Descubre . El camino japonés de la felicidad

Junko Takahashi nos abre las puertas de la ancestral sabiduría japonesa para ayudarnos a descubrir la esencia de la plenitud, la armonía y la felicidad.

Tras el éxito nacional e internacional de El método japonés para vivir 100 años (traducido a más de 8idiomas), la periodista y escritora Junko Takahashi recorre en su nuevo libro el camino para descubrir los secretos japoneses hacia la plenitud, la armonía y la felicidad. En japonés, el ideograma significa«camino». Unido a otras palabras, simboliza diferentes artes, disciplinas y deportes; pero no solo eso: también refleja las maneras de vivir, sentir y actuar de los japoneses. A través del sorprendente mundo del kōdō, el camino del incienso; el kadō, el camino de las flores; el kyūdō, el camino del arco; el shodō, el camino de la caligrafía, y el sa o chadō, la ceremonia del té, los lectores de . El camino japonés de la felicidad podrán acercarse a la fascinante filosofía del país nipón, basada en una estética sencilla que resalta la belleza de la imperfección y en la sabiduría del ahora.

 

Tal y como explica la autora de . El camino japonés de la felicidad, cada uno definimos nuestra propia felicidad, pero el deseo de alcanzar la paz interior es común a todos nosotros. ¿Cómo conseguirla? A través de la meditación, practicando deporte, viajando, abstrayéndonos en las cosas que disfrutamos y, también, mediante las artes tradicionales japonesas, las cuales se entienden como el recorrido que se hace al aprender una materia con el objetivo de llegar a un nivel más alto. Sin embargo, el aprendizaje, en realidad, nunca termina, así que a través del no solo se consigue dominar la técnica, sino que también es una fuente de crecimiento personal.

 

«En Japón, el camino de las artes tradicionales nos lleva a la paz interior y es un aprendizaje que siempre enriquece la personalidad de quien lo practica».

 

Las artes tradicionales japonesas han conservado sus raíces sin dejar de evolucionar durante 700 años. Y, tal y como explica Junko Takahashi, en este largo tiempo numerosas personas se han dedicado a ellas. No solo los iemoto (maestros principales) de las diversas escuelas y sus practicantes, sino también los artesanos que han fabricado o cultivado los instrumentos, los utensilios y los materiales —como las flores, el té y los dulces— aplicando unas técnicas que se han transmitido de generación en generación durante siglos. La producción de chasen, los batidores de bambú para el té, es un buen ejemplo. Los chasen tienen entre 80 y 120 puntas y se hacen a partir de un pedazo de bambú. Casi todos estos batidores se producen desde hace más de 500 años en un pequeño pueblo, Takayama. Los secretos para su fabricación pasan de padre a hijo desde que se recuerda.

 

En . El camino japonés de la felicidad, la autora hace un repaso histórico y práctico de cada una de las artes que aborda, destacando un origen común: las artes marciales y las artes tradicionales que incluyen el término dō en sus nombres tienen una fuerte influencia del budismo zen, considerada una religión práctica, ya que nos enseña a encontrar la iluminación espiritual a través de la experiencia. Además, los elementos estéticos del zen, definidos por el especialista en budismo y gran pensador Shin’ichi Hisamatsu (1889-1980), influyen en el camino de las artes tradicionales: la asimetría, la simplicidad, lo marchito, la naturalidad, vivir con la mente libre, el misterio y la profundidad y la serenidad. De esta forma, en las artes japonesas se da especial importancia a los espacios, porque se entiende que también forman parte de las obras como en el caso de la caligrafía; o se destaca la belleza del paso del tiempo, algo visible en las plantas marchitas usadas en los arreglos florales. También para disfrutar del se requiere quietud.

 

«El zen nos enseña a ver las cosas tal y como son. La belleza existe donde no hay intención».

