lo más vivo de la miseria».
La precaria situación laboral de sus padres (él hace turnos de veinticuatro horas como portero en una empresa de fabricación de coches, ella cocina para algunas familias pudientes, especialmente para la familia de «uno de los jefes más importantes de mi padre, un señor al que todo el mundo llamaba domndirector») se va complicando aún más hasta llegar a un punto totalmente insostenible que no deja más que una opción, solo hay una mínima esperanza: abandonar el país y recorrer media Europa para intentar comenzar de nuevo en España.

El viaje es una auténtica odisea en la que se enfrentan a lo peor del ser humano, a la bajeza moral más abyecta, al abuso de autoridad en cualquiera de sus expresiones, a fronteras inexpugnables que se abren previo pago, a la insolidaridad provocada por el miedo, a la miseria más difícil de erradicar, la que anida en el corazón del ser humano, la que ocupa su lugar. El protagonista se ve obligado a madurar a marchas forzadas, se culpabiliza de muchas de las penurias de sus padres, intenta comprender qué sucede y por qué, tendrá tiempo de comprobar que «también había personas buenas entre tanta miseria». Con la sensibilidad que le caracteriza, Miguel Gane deja a un lado la mirada adulta y da voz a aquel niño, habla en pasado pero parece que lo hace en presente, en caliente, en el momento, con la incomprensión, la extrañeza, la lucidez y la inocencia de un chaval de nueve años, alguien que se hace preguntas pero comprende no es el momento para encontrar respuestas, esas llegarán cuando sea mayor.

LA MIRADA (Y LA VOZ) DE UN NIÑO

Uno de los mayores logros de Cuando seas mayor es la elegancia y sencillez con que el Miguel Gane de la actualidad desaparece para ceder la palabra a un niño de nueve años:

«Fuera, la sombra más profunda ya había caído sobre el valle. Esa noche la luna estaba llena. El eco de la montaña transportaba el sonido de la música que anunciaba el banquete al que ni mis padres ni yo habíamos sido invitados. Las pinceladas de nieve que se divisaban levemente entre la oscuridad le daban al paisaje un aspecto cercano, aunque triste. La luz dejaba las primeras caricias sobre el pico de los árboles y todo indicaba que en las siguientes horas el valle iba a volver a llenarse de blanco. Incorporado sobre la cama, apurando las últimas migas del plato, miré por la ventana y pensé si alguna vez llegaría el día en el que perdiera de vista todo lo que tenía delante: esos árboles, esa naturaleza tan salvaje, la libertad de los pájaros en primavera… Me preguntaba si la gente rica también se fijaba en las mismas cosas en las que nos fijábamos los pobres».

«Mi madre era la persona más importante de mi vida. Pasábamos mucho tiempo juntos y siempre aprendía algo nuevo de ella. No tenía un puesto fijo de trabajo como tati, sino que acudía cuando alguna vecina la llamaba para algo relacionado con la cocina. Mamá hacía unas comidas excelentes y todo el mundo halagaba sus platos. A veces era eso mismo lo que nos aseguraba poder comer algo que no fuesen patatas o pan con mermelada. Le solían dar las sobras. Era una mujer muy generosa, tanto que se sentía casi culpable cuando las vecinas le daban por pago alguna cosa de más. Muchas veces la escuchaba contarle a mi padre que prefería que le diesen dinero en lugar de comida, pero que nunca tendría la indecencia de pedirlo. Trataba de contentar a todo el mundo, cosa que en el pueblo era muy complicada, pero ella lo conseguía estando siempre atenta a los detalles».

«Cabizbajo y silencioso, me quité la ropa húmeda y la dejé colgada sobre una de las sillas de la sala. Mamá no me miró, aunque sabía que estaba ahí. Casi desnudo, fui a mi cuarto, me acerqué al cabecero, cogí el bote de monedas que tenía y lo vacié sobre la cama. Ahí estaba parte del aguinaldo que había conseguido ese año. El acero de las monedas estaba helado y sentí el frío en mis yemas. Fui amontonándolas todas y ordené los billetes, de mayor a menor. Calculé que tenía unos quince mil leis. Me puse el pijama de siempre, lo recogí en un puñado y me fui al cuarto de mamá. La tele sonaba de fondo, pero mamá no la estaba mirando. Cuando me acerqué, vi que había llorado. Tenía la cara hinchada y roja. Se pasó el dedo índice por debajo del ojo izquierdo antes de forzar una sonrisa. Respiró fuerte y cuando me iba a preguntar qué quería, estiré las manos y le ofrecí en silencio el dinero».

