Cal viva
de Daniel Serrano

Publicación: 12 de septiembre de 2019
Editorial: SUMA
Páginas: 384
ISBN: 978-8491293675

Biografía del autor

Daniel Serrano nació en Madrid en 1971 y pasó su infancia en el barrio de Vallecas. Inició su carrera periodística como reportero en Canal +, de donde pasó a CNN+.

En ambas cadenas ejerció como periodista to­doterreno. Fue corresponsal volante en el País Vasco durante el periodo en que ETA mató con­cejales del PP y el PSOE, cubrió los disturbios de El Ejido en el año 2000, estuvo a pie de calle el 11-M…
En 2005 pasó al equipo de reporteros de Cuatro, periodo en el que firmó trabajos sobre la corrup­ción, la burbuja inmobiliaria o la situación de Euskadi.
Copresentó junto a Ana García-Siñeriz y Roger Persiva el mazagine informativo Matinal Cuatro.
Es coautor de varias canciones del repertorio de Ismael Serrano. Entre ellas, Papá, cuéntame otra vez. Autor junto a Rodolfo Serrano del libro-re­portaje Toda España era una cárcel. Memoria de los presos del franquismo. Y publicó, como de­sarrollo de la tribuna De mayo a mayo y se acabó el 68 que vio la luz en el diario El País, el ensayo sobre el 15-M titulado #papacuéntameotra vez. Apuntes de una revolución que contar a nues­tros hijos.

Sinopsis:

El periodista Daniel Serrano nos trae una novela que revela la visión de dos generaciones clave de la España actual.

«Desconfíe de los consejos de quien tiene su pasado manchado de cal viva». Las palabras de un líder político desencadenan las voces interiores de un padre y un hijo que se hallan absolutamente distanciados. Son las voces de dos generaciones. Tristán Díaz Navas es un ex alto cargo socialista al que un ictus ha robado el habla y la movilidad. Ernesto, su hijo, es un periodista cuarentón en permanente crisis y atrapado en una tela de araña de sueños incumplidos. Llevan años sin hablarse.

Ambos dibujan sus respectivas biografías en paralelo, viajan a la infancia y la juventud, y a la vez retratan las convulsiones de este actual tiempo de agitación.

En Cal viva está la España del franquismo y la Transición, los días de la nueva política y el (presunto) fin del bipartidismo, el incendio del edificio Windsor, los crímenes del GAL y de ETA, el 15M, el asesinato de la migrante Lucrecia Pérez, la victoria del PSOE en 1982, la tormenta desatada a raíz del intento de secesión de Cataluña por parte del independentismo… Y entre sus personajes aparece el torturador franquista Billy el Niño o la reina Letizia.

Daniel Serrano construye un mapa emocional relatado a dos voces (y algunas más) y que incluye textos extraviados en bolsillos de viejos abrigos, fragmentos de pretéritos diarios y crónicas dispersas de un desencanto que, sin embargo, deja espacio para momentos luminosos.

Nota de Prensa:

LA OBRA

Suena en el televisor una frase rotunda desde el Con­greso de los Diputados: “Desconfíe usted de quienes tienen las manos manchadas de cal viva”. Tristán Díaz, viejo dirigente socialista, escucha esa invectiva y se in­digna. Un ictus le ha robado la capacidad del habla y la movilidad, pero su fiereza sigue intacta y comienza un monólogo interior contra quienes, como su hijo Ernes­to, pretenden hacer una enmienda a la totalidad de lo conseguido por la generación que tomó el poder a la caída del franquismo.

Ernesto, cuarentón en permanente desacuerdo con el mundo, dará la réplica a su padre mediante el relato de su precario día a día, de sus sueños de infancia y ado­lescencia, de sus aspiraciones revolucionarias que quedaron en nada.

Y, así, en Cal viva van apareciendo Rosalía, el FRAP, la reina Letizia, el incendio del edi­ficio Windsor, Billy El Niño, las manifesta­ciones estudiantiles de 1987 con el Cojo Manteca rompiendo cristales, Casablanca, los crímenes de ETA y los GAL, David Lynch, Rafael Alberti, la insurrección independen­tista en Cataluña, Blade Runner, los bares de Madrid, las playas de Cádiz y el mar de Barcelona.