 

Teniendo en cuenta la esencia de la estética japonesa, Junko Takahashi ha comprobado que se puede alcanzar la paz interior ejercitando estas artes de la mano de reconocidos maestros y escuelas tradicionales. Excepto el shodō, que la autora llevaba practicando algunos años para mejorar su escritura, nunca había aprendido ninguna de las materias que recoge en el libro precisamente porque le parecían demasiado duras y estrictas. El resultado ha sido esta nueva obra, repleta de anécdotas, testimonios de maestros y enseñanzas aplicables a nuestra cotidianidad y desarrollo personal.

Kōdō: La fragancia como arte

 

La ceremonia del incienso se considera uno de los tres refinamientos de las artes tradicionales japonesas, junto con el sadō (o chadō), la ceremonia del té, y el kadō, el arreglo floral. Todos ellos se desarrollaron casi al mismo tiempo, alrededor del siglo XIV.

El kōdō es un auténtico arte que consiste en refinar la capacidad del que lo practica para apreciar la fragancia de las diferentes maderas aromáticas, las koboku. Originarias de los países del Sudeste Asiático, las koboku se forman de manera natural durante más de cien años y son muy valiosas. Hoy en día existen 61 maderas aromáticas, consideradas las mejores según las directrices del kōdō actual. La mejor de ellas, la famosa Ranjatai, es uno de los tesoros nacionales de Japón y se exhibe al público en raras ocasiones. Es tan especial que, para demostrarle respeto, los practicantes del kōdō no encienden otras maderas koboku cuando queman una astilla de Ranjatai.

En el kōdō se usa la palabra escuchar —en lugar de oler— para definir la acción de percibir un aroma, porque no se reduce al sentido del olfato, sino que consiste en acercar la mente a la fragancia y abrirnos al mundo misterioso de aromas en el que nos introduce y que nos lleva a extender los límites de nuestra imaginación. El arte de escuchar el aroma de los inciensos se llama monko.

Este ritual del incienso también tiene su parte lúdica: el kumiko, un juego basado en obras de la literatura clásica japonesa que consiste en escuchar diferentes tipos de aromas y competir para ver quién puede averiguar el orden en el que han aparecido. Hay más de 200 tipos de kumiko, y se siguen inventando otros nuevos hoy en día. Es una buena forma de que, en las clases, los alumnos puedan escuchar diferentes maderas para aprenderlas.

Como las maderas aromáticas son caras y difíciles de conseguir, el kōdō es la menos practicada de las artes tradicionales japonesas. Además, tiene cierta fama de ser difícil, ya que requiere conocimientos de literatura y la capacidad de escribir poemas. No obstante, en Tokio Junko Takahashi asistió a clases de kōdō en centros de las escuelas Oie-ryu, cercanas al refinamiento de la aristocracia, y Shino-ryu, con un estilo propio de los samuráis, marcado por la simplicidad y la disciplina.

En el kōdō, al igual que el resto de artes tradicionales, hay ciertos protocolos que los maestros ejecutan con una precisión quirúrgica. Cualquier detalle forma parte del ritual. «El trabajo de la anfitriona consiste en preparar la ceniza, colocar un pedacito de koboku encima de la placa de mica y pasar el quemador a los invitados. Lo más importante es conseguir la temperatura adecuada para que el aroma emane correctamente», describe Takahashi en el libro. Para terminar la ceremonia, la anfitriona declarasolemnemente: «Se ha llenado la fragancia». Significa que el aroma ha llenado no solo la sala, sino también el corazón de todos los presentes.

«Después de empezar a practicar el kōdō, me he dado cuenta de que mi vida antes era muy pequeña, mientras que el mundo que me ha abierto este arte es infinito».

«Me sorprendió mucho el tamaño de la madera aromática que vi por primera vez en mi vida. Encima de toda esa ceniza, un pequeñísimo pedazo de madera descansaba sobre la placa de mica. Aunque no era ni la mitad de la uña de mi meñique, el kōdō nos enseña que basta con un fragmento como “un pelo de la cola de un caballo o la pata de un mosquito”. Ese pequeño trocito de madera despedía una fragancia sutil pero firme», añade sobre el ritual.

