Filosofía ante el desánimo de José Carlos Ruiz

Publicación: 20 enero 2021
Editorial: Destino
Páginas: 320
ISBN: 978-8423358588

Biografía del autor

José Carlos Ruiz (Córdoba), doctor en Filosofía Contemporánea, terminó sus estudios de filosofía becado en la Universidad Sorbona de París. Actualmente es profesor en la Universidad de Córdoba. Se ha especializado en pensamiento crítico y su aplicación en los diferentes procesos formativos. Sus investigaciones se centran en la filosofía de la cultura, el análisis de la sociedad hipermoderna y la aproximación de la filosofía a lo cotidiano. Es autor del gran éxito editorial El arte de pensar (2018), de De Platón a Batman: manual para educar con sabiduría y valores (2017) y El arte de pensar para niños (2019), entre otros. Colabora como asesor filosófico en medios de comunicación y en la Cadena SER conduce la sección semanal «Más Platón y menos WhatsApp».

Twitter: @srjosekarlos

Instagram: @donjosekarlos

Sinopsis

La presión por destacar en una sociedad donde «el infierno de lo igual» se presenta como una fosa de la que nos exhortan a salir. La necesidad autoimpuesta de las check-list como rituales de obligada ejecución para alcanzar la felicidad. La «ideología de la personalidad» que se manifiesta en forma de bulimia emocional, donde acumulamos y acumulamos experiencias para vomitarlas ipso facto en las redes sociales. La dolorosa brecha, que se agranda por momentos, entre el yo real y el yo virtual. La tensión de exigirle al tiempo libre una realización y productividad plenas, bloqueando así la posibilidad de disfrute…

Todos estos elementos, si no se analizan bajo la lógica del pensamiento crítico, se encargarán de configurar una personalidad abocada a experimentar un desánimo crónico. Y ante esto, pocos fármacos son más eficaces que la filosofía.

El nuevo ensayo de José Carlos Ruiz disecciona con mirada quirúrgica nuestra época para mostrarnos las costuras de un mundo cada vez más complejo.

Nota de prensa

Una extraña y opresiva sensación invade los tiempos actuales: la sensación de estar incompletos. Experimentamos la vida como una carencia, acompañados de la molesta idea de que siempre nos falta algo; y sabemos que no es una cuestión material. Andamos llenando y rellenando los días como buenamente podemos, sumidos en un estado de ansiedad que se agranda por momentos. El sistema lo sabe y no cesa de animarnos.

De ahí la importancia de analizar el mundo actual bajo la lógica del pensamiento crítico, porque, de lo contrario, configuraremos una identidad abocada a experimentar un desánimo crónico. Y ante esto, pocos fármacos se me ocurren más eficaces que la filosofía.

Nos indican que nuestra vida es un elemento que se puede dominar, un producto susceptible de configurarse, y que todo es cuestión de determinación, de voluntad, de perseverancia, de crearse hábitos, de resiliencia… Conocerse y ser dueño de uno mismo son dos de las máximas aspiraciones que hemos tenido a lo largo de la historia (saber y poder). Pero en este proyecto nadie nos cuenta la importancia de elementos como el azar, el caos, la injusticia, la endogamia, la suerte… Y como estos se ocultan no es de extrañar que, llegado el momento (puede pasar a los dieciséis años, a los veintitrés, a los treinta y dos, a los cuarenta y cinco, a los sesenta…), nos percibamos como unos fracasados y unos inútiles, incapaces de tener el dominio de nosotros mismos o de hacer lo que sea necesario para encajar en esas identidades exitosas. Entonces nos sentimos incompetentes para domeñar nuestra voluntad y evitamos activar los mecanismos de pensamiento crítico en pos de una política de la distracción y del entretenimiento.

El nuevo ensayo de José Carlos Ruiz invita a cultivar el arte de pensar, diseccionando con mirada quirúrgica nuestra época para mostrarnos las costuras de un mundo cada vez más complejo.

1 La Identidad: conserva los rituales

Experimentamos un exceso de identidad, llegando por momentos al borde de la depresión, que en palabras de Alain Ehrenberg no es otra cosa que «la fatiga de ser uno mismo».

Empezamos a sentir que no hay exceso de mundo, sino «deber de mundo». Acudimos a los sitios que vemos fotografiados en las redes sociales y la repetición de esas fotos se convierte en una misión que cumplir, una especie de deber que nos autoimponemos.

No podemos olvidar que, en la hipermodernidad, toda configuración de una identidad exitosa lleva consigo ligada la figura de un avatar ideal.