Se construye así una narración a dos voces (y al­gunas más) en la que se mezcla lo personal, la his­toria reciente, textos perdidos y olvidados en bolsi­llos de viejos abrigos, algún poema, fragmentos de un diario que fue escrito hace mucho tiempo… Una novela que habla de la distancia entre gene­raciones, de padres e hijos (y madres e hijas), de amor, de política, de España, de un mundo en con­flicto donde, como escribiera Gramsci, “lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir”.

 

ENTREVISTA A DANIEL SERRANO

Hablemos del origen de Cal viva.

Antes de nada, Cal viva es la historia de un pa­dre y un hijo. Se trata de un tema universal: la refutación de la autoridad paterna, la lucha en­tre lo nuevo y lo viejo. Todo eso me interesa, me ha interesado siempre. Pero, evidentemente, el origen del conflicto que plantea la novela está en esa sensación de choque generacional que en España cristaliza en la izquierda con la irrup­ción de Podemos y por la derecha con Ciudada­nos. Y que luego se extiende a todas las forma­ciones políticas y, un poco, a todos los ámbitos sociales. La España del 15M y la crisis contra la España de la Transición que tomó las riendas del país con el fin del franquismo y controla, qui­zás hasta hoy, muchísimos resortes del poder.

 

Y ahí surge la frase de Pablo Iglesias en el con­greso que da título a la novela.

El título de la novela me resultaba evidente por el impacto que tuvieron esas palabras de Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados acon­sejando a Pedro Sánchez que no se fiara de los consejos de quienes tienen las manos man­chadas de cal viva (en referencia al crimen del GAL de Lasa y Zabala, cuyos cadáveres fueron enterrados en ese producto). Fue una frase que quebró cierto orden y dio inicio a una nueva etapa.

Añádase un hecho anecdótico al hablar del origen de Cal viva: un día vi, en una terraza fren­te al Senado, al veterano político socialista Juan José Laborda, que fue presidente de la Cámara Alta. Estaba muy delgado, con aspecto frágil, como si hubiera atravesado alguna en­fermedad grave. Me contaron luego que había sufrido un ictus, que perdió movilidad, memo­ria y habla. Se recuperó, afortunadamente. Esa imagen de un viejo dirigente socialista al que un ictus le roba las palabras y parte de los re­cuerdos me resultó inspiradora. Y así surgió Tristán Díaz, un padre empeñado en seguir de­fendiendo su relato frente a Ernesto, su hijo, un cuarentón que ha pasado toda su vida tratando de construir, con desigual fortuna, un discurso generacional propio.

 

Cal viva enlaza con Papá, cuentame otra vez, una canción que escribiste con tu hermano is­mael hace ya 20 años. allí ya se decía: “al final de la partida no pudisteis hacer nada / y bajo los adoquines no había arena de playa”.

Cuando mi hermano Ismael leyó la novela me dijo que Cal viva es el ajuste de cuentas con quienes escribieron Papá, cuéntame otra vez. Con nosotros mismos. Y algo de eso hay. Ahora nos toca mirarnos en el espejo y hacer balance. En el libro padre e hijo coinciden en afirmar: “Ambos hemos sido derrotados de diferentes modos”. Porque, al final, la vida acaba en derro­ta, en algún momento nos toca perder. Aunque tal vez la diferencia es que la generación de Tristán Díaz, la de la Santa Transición (que dije­ra Francisco Umbral) y los fabulosos años 80 sí que logró triunfar generacionalmente como no lo ha la hecho ninguna otra en la historia de Es­paña. A cambio de renuncias, tal y como acusa (una y otra vez) Ernesto. Pero la vida también son renuncias.

 

En el libro sigues una estructura fragmentaria, una confrontación generacional sostenida por el duelo a dos voces entre el padre y el hijo. ¿por qué has elegido este formato narrativo?