«Sentía la mente fresca y despejada, como si acabara de terminar de hacer ejercicio, solo que mi cuerpo no estaba cansado. Pensé que tal vez esto se debía a que mediante la concentración había conseguido beneficios parecidos a los de la meditación. Al fin y al cabo, en ambos casos logramos cierta serenidad y tranquilidad después», confiesa la autora sobre su experiencia.

En Dō. El camino japonés de la felicidad, la escritora recoge también otras sensaciones cercanas a la espiritualidad. Como la de una profesora: «Las fragancias son abstractas y personales, así que dependen mucho de cómo las percibe cada uno. Si nos aferramos o nos obsesionamos, no podremos apreciarlas bien. Solo cuando dejo la mente en blanco, sin pensar en nada, sin distraerme, el aroma entra en mi cuerpo y siento cómo me unifico con él y llego, en ocasiones, a intuir una especie de iluminación que está escondida dentro de mí. No me ocurre con frecuencia, pero es la razón por la que nunca he querido dejarlo». O las palabras del secretario general de la Fundación de Inciensos de Japón, Masaaki Mitsui, quien se ha dedicado al kōdō desde que dejó su trabajo en un banco tras jubilarse hace unos 15 años: «Vivía en un mundo en el que solo contemplaba los negocios, los beneficios y los rendimientos. Después de empezar a practicar el kōdō, me he dado cuenta de que mi vida antes era muy pequeña, mientras que el mundo que me
ha abierto este arte es infinito».

Kadō: La estética imperfecta de las flores

La experiencia de la autora con el kadō o ikebana ha sido reveladora. «El momento en el que me enfrento en silencio a las flores, pensando solo en ellas para decidir cómo colocarlas, es como agua para mi corazón, reseco debido al estrés del día a día. Ahora entiendo por qué se considera que el ikebana es un remedio terapéutico e incluso, últimamente, un tratamiento psicológico», afirma Junko Takahashi. Según algunos estudios, este método es efectivo no solo para los ancianos con demencia, sino también para los familiares que los cuidan, porque mitiga su estrés, y para los niños, ya que incrementa su autoestima porque las flores proporcionan un sentimiento de seguridad, esperanza y cariño.

La palabra ikebana está formada, en japonés, por los ideogramas ikeru —«dar vida», con el sentido de «arreglar algo para que siga vivo»— y hana (pronunciado bana), «flor». En el ikebana se ve a las flores como a seres vivos, más que como a objetos materiales, y su ciclo vital se compara con la vida humana. Un humano empieza como un bebé, crece hasta la edad adulta, envejece y muere; una flor comienza su vida como un brote, florece, se marchita y muere. De esta manera, este arte tradicional muestra el principio de mutabilidad del mundo del que habla el budismo: nada permanece eternamente.

«El ikebana se expresa mediante la vida de las flores, y quienes lo practican son conscientes de la vida y de la muerte. Por ello, fortalece la capacidad de conectar a las personas entre sí».

La costumbre de arreglar las flores se introdujo con la llegada del budismo en el siglo VI. De hecho, las flores son, junto al incienso y las velas, uno de los tres artículos presentes en cualquier ritual budista. Aunque inicialmente decoraban solo los espacios religiosos, con el paso del tiempo los aristócratas empezaron a utilizarlas en sus residencias y, más tarde, los samuráis las incorporaron también a su vida diaria. En el siglo XX nacieron nuevas escuelas de ikebana, con nuevos estilos influidos por los arreglos occidentales, lo que atrajo a nuevos practicantes, sobre todo a mujeres. Desde ese momento se convirtió en un arte principalmente femenino que, hasta hace poco, toda buena esposa debía aprender antes de casarse.