Todo el ceremonial que realizamos para el mundo virtual en realidad es un simulacro que tiende a la falsificación. Una falsificación consciente que agota. Lo virtual nos demanda un prototipo de máscara hiperreal, lo que nos obligará a prestar especial atención en la construcción de nuestro avatar. De manera inevitable, nos duplica el trabajo y aumenta el desgaste.

2) Amor: ama con Locura

Hemos extendido el ardor del enamoramiento a las demás facetas de la vida, de modo que nos animan a experimentar el mundo laboral con intensidad, a trabajar con intensidad, a concentrarnos con intensidad, a estar presentes con intensidad (mindfulness), a entrenar con intensidad, a leer con intensidad, a debatir con intensidad, a criar a los hijos con intensidad y a no perdernos ni un solo instante de su vida…

Dependiendo del caso, el compromiso se percibe como una rémora, como un lastre que nos impide disfrutar de la vida y nos limita, desterrando de su acervo aquella concepción virtuosa que poseía. Se impone el derecho al goce por encima de cualquier otro contrato.

No podemos evitar tener esa percepción evaluadora que somete a nuestra identidad a realizar constantes cálculos entorno a lo que ofrecemos y a lo que recibimos.

3) Amistad: la importancia de las vivencias

Todo parece conspirar en contra de la amistad: la velocidad de los acontecimientos, la aceleración, la ligereza, el predominio de lo fácil, el entretenimiento vacío, la distracción, la atención que se disipa, el imperio de lo urgente, la comunicación mediatizada por gadgets.

Solo en vivo podemos tener vivencias conjuntas que vayan configurando la relación. Convivir es compartir vivencias y la convivencia solo es posible en la realidad del cuerpo presente.

Experimentamos toda esta cibersocialización ajenos a aquello que nos identifica como especie, la conquista vivencial del espacio.

4) La edad: dignifica los años

Aparecer y mostrarse a uno mismo «haciendo», pero dentro de las tendencias, se convierte en una rutina identitaria.

Todo el mundo puede formar parte de la tendencia y este mensaje tan potente facilita su exportación hacia cualquier clase social o edad.

El sistema de consumo ha logrado por fin el sursum corda perfecto, la cuadratura del círculo. Ha conseguido que olvidemos la identidad de nuestra edad y nos situemos dentro de la tendencia sin sentir la más mínima incomodidad.

Las fronteras mentales entre el tiempo libre y el laboral se dilatan y esto puede generar confusiones, hasta el extremo de que estamos profesionalizando el ocio y tratando de familiarizar el tiempo de trabajo.

5) El entretenimiento: sobre la riqueza de lo real

A medida que pasamos más tiempo en las redes sociales, notamos que vamos desarrollando un acto sin propósito alguno, llegando en casos extremos a mirar la pantalla, pero sin ver.

La tensión de exigirle al tiempo libre una plena realización, tratando de extraer al máximo su jugo, termina bloqueando la posibilidad de disfrutar del ocio, sometiéndolo a tal presión que todo aquello que no cumpla esos estándares de alta exigencia se convierte en aburrido.

6) La ignorancia: la importancia de lo público

El idiota hipermoderno no necesita contrastar informaciones porque se somete a su sesgo de confirmación, y tachará de conspiración, manipulación o falsedad cualquier evidencia que pudiera negar o poner en duda aquello de lo que está convencido.

Todo el interés del idiota actual se centra en reafirmar sus creencias, y considera de vital importancia hacerlas públicas. Como buen idiota, ha perdido la capacidad de escuchar al otro, de leer al otro (a aquel que piensa diferente a él), de prestar atención al otro, y se sume en la soberbia del ego.

7) El dolor: separa los sueños de los deseos

En esta sociedad ciberconectada donde ejercemos una hipervigiliancia del otro, el valor de algo se mide por la capacidad de generar deseo en los demás. Esto implica que nuestro modelo de consumo empieza a adquirir relevancia en la medida en que es capaz de despertar el deseo del otro, de lo contrario es despreciable.

Han logrado eliminar la jerarquía en los deseos, ya no existen deseos imposibles, lejanos, o que se perciban quiméricos, es decir, han desaparecido los sueños porque se han mutado en deseos.

Se pone de manifiesto un nuevo modo de crueldad, que se produce cuando pasamos de la resignación y aceptación del trabajo como un medio paga ganarse la vida al malestar y la autoflagelación por trabajar en algo que no nos apasiona. Sin apenas darnos cuenta hemos desarrollado mecanismos de autocastigo por no ser capaces de «perseguir nuestros sueños».

