Isla Decepción
de Paulina Flores

Publicación: 1 septiembre 2020
Editorial: Seix Barral
Páginas: 360
ISBN: 978-8432237874

Biografía del autor

Paulina Flores nació en Santiago de Chile en 1988 y es licenciada en Literatura Hispánica. Su primer libro, Qué vergüenza, ganó el Premio Roberto Bolaño, el Premio del Círculo de Críticos de Arte a la Mejor Escritora Novel y Premio Municipal de Literatura de Santiago. Fue seleccionado como uno de los diez mejores libros de 2016 por el diario El País, y ha sido traducido a ocho idiomas, incluidos el inglés y el japonés. En 2021 fue seleccionada por Granta como uno de los 25 mejores narradores en español menores de 35 años. Isla Decepción es su primera novela.

Sinopsis

Tras renunciar a un trabajo que odia, Marcela huye de su vida en Santiago de Chile para visitar a su padre en Punta Arenas, en la Patagonia. Allí descubre que Miguel, con quien tiene una relación compleja, mantiene escondido a un joven coreano que un grupo de pescadores ha rescatado en el mar. Aislado tras un muro de silencio y una historia traumática, Lee es un misterio por descifrar, un superviviente en el que ambos se vuelcan para evitar resolver sus propias diferencias.

Inspirada en casos reales de marineros orientales que ponen en peligro sus vidas saltando de los barcos-factoría que navegan por el estrecho de Magallanes, Isla Decepción cuenta la historia de tres prófugos que buscan un refugio para no rendirse. Abordando el estado de explotación actual de los mares y condiciones de trabajo impensadas en pleno siglo XXI, la novela cruza la frontera de lo real para arribar a una nueva orilla, una en la que la soledad, los errores y la desesperación todavía pueden convertirse en una aventura.

Escrita con un ritmo cinematográfico heredero del cine coreano, tan poética como violenta, Isla Decepción es la esperada primera novela de Paulina Flores, ganadora del Premio Roberto Bolaño, elegida por Granta como una de las mejores narradoras en español y cuyo primer libro, Qué vergüenza, ha sido unánimemente alabado por la crítica y traducido internacionalmente.

Nota de prensa

La esperada primera novela de Paulina Flores
Una de las 25 mejores escritoras en español según Granta
Su primer libro, Qué vergüenza, ganó el Premio Roberto Bolaño, entre otros, y fue
seleccionado como uno de los diez mejores libros de 2016 por el diario El País.

Tras fracasar en el amor y renunciar a un trabajo que odia, Marcela huye de Santiago de Chile para visitar a su padre en Punta Arenas, en la Patagonia. Allí descubre que Miguel, con quien tiene una relación compleja, mantiene escondido a un joven coreano que un grupo de pescadores ha rescatado en el mar. Aislado tras un muro de silencio y una historia traumática, Lee es un misterio por descifrar, un superviviente en el que ambos se vuelcan para evitar resolver sus propias diferencias.

Inspirada en casos reales de marineros orientales que ponen en peligro sus vidas saltando de los barcos-factoría que navegan por el estrecho de Magallanes, Isla Decepción cuenta la historia de tres prófugos que buscan un refugio para no rendirse. Abordando el estado de explotación actual de los mares y unas condiciones de trabajo impensadas en pleno siglo XXI, la novela cruza la frontera de lo real para arribar a una nueva orilla, una en la que la soledad, los errores y la desesperación todavía pueden convertirse en una aventura.

Escrita con un ritmo cinematográfico heredero del cine coreano, tan poética como violenta, Isla Decepción es la esperada primera novela de Paulina Flores, ganadora del Premio Roberto Bolaño, elegida por Granta como una de las mejores narradoras en español y cuyo primer libro, Qué vergüenza, ha sido unánimemente alabado por la crítica y traducido internacionalmente.

Críticas

«La intimidad, la violencia y la ternura se juntan y tensionan en este libro arriesgado y emocionante. Isla Decepción certifica que estamos ante una autora con un estilo denso y vertiginoso», Matías Rivas, La Tercera.

«Una primera novela digna de una novelista madura y en plena posesión de sus poderes narrativos», Camilo Marks, El Mercurio.

«Un libro arriesgado, una idea de difícil ejecución, pero sobresalientemente llevada a cabo», Felipe Gana, Diario Financiero.

«Un libro estremecedor, donde la fragilidad de la convivencia, la falta de amor y la soledad guían y sostienen las vidas humanas», Martín Parra, Cine y Literatura.

