Nadie duerme
de Barbijaputa

Publicación: 31 de octubre de 2019
Editorial: SUMA
Páginas: 432
ISBN: 978-8491290117

Biografía del autor

Barbijaputa es el seudónimo de una escritora feminista y columnista anónima que colabora en varios medios de comunicación españoles. También tiene su propio podcast, Radiojaputa. Tras su primera novela, La chica miedosa que fingía ser valiente muy mal, vuelve a la ficción con esta distopía feminista en la que las mujeres se ven obligadas a coger las armas para combatir al Sistema, al Gobierno y al machismo.

Sinopsis:

La activista feminista que reside bajo el alias de Barbijaputa vuelve a la ficción con una novela impactante desde el primer párrafo, una distopía feminista en la que las mujeres son el verdugo, ¿o no?

Nadie sabe quién está detrás de los asesinatos de expresidiarios que salpican el país. Nada hace pensar que puedan estar relacionados. Tampoco parece un asunto que le importe al TOTUM, el nuevo partido de ultraderecha que se ha hecho con el poder y que no ha dudado en iniciar unas políticas de represión sin precedentes contra sus habitantes, especialmente contra las mujeres. Pero todo se vuelve más urgente cuando por primera vez es un juez el que aparece muerto de un tiro en la cabeza.

Un pequeño grupo clandestino de mujeres organizadas se ha propuesto combatir al Gobierno y al Sistema ante la desesperada situación social. Pero, ¿qué esperanzas tienen cuando se enfrentan al poder casi ilimitado del Estado? Es una de las integrantes de esta organización quien comienza a narrar en primera persona los orígenes y el desarrollo de esta carrera por hacer despertar a la sociedad antes de que sea demasiado tarde.

Ahora que ya todo ha acabado.
Ahora que se han escrito y leído todo tipo
de teorías sobre cómo empezó todo y sobre qué ocurrió durante aquel periodo de tiempo. Ahora que sé que hay personas dispuestas
a escuchar.
Ahora, voy a contarles exactamente cómo ocurrieron las cosas.
Yo maté. Yo fui una de las terroristas. Lean bien cómo, cuándo y por qué la historia de este país es hoy la que es.

«Comenzaron a aparecer cadáveres. A plena luz del día y en los lugares más insospechados de la geografía del país. Ni los medios de comunicación ni la policía elevaron la voz al principio. Al fin y al cabo, las víctimas no eran más que delincuentes recién salidos de prisión. Las pocas veces que se convertían en noticia, los artículos señalaban que posiblemente se tratase de «un ajuste de cuentas». Algunos cuerpos salpicaron el norte del mapa: varios lo hicieron cerca de Tula, al norte. Otros lo hicieron en el sur, sobre todo en la capital, Deltia. Y un par más en los alrededores de Obo, en la costa. En total, sumaban diez expresidiarios asesinados en, aproximadamente, dos meses. Fue un periódico progresista quien cantó bingo: las víctimas eran hombres que habían cumplido una pena escandalosamente corta en proporción al crimen cometido. Así es como lo escribieron en aquella primera crónica: «escandalosamente corta». La periodista que firmó aquel artículo, lejos de condenar el hecho de que esos hombres hubieran sido asesinados, se horrorizó por lo que habían hecho en vida: El último asesinado de esta semana es un hombre que violó durante cinco años a su vecina, una niña que en la fecha de la denuncia contaba con tan solo diez años. Este delito le acarreó únicamente tres años y seis meses de prisión: el testimonio de la víctima fue puesto en duda por el magistrado que juzgaba el caso. Aún recuerdo aquella sentencia. Porque hay historias que hacen que te ardan demasiado las tripas como para ser capaz de enterrarlas en tu memoria para siempre. Aquel violador, el blanco número 10, había forzado durante un lustro completo a una niña a la que nadie había sabido proteger. Después de agredirla, el tipo solía regalarle un juguete. El magistrado concluyó que si la niña seguía volviendo a casa de su agresor era porque, de alguna forma, a ella no le importaba demasiado lo que pasaba. De hecho, este juez descartó que hubiera violencia, arguyendo que la pequeña nunca se resistió. Daba por hecho que la cría debía saber que lo que aquella persona de confianza le estaba haciendo era un delito, es decir, que con cinco, seis, siete o diez años una figura de autoridad para ella no tenía derecho a tocarla. Aquel juez entendió, y así juzgó, que la víctima no tendría que haber vuelto después de la primera vez. Que debería haberse defendido por la fuerza, conseguir alguna que otra marca o herida, y entonces catalogar así el delito como violento. Pero sin más heridas que los trastornos psicológicos graves que había desarrollado la cría a lo largo de ese periodo, su señoría dijo que no podía meter en prisión a su agresor más de tres años y seis meses. Le pareció injusto. Era fácil imaginar las elucubraciones de aquel juez: ¿cómo iba a saber el pobre hombre que una niña de cinco años no quería mantener relaciones sexuales si no le decía ni sí ni no y además aceptaba sus regalos? ¿Es que era adivino? A partir de la difusión masiva de aquella primera crónica, los medios de comunicación y la policía se tomaron más en serio nuestros asesinatos. Las radios y las cadenas de televisión trataban durante horas el asunto. Por no hablar de las conversaciones en las casas, en los lugares de trabajo, en las calles, en los bares… Durante semanas no hubo acontecimiento que pudiera desbancar a las noticias sobre los «violadores asesinados». Lo cierto es que también había maltratadores y feminicidas entre las víctimas, pero el maltrato o asesinato de mujeres parecía llamar menos la atención de la sociedad: el morbo lo proporcionaban los violadores. Y en base a eso se creaban columnas de opinión y tertulias en los platós. Los plumillas y periodistas conservadores se horrorizaron en la prensa y en los platós que les daban espacios: alguien se estaba tomando la justicia por su mano y eso era «inaceptable en una democracia». Esta frase se repitió hasta la saciedad. En las redes sociales, sin embargo, centenas de miles de feministas del país cargaron contra aquellos columnistas y tertulianos, reprochándoles que ninguno de ellos escribiese jamás acerca de la justicia «democrática» que permitía a violadores y asesinos cumplir penas irrisorias o que, directamente, impedía que fueran condenados.»

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