«Los días eran una feliz rutina que comenzaba con las clases de la mañana, la vuelta a casa, el rato que dedicábamos a hacer los deberes y los juegos de después. La infancia debe de ser vivir en la inocencia de la risa, y nosotros nos reíamos mucho, aunque desde que Eduard tenía su bicicleta, cada vez lo hacíamos menos porque dejó de pasar tiempo conmigo y empezó a juntarse más con los chicos de la pandilla que también tenían bici. Yo ni siquiera la pedí en casa porque sabía cuál era la respuesta».

«Agaché la cabeza y dejé de escuchar, fijando la atención en mis manos. Me las acariciaba, suave y lentamente y, mientras lo hacía, me preguntaba si los niños en España tendrían las manos igual de gruesas y duras que las mías.
Me pasaba el dedo índice por los callos y apretaba hasta sentir un poco de dolor, luego seguía paseándolo por cada uno de ellos, una y otra vez en un recorrido sin fin. Así sería mi futuro. Me miré las uñas y seguían sucias. ¿Allí los niños tendrán las uñas sucias?, me pregunté. Giré la palma hacia el techo y vi el corte que me había hecho años atrás. No me cosieron y cicatrizó solo. ¿Los niños de España se harán cortes en las manos? Luego pensé, por un momento, en las de mi padre. Las había visto tantas veces que me las sabía de memoria. Eran grandes, ásperas y duras. Unas manos de hombre. Unas manos trabajadas. ¿Alguien en España tendría las mismas manos que mi padre? Luego pensé en las de mamá. Las manos de mi madre estaban manchadas de harina por el pan y los bizcochos, y cuando hacía la masa del cozonac se le notaban las venas de tanto apretarla y machacarla. ¿Harían eso en España?».

«Durante las siguientes horas de viaje, no hubo más ruido que el de las ruedas sobre el asfalto y algún pitido ocasional. ¿Qué le habíamos hecho a esa gente? Esa era la pregunta que más me hacía: ¿qué habíamos hecho? No éramos delincuentes. Nadie había robado ni violado ni pegado. Nadie. Éramos familias. Cada una con sus virtudes y defectos, con su pasado, presente y, tal vez, su futuro. Éramos familias. Me negaba a que Europa fuese esa pesadilla. No. Rotundamente. Ojalá. De ser así́, ¿qué sentido tendría buscar una nueva vida en un lugar donde lo que menos se apreciaba era la vida? Ninguno. No podía quitarme de la cabeza la imagen de aquellos gendarmes manoseando a las mujeres, a mi madre. No podía. Mami se apagó en cuanto volvió́ al bus. De vez en cuando, tati la miraba y creo que esa era su forma de pedirle perdón. Era su forma de decirle: aguanta, ya queda poco. Yo tumbé mi cabeza sobre sus brazos y traté de darle mi calor. Así fue como seguimos nuestro viaje por Italia. Ya no me importaba ver sus calles ni saber nada sobre su gente. Tan solo quería salir del país y llegar al siguiente. Ya casi no pensaba en la vida que habíamos dejado atrás, sino en la que teníamos por delante».

«Llegamos a España porque tuvimos que correr. Correr para tener futuro, correr para poder comer, correr para vivir. Teníamos que correr. Correr fue la forma que encontramos para huir, noblemente, de la miseria. Llegamos a España porque teníamos hambre y teníamos frío, así de simple. En fin, porque necesitábamos una oportunidad».

«Al salir del portal un leve viento de primavera nos recibió. Mi equipaje pesaba mucho, pero papá se dio cuenta y me lo quitó de las manos. Dentro de la casa hacía más calor que en la calle. Cuando empezamos a andar me pareció que la ciudad estaba especialmente activa, porque había coches y gente por todas partes. Además, en cada calle había una tienda diferente y muchos bancos. Nunca había estado en un banco. De camino, cruzamos un parque y me quedé mirando la hierba porque no entendía por qué salían chorros de agua de la tierra y se esparcían. También escuché el sonido de varias ambulancias en ese pequeño intervalo, cosa que en el pueblo era impensable, y me hizo pensar que estábamos muy protegidos».

ENTREVISTA

¿Ya te había tentado antes la idea de escribir novela o fue Cuando seas mayor lo que te llevó a dar el paso?
Desde siempre he sabido que el paso de la poesía a la novela sería a través de una historia como esta. No tenía en mente otra primera historia posible.