«Literatura tan viva como la de Chéjov y Munro», Carlos Pardo, Babelia, El País. «Una autora tierna y feroz», ABC Cultural.

Fragmento de Isla Decepción:

El pelo le tapaba los ojos y su cuerpo se mantenía a flote gracias a un chaleco
roñoso. Está vivo, se dijo, pero no resopló con tranquilidad, sino por el contrario: la sonrisa
que creyó distinguir en la boca del náufrago —y que era la prueba de que debía seguir con
vida— hizo que lo recorriera un escalofrío por la espalda. El sobrino de Emilio ya nadaba
en su dirección cuando el sonido del piquero llegó a sus oídos.
—De un chimao —aseguró el Chico Onofre con tono astuto, una vez abajo.
Miguel sabía que los chimaos eran buque-factorías chinos, así que enseguida se
hizo una idea de lo que podía haber sucedido, por qué y cómo.
Fue hasta Emilio, que tiraba del cabo unido al salvavidas, y le ofreció su ayuda con
un guiño de ojos rápido. Por medio de otro gesto, el capitán le respondió que por ahora
solo estorbaría, pero que después, en breve, iba a necesitarlo. Parecía totalmente
concentrado en lo que hacía, aunque, conociéndolo como Miguel lo conocía, era probable
que también estuviera sopesando las posibles alternativas y decisiones que tendría que
tomar.
No hizo falta ningún gesto para que ambos supieran que había llegado el momento
de inclinarse por el borde de la lancha y jalar cada uno por las muñecas hasta sentar la fi
gura humana en el borde.
—Respira —confirmó Emilio, aunque su tono estaba lejos de manifestar alivio.
Después de acomodarlo en el piso de cubierta, el capitán le quitó el salvavidas y le
gritó al Chico que fuera por toallas y mantas. En realidad, no dijo toallas y mantas, pero
cualquiera entendería que eso es lo que significaba «algo seco». Luego le peinó el pelo
hacia atrás, le tomó la temperatura y midió sus pulsaciones. Estaba inconsciente, pero
ahora sabían que solo se trataba de un muchacho y que la forma de sus ojos confirmaba
las suposiciones de Onofre: un chino. No sonreía.
—Yo no quiero na meterme en problemas —dijo el Chico al tenderle las toallas a
Emilio.
—Si no prendí fuego en el tacho, vai a tener un problema —respondió él y pasó a
secar al náufrago.
El sobrino subió a la lancha a pulso. No dijo ni preguntó nada, únicamente se secó
las manos para prender un cigarro.
—Buena, buena, Toño —lo felicitó Emilio acercándose a él.
Antonio, eso es, pensó Miguel y saber por fin su nombre le entregó casi la misma
tranquilidad que cuando el capitán afirmó que el muchacho respiraba. También sacó su
cajetilla.
Se quedaron de pie y en silencio, examinando las señales de vida del chino —que
estaba muy pálido y tiritaba—, pero sobre todo para fumar tranquilos.
No parece que haya tragado agua. Aunque nadie lo dijo, el mensaje subió con los
espirales reposados del humo.
Toño dejó al muchacho en el catre de la cocina y salió sin prestar atención a los
reparos del Chico Onofre. «Ahí duermo yo», siguió protestando él y luego dio unos
golpecitos en la mejilla del náufrago.
—No despierta —concluyó y, pese a que sonaba ridículamente obvio, Miguel
asintió con gravedad. Acercó un oído a su boca para comprobar que respiraba. El aire salía,
aunque muy débil y escalofriantemente frío.
Onofre negó con la cabeza.
—Otro chino más —dijo y pasó a revisarle los bolsillos hasta dar con una bolsa
plástica. Hizo un pequeño corte con su navaja y sacó una fotografía, unos billetes y algo
parecido a un carné de identidad. Estudió la identificación con los ojos entornados.
—¡Pfff, no se entiende ni jota! Pero yo le digo, don Miguel, a este hay que mandarlo
de vuelta al tiro pal chimao, si no van a ser puros problemas.
Él le pidió los documentos y se los guardó sin revisarlos.
—El año pasao pillaron a unos en Muñoz Gamero, ¿se acuerda?
Miguel afirmó con la cabeza, pero en realidad no lo recordaba.
—Yo no les tengo pena, eso sí —agregó el Chico—. Usted sabe, don Miguel, en esos
barcos andan puros presos. Por eso van encerrados y los tratan como los tratan… como a
todo preso —se apuró a decir por si quedaban dudas.