Cada escuela tiene su propio estilo y color, las variedades son ilimitadas, y muchas de ellas se reconocen solo con ver las composiciones florales. La colocación de las flores se basa en la combinación del cielo, la tierra y el ser humano según el yin y el yang, los conceptos taoístas que representan la dualidad de la creación del universo, como la mujer y el hombre, la oscuridad y la luz, la fuerza centrífuga y la centrípeta… Así, en el kadō, el yin es la parte de las plantas que está a la sombra, mientras que el yang es la que está al sol. Esta idea quiere decir que el cielo, la tierra y el ser humano son los tres poderes del universo. La armonía de todos ellos supone el cuidado del mundo natural, ya que, gracias al ikebana, aprendemos a vivir como seres humanos a través de flores y plantas.

El ikebana compara la vida humana y la de las flores, de ahí que no solo se utilicen flores bonitas, sino también ramas o flores secas, porque son la prueba de que las plantas han vivido. Además, para poder arreglarlas, hay que buscar las flores y las plantas caminando por las montañas y campos y aprender las características naturales y las circunstancias en las que han crecido.

El número de plantas que se utilizan en el ikebana tradicional es siempre impar. En la cultura japonesa, un número impar es un buen augurio. La razón es que los impares son indivisibles y perduran así, por lo que son un símbolo de la eternidad. En todos los estilos tradicionales, la obra debe ser asimétrica, ya que la cultura japonesa no ve belleza en la perfección.

«Es cierto que las flores son adorables y solo verlas ya me calma. Pero estoy convencida de que el ikebana tiene una función de meditación, porque, durante la hora y media que estuve arreglando flores, no pensé nada más que en donde colocarlas. Es decir, mi mente estaba completamente vacía durante esos momentos, en los que yo me enfrentaba a mí misma reflejada en las flores», explica Junko Takahashi sobre su clase de ikebana.

El silencio del aula también es un factor importante porque nos hace relajar el cuerpo y que la respiración sea más profunda. Desde entonces, Takahashi sigue yendo a clases con diferentes profesores, pero siempre tiene sensaciones similares. Además, cada vez que asiste a una, se vuelvo más adicta a este arte tradicional, alejado de la pomposidad y basado en la sencillez estética. «En las clases, los retoques de los profesores siempre me hacen abrir los ojos. Las flores cambian sus rostros de manera sorprendente con un mínimo cambio, como mover una flor por un pincho del kenzan, mostrar la punta de una hoja de arriba hacia abajo o inclinar una rama hacia atrás. Y cada vez que termina la clase quiero volver a intentarlo para hacerlo mejor»,
confiesa.

Kyu: La estética de mu (la nada)

 

A partir de la desaparición de los samuráis, el aprendizaje y la práctica de las artes marciales pasó a convertirse en un , un camino que debía recorrerse, y en el que ganó más importancia el aspecto físico y mental del entrenamiento que la técnica en sí. El kyudō, el tiro con arco japonés, se describe como el zen de pie, ya que los practicantes ejercitan el cuerpo y el espíritu a través de los gestos que realizan y que culminan en el disparo de la flecha.

Desde épocas antiguas, los arcos se han utilizado en Japón no solo como arma o elemento deportivo, sino también como instrumentos religiosos contra los malos espíritus, y aun hoy en día se celebran rituales sintoístas con ellos. También existe un ritual en el Palacio Imperial cuando nace un bebé: se pulsa la cuerda de un arco para expulsar al maligno con su sonido. Se han utilizado además como instrumento de adivinación o para convocar a los espíritus de los muertos y captar sus mensajes. Incluso durante la construcción de una casa se celebra un ritual para protegerla de cualquier mal, que consiste en situar en el techo dos arcos con flechas.

En todas las artes marciales, los ejecutantes efectúan una reverencia cuando empieza y termina el partido o el entrenamiento. Porque lo que es verdaderamente importante, más que ganar, es mostrar respeto hacia todos, tanto hacia el oponente como hacia el profesor y los compañeros. Además del respeto, el kyudōcontempla tres objetivos: el shin (la verdad), el zen (el bien) y el bi (la belleza). No son solo los fines últimos del tiro con arco, sino que también deben serlo de cualquier persona, por lo que el kyudō se considera una formación humana.