¿A qué retos te has enfrentado al cambiar de género? ¿Qué ha sido lo más difícil? ¿Qué te ha sorprendido?
Todo en general ha sido un reto, desde encontrar un lugar adecuado para escribir hasta el pánico de quedarme parado en algunos capítulos sin saber cómo seguir. Lo que más complicado me ha parecido ha sido la construcción de los personajes. Tuve que hacer un gran ejercicio de memoria, recordando aquellos primeros años del 2000 en los que mi país sufría una gran transición y la gente también estaba cambiando. Llevar eso al papel fue complicado y será el lector quien diga si lo he conseguido o no. Otro factor que me ha parecido dificultoso ha sido escribir la novela de una manera simple y que sea esa sencillez la que emocione, que es, al fin y al cabo, el objetivo de mi libro. No sé si se puede calificar como una sorpresa, pero cuando empecé a escribirlo, hubo momentos en los que dudé de mi capacidad para llevarlo a buen puerto. Supongo que me he demostrado a mí mismo que he podido surcar un océano.

Aunque es fundamentalmente autobiográfico, hablas en los agradecimientos de las decenas de familias rumanas «cuyas historias han inspirado algunas partes importantes de este libro». ¿Cómo surgió el incluirlas y cómo fuiste ensamblándolas con tus vivencias?
El libro es mi historia. Pero también la de millones de familias rumanas que, como nosotros, han emigrado. Actualmente somos más de 5 millones de inmigrantes en el mundo. Muchos de nosotros jóvenes. Y teniendo en cuenta que mi país tiene una población de 24 millones, cuando veo la cifra de los 19 restantes que quedan, me estremece pensar que mi país se está muriendo.

Quería contar una historia que no se ha contado todavía. Al menos no así. Necesitaba que el mundo tuviese a su disposición lo que ha sido y es la inmigración en este lado del mundo. A lo largo de los casi 20 años que mis padres llevan en España, sus caminos se han cruzado con los de muchas personas y han sido los ratos de conversaciones en el salón los que me han dado algunas de las escenas que redacto. Las incluí porque sé que muchas de esas familias no lo han conseguido y tuvieron que regresar. Las incluí, en fin, para que nadie las olvide.

Uno de los grandes aciertos de la novela es la voz narradora porque, el niño transmite los sentimientos, sensaciones y reflexiones de alguien de nueve años, sin filtro, sin análisis posterior, en caliente. ¿Desde el principio optaste por, dejar fuera al adulto o fue una decisión tomada durante la escritura?
Sí, lo tenía claro desde que me senté a escribirlo. El libro ha sido curar una herida y tengo claro que lo escribí para encontrar la paz con mi pasado. Y para ello necesitaba que el personaje principal del libro fuese un crío. Yo fui un niño cuando viví algunas de las cosas que relato. Y debía ser también un niño el que se enfrentase al drama, a la miseria, al racismo… De ahí también viene la sencillez del lenguaje empleado. Digamos que los niños son los únicos capaces de hacernos reflexionar sobre las cosas más importantes de la vida con argumentos muy básicos. Además, yo tengo la suerte de tener un hermano pequeño. Tiene casi la misma edad que el personaje y cuando me quedaba parado, simplemente lo miraba a él y en ese proceso encontraba lo necesario para seguir trabajando. Ha sido mi cooperador necesario sin que ni él mismo lo supiese.

Si tuvieras que definir la inmigración, ¿cómo lo harías?
En el mundo hay muchos tipos de inmigración, la que yo escribo es el proceso de una pérdida. Lo primero que nos suelen quitar es el nombre y ahí empieza a desaparecer tu identidad. También es el proceso de una reconstrucción. Digo que cuando llegué a España tuve que aprender a jugar de nuevo. Algo que parece tan sencillo, a mí me costó mucho tiempo. Al mismo tiempo, también es un drama social -que nosotros mismos hemos creado, ojo-. Mi familia y yo huíamos de la miseria y del frío y precisamente esa huida fue otra forma de reencontrarse, otra forma de llorar, otra manera de pelear y otra manera de vivir.

La inmigración es un asunto primordial y polémico que está en la agenda política de todos los países y que plantea problemas cuya solución no es fácil abordar. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
En realidad, yo creo que sí saben cómo solucionarlo, pero no les interesa. En España habíamos aceptado y superado el debate desde hacía mucho tiempo, pero parece ser que ahora lo han vuelto a traer a la palestra. Interesa porque crea conflicto y del enfrentamiento sale el voto. Desde luego que yo lo tengo muy claro y sé que es utópico, pero no puedo ir en contra de mi naturaleza y no puedo ni debo ni quiero condenar al inmigrante. Por ello grito y gritaré siempre en favor de la libertad de fronteras y tengo muy claro que ningún ser humano es ilegal.