Por un lado resulta evidente que vivimos el tiempo de la fragmentación (todo es zapping, tuits, textos breves para leer en nuestros dispo­sitivos electrónicos) y, por otro, me gustaba la idea de componer un puzzle donde están las voces del padre y el hijo mezcladas con escritos de adolescencia o infancia, algún poema, cuen­tos o novelas inacabadas… Y las mujeres, que también hablan en Cal viva.

 

Sí, porque también das entrada en los interlu­dios a varios personajes femeninos.

Me parecía importante que se escuchasen otras voces y tenía interés en que esas voces fuesen femeninas. Porque, al final, la pelea de Tristán y Ernesto tiene un punto de pelea de machos alfa. Y las mujeres que hablan en Cal viva dan un contrapunto a esa batalla con algo de estéril. Los personajes femeninos que irrum­pen en Cal viva poseen una idea de la vida más compleja, menos binaria quizás. Más optimis­ta, desde luego.

 

También hay continuas referencias a la cultura popular: cine, música, cómic…

La cultura popular es fundamental cuando se di­buja una época y Cal viva pretende dibujar la Es­paña que va desde la Transición hasta 2019 así que resulta lógico que en la novela se aluda a los tebeos de Bruguera o El capitán Trueno, David Lynch, Rosalía, Casablanca, los hermanos Marx, Blade Runner o el indie. Y los bares y la noche, claro, que son fundamentales en nuestras exis­tencias.

 

Y aparece, como fugaz personaje, la reina Leti­zia…

Es una figura sugerente en lo literario. La conocí cuando ambos éramos periodistas en CNN+. Y, de pronto, se convierte en Reina. Y mientras la vida de nuestra generación sigue por determinados derroteros, ella permanece al margen, en un uni­verso extraño, ajena a la crisis, la precariedad, las convulsiones de la política y, sin embargo, cons­tantemente acechada por turbulencias palacie­gas. Siempre me parece raro verla donde está así que quise que apareciera en Cal viva, forma parte de un paisaje generacional donde está ella, fuera del mundo y, sin embargo, de vez en cuando, es­capándose a Malasaña a tomar algo. Aunque creo que hace mucho que ya no visita Malasaña.

 

La literatura se engendra del cruce entre la pro­pia literatura y la vida. ¿cuáles son tus referentes?

Mis influencias como lector son muchas y varia­das, pero en el caso de Cal viva he tenido muy pre­sente una tradición de literatura que habla de Es­paña, que trata de captar el espíritu del momento. De El ruedo ibérico de Valle-Inclán y las crónicas de Josep Pla a las novelas de Rafael Chirbes o Fernando Aramburu. O de otro modo, Campos de Nijar de Goytisolo y El mercurio de Guelbenzu y algunos artefactos literarios de Francisco Um­bral. O Miguel Delibes cuando escribe El disputa­do voto del señor Cayo o La hoja roja. José Jimé­nez Lozano tiene magníficas novelas de trasfondo político como Los lobeznos o Los compañeros. Mencionaré, además, La rusa de Juan Luis Ce­brián, que me transportó de modo muy exacto a esa España de la Transición que he querido rees­cribir en Cal viva. Y, claro, Muñoz Molina y Vargas Llosa, Pero súmese a todo esto la literatura de mi generación, que también he leído abundante­mente y cuyo estilo, supongo, me ha influido: Edurne Portela, Milena Busquets, Marta Sanz o Ray Loriga. Y una literatura hispanoamericana que aborda el pasado traumático y dictatorial y que es también literatura de padres e hijos: For­mas de volver a casa del chileno Alejandro Zam­bra y El espíritu de mis padres sigue subiendo por la lluvia del argentino Patricio Pron. Pásese todo ello por la túrmix y añádase un par de gotas de James Salter y listo.

 

En Cal viva encontramos autobiografía, novela de formación y generacional y también periodismo -la foto de un momento político de españa-. ¿bus­cabas una novela testimonial?

Buscaba, lo admito, una novela generacional. Donde cupieran varias generaciones. La de la Transición, la posterior e, incluso, la que ahora vive su plena juventud.