  • El shin significa que el tiro nunca miente, es decir, cuando se tira correctamente con el arco, la flecha vuela recto y da en el blanco sin falta, con claridad y buen sonido. Aun así, no se refiere solamente a la corrección técnica, sino también al interior del tirador. Si hay una pequeña sombra de turbación en la mente del arquero, por mínima que sea, el tiro no será correcto. El kyudō es el camino para perseguir la verdad en cada tiro.
  • El zen se pronuncia igual que en el budismo, pero se escribe con otro carácter chino, que significa “bondad”. Explica la ética del kyudō, la importancia de la cortesía y de mantener el corazón en calma.
  • El bi es la estética, que aparece cuando el shin y el zen se conjugan. Es una belleza que se expresa a través de un tiro realizado correctamente y con personalidad. Todos los arqueros de kyudō aspiran a conseguir esa belleza.

Junko Takahashi tuvo la ocasión de ver a uno de los principales maestros de tiro con arco, Takeo Ishinawa, que lleva más de seis décadas practicando todos los días sin falta. Él lanza unas 50 flechas diarias o 100 cuando tiene más tiempo, pero nunca se da por satisfecho. Para él, la clave está en mantener la calma, en ser mushin. La palabra mu significa «nada, vacío» y «sin, corazón». «Cuando uno tira con arco no debería distraerse por nada como intentar dar en el blanco o ponerse nervioso. Cuanto más se intenta, menos se acierta. Esta es la razón por la cual se dice que el kyudō es el zen de pie», remarca Takahashi.

Además de la experiencia del maestro, el libro recoge el testimonio de una tiradora que logró superar su hayake, afección que también afecta a golfistas y jugadores de béisbol y que consiste en disparar la flecha antes de tiempo debido a una sacudida involuntaria. A base de perseverancia y estrechar los lazos con su maestra, ella logró vencer esta dolencia y tener mayor confianza en sí misma. Pero un buen arco también es fundamental. El libro recoge las características del wakyu, el arco japonés, que es el mayor del mundo. Los arcos de bambú son elaborados manualmente por artesanos, los yumishi (yumi significa «arco» y shi, «maestro»), y en Takahashi cuenta la historia de uno de ellos, Yashuhiro Kato, quien pese a estudiar ingeniería en la universidad cambió su sueño de construir cohetes por el de crear arcos con los mejores materiales. Hoy, hay que
esperar cuatro años para recibir una de sus creaciones.

Sho: La estética de espacios

 

La caligrafía está profundamente arraigada en la vida cotidiana de los japoneses. Pero el shodō no consiste solo en escribir las letras bien, sino que se trata de un arte compuesto también por las líneas, los espacios y el matiz. Los maestros advierten que se requiere la máxima concentración para volcar el alma en una letra o para no equivocarse en ninguna cuando se escriben cientos de ellas. Se puede expresar con la significación y la forma de la letra, pero también mediante el pincel por la manera de trazarla.

 

Tal y como explica la autora, el kanji, al ser un ideograma y tener un solo significado por carácter, no era muy adecuado a la hora de expresar los complejos sentimientos de los japoneses. Especialmente para la escritura del waka o poema japonés, un género que formaba parte de la cultura refinada de los nobles, repleto de sensibilidad y dobles sentidos. En consecuencia, alrededor del siglo X se inventó el hiragana, un sistema que surgió como una simplificación de los kanji, con 50 caracteres y que es actualmente el alfabeto básico del idioma japonés. Al mismo tiempo, se inventó el katakana, que se usa para escribir las palabras procedentes de lenguas extranjeras. Ambos, el hiragana y el katakana, se conocen como kana. No obstante, en el shodō, este último término se refiere principalmente al hiragana.