Él se limitó a esbozar una sonrisa condescendiente.
—Yendo pa Rinconada. Ahí se pueden ver hartos pa esta fecha, pero nunca hacen
puerto. No pueden. Porque son presos —insistió—. A este mejor tenerlo vigilao.
Miguel tomó el estuche de devedés que tenía cerca y revisó los títulos para evitar
la conversación. Entonces recordó la noticia: los militares habían pillado a unos chinos con
cara de perdidos, pero sin apariencia de turistas, y se los llevaron para interrogarlos. Claro
que al final no eran chinos, ¿vietnamitas?, ¿indonesios?, algo por ahí. Los mantuvieron
detenidos unos días y después los mandaron a su país, ¿o es que los habían devuelto al
barco? El caso que recordaba bien era el de los filipinos: aparecieron en la portada de los
diarios locales flotando a la deriva sobre dos bidones plásticos.
Las películas eran todas pornográficas y el Chico lo miró con una sonrisa pícara.
—¿Quiere un matecito? Hoy vamos a fondear tarde.
—Sigue inconsciente —informó a Emilio en la cabina, y le extendió los documentos.
El capitán los dejó a un lado. Estuvieron un rato callados, sin moverse.
—Y, ¿qué vas a hacer? —preguntó Miguel cuando el capitán prendió la lancha.
Emilio entrecerró los ojos. Pese a la expresión severa e inflexible de sus cejas,
terminó por suspirar con inquietud. Luego dijo:
—¿Qué voy a hacer? ¡Devolverlo! Prefiero tratar con esos hijos de puta negreros
que con los hijos de puta de la Gobernación.
Con la mano libre tomó los documentos y contó los billetes. Eran dólares.
—Siete —dijo volviendo a enarcar las cejas, esta vez con un gesto parecido a la
compasión, que desapareció enseguida—. Ese de allá debe ser —y apuntó con el mentón
hacia el único buque que flotaba cerca—. Esperemos que se dignen a contestar.
Miguel no recordaba haber visto alguna foto de un chimao en el diario, pero
mientras se acercaban, entendió las aprensiones del Chico Onofre: el muro enrejado que
rodeaba la cubierta y las manchas de óxido en toda la línea de flote solo hacían pensar en
una cárcel.
Se lo comentó a Emilio.
—Esas son historias que se cuenta la gente pa quedarse tranquila.
—No creo que sean presos, pero el barco tampoco se ve muy cómodo que
digamos…
—Porque yo salgo a pescar en un yate de lujo, ¿cierto? —ironizó Emilio y buscó su
cajetilla—. Pescan calamares —pasó a explicar un poco menos agitado—, poteros, que les
dicen. Por eso tienen esas plataformas enrejadas. Usan líneas automáticas y después caen
por ahí. Se supone que andan como dos años en altamar. ¡Robando! A nosotros nos dan
cuotas, pero ellos roban a diestra y siniestra. Una vez me mostraron una foto satelital: los
barcos estaban fondeados en la milla doscientos uno y eran tantos hijos de puta que
iluminaban más que Punta Arenas, ¡era como ver quince Punta Arenas juntas!
—Bueno, por algo se escaparán los chinos —se apuró a decir Miguel para hacerlo
volver a lo que realmente importaba.
—Nadie sabe qué pasa ahí.
—¿Estás seguro de que es una buena idea meterse con ellos?
Emilio gruñó algo para sus adentros y detuvo la lancha. Antes de hacer contacto
por radio, prendió el cigarro con el fuego de la vela.
Cuando dictó unos códigos en inglés, Miguel tuvo que contenerse para no
molestarlo. Esperaron unos minutos, pero solo obtuvieron ruido gris.
—No van a responder. Nunca responden los conchasdesumadre.
—Yo puedo pagar el parte —se atrevió a decir Miguel.
Emilio soltó una risotada.
—El parte es lo de menos.
—No creo que estemos haciéndole un favor llevándolo de vuelta.
—¿Y quién te dijo que yo quería hacerle un favor al chino ese?
—Puedo volver y llevarlo conmigo.
—¿Y crees que eso va a cambiar las cosas? Lo van a mandar en el primer vuelo de
vuelta a su mierda de país y en unos meses va a estar en otro barco de mierda o en quién
sabe qué trabajo, pero también va a ser de mierda.
—Está muy débil, Emilio.
—¿Qué película te estás pasando, viejo ridículo?
Páginas 16 – 19 de Isla Decepción, de Paulina Flores.

*Información original proporcionada por la editorial Seix Barral

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