 

¿Cuánto tiene de autobiografía?

Lo justo y necesario. Toda literatura es autobio­gráfica pero Cal viva, quede claro, no es autofic­ción.

 

No estamos ante un choque generacional entre, digamos, el padre falangista y el hijo comunista de la que tenemos ejemplos variados en el tardofran­quismo. aquí, sin embargo, enfrentas a dos mili­tantes de izquierda: uno, el padre, Tristán, quiso hacer la revolución y terminó como burócrata del felipismo; y otro, el hijo, decepcionado: “odio a mi padre porque él me enseñó la derrota”, escribe Er­nesto, el hijo, decepcionado y en busca de un sen­tido y una aventura revolucionaria que le elude.

Creo, sobre todo, que esta no es una novela ma­niquea. No hay buenos ni malos. En literatura eso suele resultar decepcionante. Cada perso­naje carga con sus contradicciones. Y Tristán y Ernesto se odian como sólo pueden odiarse quienes han tenido una relación de amor ex­traordinaria, la relación que une a un padre y a un hijo.

 

Encontramos militantes antifranquistas que se quedaron por el camino y otros que cayeron en el olvido. el padre pasó por las manos de Billy El Niño y una década después estaba justifican­do, de algún modo, los crímenes de los GAL. de ahí viene el título.

Esa son las contradicciones que conlleva vivir. La novela no trata de juzgar a nadie. Cada ge­neración, supongo, tiene que cargar con sus crímenes.

 

“Mi generación surcaba la pubertad y pretendía una revolución con tal de entretenerse”, escribes a propósito de aquellas manifestaciones estu­diantiles del 87 contra el PSOE que dieron su mi­nuto de gloria al Cojo Manteca, unas escenas que tal vez no recuerden los menores de 40.

Las manifestaciones del 87 contra el ministro Maravall fueron una fiesta deliciosa. Que un montón de bachilleres lograra que la policía se batiese en retirada fue motivo de alegría para quienes querían, claro, una revolución o algo si­milar. Y el Cojo Manteca estaba allí, yo lo vi con mis propios ojos, corriendo con sus muletas más rápido que cualquiera de los estudiantes. Recomiendo a la población millennial que bus­que las imágenes de aquellas algaradas y las disfruten.

 

El protagonista define a España como un país cobarde. “Ganó el miedo, como casi siempre en España”, escribe el hijo a propósito del referén­dum de la OTAN que montó Felipe González.

Ernesto es implacable con la generación de sus padres. Yo, a veces, también. Y España, efecti­vamente, tiende al miedo. El relato heroico del 23F, como bien apuntó Javier Cercas en Anato­mía de un instante, no se sostiene. A excepción de actitudes concretas como la de Suárez, Ca­rrillo o el diario El País sacando aquella primera página gloriosa en defensa de la Constitución. España escuchó los disparos de Tejero y se me­tió bajo la cama. Aunque quizás fue lo mejor. Salió bien. La democracia prevaleció. Pero tam­poco presumamos.

 

También es un libro muy pegado al terreno, a Madrid, el Madrid de un barrio, Vallecas, y el Madrid de la noche.

Me gusta la literatura cuyo paisaje es reconoci­ble. Madrid es una ciudad que amo intensa­mente y es una ciudad nocturna así que todo eso está reflejado. Y Vallecas es mi infancia y, por tanto, como escribió el poeta, mi única pa­tria. Digamos que, sí, que es un homenaje a Ma­drid (aunque también estén como escenarios fugaces tanto Barcelona como las playas de Cádiz).

 

Y en todo el libro predomina la melancolía: la nostalgia de las ilusiones perdidas, de la in­fancia perdida, de la juventud perdida, del amor perdido, de la revolución siempre pen­diente…

La existencia es pérdida y con eso hay que vivir. ¿Nostalgia? No exactamente. Yo no creo que cualquier tiempo pasado fue mejor. Eso sí, en cualquier tiempo pasado éramos más jóvenes y ser joven siempre merece la pena.

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