Entre los instrumentos del shodō, hay cuatro artículos indispensables: el papel (washi), la plancha de piedra(suzuri), el pincel (fude) y la tinta china (sumi). Existen numerosas variedades de estos cuatro tesoros del escritorio, y los mejores tienen mucho valor. Estos artículos también fueron introducidos desde China por los monjes budistas cuando trajeron la caligrafía a Japón.

«Llevo elaborando pinceles desde hace más de 40 años, pero solo he podido hacer unos pocos como deseaba. Aspiro a fabricar un pincel ideal que sea un todo con la mano, que el escribiente tenga la misma sensación que cuando escribe con su dedo», le contó un artesano a la autora. Y crear un pincel requiere hasta unos 100 pasos. Algo que le sorprendió a Junko, como también el trabajo sobre la tinta china, que se produce de forma tradicional en Nara, amasando la materia negra con todas las fuerzas y rapidez.

Junko Takahashi había aprendido shodō de pequeña, pero no había usado un pincel desde entonces, es decir, hacía más de 30 años. La clave para obtener una buena tinta china es frotar suavemente el sumi, como dice una expresión común en el mundo de la caligrafía: «Frota como un hombre enfermo y escribe como un hombre vigoroso». Mientras se frota el sumi, la mente se tranquiliza y se prepara para escribir con calma.

«Parece fácil, pero el pincel no se mueve tan solo con el brazo, sino con todo el cuerpo, y la respiración tiene que acompañar este movimiento. Mientras se escribe, los codos deben estar en punta durante todo el tiempo. Hay diferentes maneras de dibujar los toques inicial y final, y aun siendo simples líneas, es muy difícil hacerlo bien», dice a los lectores. Pero hay quien tiene una capacidad prodigiosa para este arte nipón. Y en Do. El camino japonés a la felicidad, los lectores tienen la ocasión de conocer la historia de Shoko Kanawaza, de 34 años, calígrafa y con síndrome de Down. Shoko hizo su debut con 20 años y junto a su madre han visitado más de 1.200 lugares para hacer exhibiciones de caligrafía en Japón, acudiendo hasta la sede de la ONU. «El shodō siempre nos ha salvado en los momentos difíciles. Yo no intentaba hacer que mi hija fuera calígrafa, pero hemos superado los problemas simplemente por habernos abstraído con el shodō, y Shoko ha expresado su talento sin darnos cuenta», explica la madre de Shoko a la autora.

Sa: La estética de la sencillez y la serenidad

 

Se dice que el sadō o chadō, la ceremonia del té, es una comunicación emocional que tiene lugar en la parte más profunda de los corazones del anfitrión y del invitado, y que consiste en apreciar el ichigo-ichie, ese momento único en la vida que nunca volverá a repetirse exactamente igual.

Como en el sadō intervienen muchas disciplinas diferentes –desde la artesanía de los utensilios que se utilizan a la decoración de la sala, la caligrafía, la cerámica, las flores, la literatura o el kimono–, frecuentemente se lo considera un arte sintética. Antes de ser un camino para el refinamiento de las mujeres, el sadō era cosa de hombres, especialmente entre los samuráis. De hecho, era habitual que los generales victoriosos incautaran a sus enemigos los utensilios para la ceremonia del té, o que recompensasen a sus hombres por su buen trabajo con tazones y contenedores para el té molido. Así que la ceremonia del té no era solo arte y cultura, sino que también tenía un significado político.

Fue Sen no Rikyū (1522-1591) quien perfeccionó la ceremonia del té en el siglo XVI introduciendo la sencillez y la serenidad estética no solo en los utensilios, sino también en los arreglos del cuarto y las formalidades de la ceremonia. Hoy en día, se lo considera una figura sagrada en la materia. Rikyū vive aún a través de la ceremonia del té que estableció y que se ha transmitido hasta nuestros tiempos, principalmente gracias a tres escuelas establecidas por sus descendientes, conocidas en su conjunto como San-Senke, «las tres familias de Sen».