El nuevo paria es el resignado laboral que sufre en silencio la desgracia de trabajar sin entusiasmo, aquel que no es capaz de tener el valor, la constancia y una determinación de hierro, de perseguir sus sueños y rentabilizarlos.

8) El placer: reclama la propiedad privada del placer

Sin percatarnos estamos hibridando el placer con el deseo. Esta fusión es responsable de que posterguemos a un segundo plano la que ha sido la seña de identidad del placer: el goce, el disfrute, el deleite. Estamos empobreciendo el placer a la par que aumentamos los deseos.

En una sociedad donde lo pasivo y la inacción se perciben como negatividad y carencia, el placer, que entraña recepción, no parece librarse de este estigma de negatividad.

Somos testigos de un tiempo extraño donde lo importante no es tanto disfrutar del placer como el propio hecho de desear. Es una estrategia revolucionaria que facilita el control del sujeto.

Los nuevos desgraciados son aquellos incapaces de desear, porque no poseen motivos para activarse y producir. En la sociedad hipermoderna, el que no ambiciona con frenesí es un zombi, un muerto en vida.

9) Pensamiento: el hábito de la trashumancia

En un mundo globalizado, el más allá se ha difuminado, eliminando el horizonte. La actitud vital que determina parte de nuestra identidad se enfoca bajo el paradigma de una geolocalización exacta y precisa, donde el allá se fusiona con el acá. Los espacios, los lugares, los caminos, las direcciones… están detallados, acompañados de recomendaciones y valoraciones. Las guías se renuevan al instante no dejando espacio para desubicarnos y perdernos, ni hueco para la sorpresa.

En una sociedad que nos empuja hacia una constante aceleración, donde la identidad se configura bajo el estigma de la turbotemporalidad, caminar es un síntoma de rebeldía contra el sistema, una rutina contra el capital que está exenta de productividad material.

10) El relato: vidas sin biografías

Si queremos entender nuestra singularidad es preciso que acudamos al relato de nuestra biografía. De lo contrario el olvido se apoderará del presente, obligándonos a poner la atención en lo inmediato.

Contar la historia de nuestra vida usando la oralidad implica introducir el elemento de la voz como mecanismo no solo de transmisión sino también de conexión con la atención del otro.

La oralidad en la transmisión del pasado implica un ejercicio de imaginación que favorece la empatía intelectual, puesto que permite efectuar un enfoque y una reflexión en torno al otro, a la vez que lo empuja a imaginar.

*Contenido original proporcionado por la editorial Destino

Críticas

«El estrés y el desánimo dañan el sistema inmune y empeoran muchas dolencias. Numerosos estudios de la última década confirman el efecto del ánimo sobre la salud». Diario El País

«La ‘generación desanimada’: los jóvenes sin ganas de buscar empleo se disparan». Diario La Información

«El paro y la crisis económica se ceban con los jóvenes y les crean el ‘efecto desánimo’». Diario 20 Minutos

«Casi medio millón de personas no buscan empleo por desánimo». Huffington post

«El ‘efecto desánimo’ se ha instalado en la economía española después de cinco años de crisis». Diario Expansión

«Distimia: la depresión silenciosa. Este tipo de depresión ocasiona un estado de desinterés y desánimo, una vida plana afectivamente». Huffington Post

«Cómo estar desanimado puede alterar el funcionamiento de nuestro cerebro y nuestra relación con los demás». BBC news

«La Pola de Gordón (León) prohíbe «el desánimo, la tristeza, el rendirse y el aburrimiento». ABC

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Filosofía y vida
Empezamos a sentir que no hay exceso de mundo, sino “deber de mundo”. Acudimos a los sitios que vemos fotografiados en las redes sociales y la repetición de esas fotos se convierte en una misión a cumplir, una especie de deber que nos autoimponemos.
No podemos olvidar que, en la hipermodernidad, toda configuración de una identidad exitosa, lleva consigo ligada la figura de un avatar ideal.
Sin darnos cuenta, aquello que nos caracterizaba como sujetos, lo que nos convertía en una comunidad singular, empezó a perderse, hibridándose con una serie de costumbres forasteras (Halloween, Papá Noel,…) que se insertaron en nuestro ADN con tanta potencia que en un breve periodo de tiempo perdimos nuestra singularidad.
La identidad te encierra, te limita, pero sobre todo te condiciona pudiendo llegar al extremo de la represión. Asimilar una identidad de manera inconsciente, es asumir un modo de comportarte, de pensar, de sentir y de ver la vida, que no deja espacio a otros “modos del ser”.

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