En el viaje hacia España hay episodios realmente impactantes, sobre todo aquellos que hacen referencia a los diversos controles de seguridad que deben superar. ¿Hay una falta de asertividad generalizada en lo relacionado con los inmigrantes?
Desde luego. Las travesías, bien lo sabemos, son una lucha por la supervivencia. Yo no quería dejar de analizar ni de escribir sobre ello. Los personajes no tuvieron que cruzar un mar, sino un continente. Y la realidad de ese proceso es que pasaban -y siguen pasando-, muchísimas cosas que desconocemos porque no se habla sobre ellas. Mi familia y muchos de sus amigos son testigos de ello. Los pasajeros de ese autobús llevaban tatuado en la frente a lo que venían a España. Y no podían hacer otra cosa más que callar y aceptar que los iban a tratar como a delincuentes. Si se enfrentaban a la autoridad, saldrían perdiendo. Y perderían aquello que habían venido a buscar: un sueño.

¿Crees que el sistema de acogida e integración de inmigrantes es el correcto? ¿Qué habría que mejorar?
No hay más que ver algunas entrevistas o reportajes. Los centros son verdaderas cárceles. No puedes pretender que un inmigrante que ha hecho tantos esfuerzos por llegar a España se integre totalmente si lo primero que le haces cuando llega es encarcelarlo. Esa persona va a vivir con miedo y se va a sentir atacada y en jaque a lo largo de toda su estancia aquí.
No estoy en posición de hablar sobre lo que se puede mejorar desde un punto de vista técnico, pero sí puedo decir que, con añadirle más humanidad a la acogida, ya sería un gran paso.

Dedicas a la madre algunos de los pasajes más delicados y hermosos, pero hay un momento especialmente estremecedor: el de la Nochevieja cuando el niño se siente culpable por las lágrimas de ambos progenitores…
Creo que la relación del niño con la madre, al principio, es mucho más especial que la que tiene con su papá. Básicamente porque pasan juntos la mayor parte del tiempo y es ella la que se ocupa de su educación fuera de las clases, por ejemplo. Eso crea lazos. Nadie debería ver cómo llora una madre y entiendes la impotencia cuando no puedes hacer nada para evitarlo. Y todo esto viene de que en la sociedad en la que yo viví, las relaciones con el padre siempre han sido mucho más complicadas por muchos factores.

Llegan a España, les llevan a la que será su casa, van descubriendo lo que en ella hay, poco a poco crean una atmósfera familiar, el niño escucha el agua de la ducha que está tomando su padre, el agua del grifo bajo el que su madre lava los platos, le parece que todo está en calma y escribe «me sentí raro, tal vez diferente, pero no mejor que antes». No se puede decir más con menos…
Es totalmente cierto. Hay un problema grave con mi gente. Muchos olvidan su pasado y otros tantos reniegan de él. El niño no es más especial que otros porque tiene algo tan sencillo como una ducha y esa es una lucha que yo creo que mantiene a lo largo de todo el libro. Ahí sí que puedo decir que yo soy ese personaje porque fue algo que me pasó a mí. Nunca había tenido nada y cuando me vi en esas, debí mantener los pies en la tierra y tratar de hacer lo posible por compartirlo con aquellos que seguían sin tener nada. Digamos que sé lo que es pasar hambre y por ello ofrecí siempre mi barra de pan que, en muchas ocasiones, era lo único que me alimentaba.

Describes en la novela una Rumanía que se parece mucho a la España de hace 50 años. ¿Cuál es tu relación actual con tu país de origen? ¿Y con España?
Quiero mucho a mi país -el gran desconocido de Europa y echo de menos a mi pueblo, Leresti -que es donde transcurre la primera parte de la novela-, cada día. Pero actualmente no tengo con él nada más allá de una relación humana. Me da pena y rabia que las cosas sean así, pero así funciona el sistema aquí. Por no decir más, ni siquiera han querido traducir mis libros, aunque probablemente sea uno de los autores rumanos que más vende en el extranjero.
Con España no puedo sentir más que agradecimiento y, en cierta manera, la obligación de devolverle todo lo que me ha dado. Es mi casa, mi hogar y el lugar donde yo he conseguido lo que jamás hubiese conseguido en Rumanía.

En una novela que se presenta y reconoce como autobiográfica no podemos pasar por alto el momento en que el protagonista/narrador se coloca por primera vez ante un papel en blanco y, tras escribir unas cuantas líneas, siente «una libertad que no pensé que podría existir». Aunque suene a frase hecha, ¿la literatura te salvó?
Sí. No me avergüenza reconocer como ciertas algunas cosas que muestro en el libro, al contrario, presumo de herida porque solamente así se puede combatir algo como, por ejemplo, el racismo.
Los libros y la escritura me han salvado la vida. No digo que sin ello me hubiese muerto, me refiero a que no sé qué hubiese sido de mí sin ellos. Es probable que me hubiese rendido hace mucho tiempo. Uno necesita armas con las que luchar y yo tuve la suerte de encontrar las mías. Y en este momento me duele mucho escribir y reconocer que millones de inmigrantes no las han encontrado.

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