«Se dice que el espíritu del sadō es agasajar a los demás. Esto no significa que haya que obsequiarlos con mucha y buena comida, sino que hay que tener en mente lo que tu invitado verdaderamente necesita. Por ejemplo, si te dicen que no tienen mucho apetito, debes darles poco aunque hayas preparado mucho», se afirma en Do. El camino japonés a la felicidad.

En el sadō cada estación se disfruta con los utensilios adecuados, las tazas no tienen una forma perfecta y el color y el diseño se adecúan a cada estación. Aunque lo que mejor expresa el paso del tiempo son los dulces típicos, los wagashi. Los de Kioto, que tradicionalmente ha sido el centro cultural del país y donde están las sedes de las escuelas de sadō, se llaman kyogashi y son muy apreciados.

La ceremonia del té transcurre casi en completo silencio para agudizar los demás sentidos y los sonidos también contribuyen a crear ambiente. Por ejemplo, el anfitrión recibe a los invitados en el jardín, los saluda sin decir nada y, durante la ceremonia, solo se pronuncian algunas palabras clave. El único que puede hablar es el invitado principal, el shōkyaku. Cuando se aprende el sadō para asistir a un chaji, una compleja ceremonia que dura horas, conviene conocer bien tanto el papel del anfitrión como el del invitado. Un chajise celebra para tomar el té, pero también para disfrutar al máximo del encuentro, por lo que se ofrece antes comida y sake. Hay ceremonias menos formales que el chaji, como el chakai, en la que no se sirve comida.

Tras acudir a diversas ceremonias del té y explicarlo con detalle, para Junko Takahashi, éstas, al igual que las demás artes tradicionales japonesas, «no sacian únicamente la sed de la garganta,
sino también la del corazón».

• Finalmente, todo el mundo debe saber que las tres fases del aprendizaje de las artes del dō se resumen en el término shu-ha-ri:
• – Shu significa «guardar». Se trata de seguir fielmente las enseñanzas del maestro y practicar las formas y las técnicas básicas hasta dominarlas.
• – Ha significa «romper». Alude a romper la barrera de los conocimientos básicos y aplicar las estructuras y técnicas ya aprendidas para crear otras nuevas.
• – Ri significa «separar». Consiste en liberarse de las raíces y crear nuevas formas o escuelas.
Aunque las dos últimas fases nos impulsan a separarnos de las estructuras y técnicas aprendidas, solo llegamos a ha y ri si adquirimos las bases recogidas en el shu. Como dijo Sen no Rikyū: «Las prácticas son para aprender del uno al diez. Cuando se llega al diez, hay que volver al uno».

La autora:

Tras estudiar a los japoneses centenarios para su libro El método japonés para vivir 100 años, Junko Takahashi se lanzó a experimentar las principales artes tradicionales de su país, recorriendo el camino que significa. Mientras escribía su nueva obra, . El camino japonés de la felicidad, Junko Takahashi sintió el peso de la larga historia y las numerosas generaciones que han traspasado las artes japonesas. Pero tambiénle asombró la profundidad de estas culturas que se han formado en cientos de años, además del esfuerzo y la responsabilidad que asumieron los sucesores de cada disciplina. «Por encima de esa presión estaba el sentimiento de querer compartir las experiencias que he vivido y los conocimientos que he adquirido. Los maestros y muchas personas más sabias que yo me ayudaron inmensamente», confiesa en las páginas.

 

Natural de Osaka, Takahashi vive en Tokio y, además de escribir libros, esta periodista asesora a otros compañeros de profesión extranjeros. Desde que ha aprendido las artes tradicionales que repasa en su libro,la autora de . El camino japonés de la felicidad lleva una vida más lenta y sencilla. «Si tiene interés en aprender alguna de ellas y quiere hacerlo a la manera japonesa, ponga su corazón en ello. Piense en hacer que las flores brillen, en preparar el té pensando en quién lo va a beber. De esta manera, su vida será feliz y se hará realidad este proverbio zen: Nichi nichi kore kojitsu. O lo que es lo mismo: Cada día es un buen día», recomienda

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