Jauja
de Use Lahoz

Publicación: 12 de noviembre de 2019
Editorial: Ediciones Destino
Páginas: 464
ISBN: 978-8423356416

Biografía del autor

Use Lahoz (Barcelona, 1976) es autor de novelas como Los Baldrich, novela aplaudida por crítica y público y por la que fue nombrado Talento FNAC 2009, La estación perdida, distinguida con el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2012 o Los buenos amigos (2016). Ha publicado los poemarios Envío sin cargo y A todo pasado. En 2013 fue galardonado con el Premio Primavera por su novela El año en que me enamoré de todas.Colabora habitualmente en El Viajero, suplemento semanal del diario El País, en ICON y en otros medios nacionales y latinoamericanos.

Sinopsis:

Una gran y conmovedora epopeya humana sobre el pulso permanente entre las aspiraciones individuales y las normas que rigen el destino.

María Broto es una reconocida actriz de teatro al filo de los cuarenta. A la salida del estreno de El jardín de los cerezos de Chejov –su representación soñada–, en la que encarna el papel de Luiba Andreievna, un hombre la espera en la puerta trasera del teatro. A primera vista, María no lo reconoce, pero el hombre insiste en explicarle quién es y por qué ha venido a buscarla.

Así recibe María la noticia de la repentina muerte de Teodoro Broto, su padre. La noticia, inesperada, viene acompañada del ofrecimiento de este hombre de volver al pueblo en el que vivieron de niños para asistir al funeral que tendrá lugar al día siguiente.

Pero María no tiene claro si quiere hacer este viaje al pasado y hurgar en las heridas abiertas de una infancia que todavía lleva marcadas en su interior.

Jauja entrelaza épocas, escenografías y sentimientos. Se enfrenta al pulso permanente entre las aspiraciones individuales y las normas que rigen el destino, y presenta un heterogéneo conjunto de personajes a los que seguimos durante varios años, para crear una epopeya humana y conmovedora que aborda los grandes temas: el amor y la pérdida, la fragilidad del éxito, las renuncias que impone el paso del tiempo, la dolorosa posibilidad del perdón, el deseo de redención, la dificultad de mirar a la verdad a la cara y, por supuesto, el rastro de la infancia, ese jardín de los cerezos que brilla por fuera, mientras los personajes que lo observan se deshacen por dentro.

Nota de prensa:

LA NOVELA

“—Mi abuelo siempre hablaba de jauja, y mi padre también… —A Rafael le extraña oír la palabra «padre», pero sigue escuchando—. Siempre decían eso, identificaban esa jauja con el dinero, con la abundancia de la que gozaban los otros… Pero yo no, yo pienso diferente, para mí jauja es lo contrario, jauja es la vida antes de conocer el dinero, antes de que te fascine y de que lo necesites, ¿me entiendes?”

María Broto se encuentra al filo de los cuarenta y su situación pareciera envidiable. Es una actriz de reconocida trayectoria en teatro que goza además de cierta popularidad gracias a su participación en una serie televisiva. Siempre ha soñado con enfrentarse a una obra de Anton Chéjov. Y cuando finalmente llega el momento, con el papel protagónico de Luiba Andreievna en El jardín de los cerezos del escritor ruso, el logro no sale como esperaba.

La noche del estreno en el Lliure de Barcelona, tras la representación, un hombre que se identifica como Rafael la espera en la puerta trasera del teatro. María demora unos minutos en reconocerlo, en identificar ese rostro con el de Rafelín, compañero de la infancia en el pueblo de Aragón de sus abuelos, a quien no veía desde entonces. Y esa figura del pasado no está allí sólo para elogiar su actuación, sino que trae malas noticias de parte de esos mismos abuelos, Amparo y Zacarías. El padre de María, Teodoro Broto, con el que la actriz no se hablaba desde hacía más de veinte años, ha muerto repentinamente a causa de un ataque cardíaco.

El mensajero Rafael se ofrece a llevarla en su coche para asistir al funeral de Teodoro, y a traerla de regreso a tiempo para no comprometer la función de la obra que protagoniza. Son apenas unas horas de carretera, pero para María ese viaje implica mucho más, porque se trata de un viaje al pasado: a las heridas aún abiertas de la adolescencia, a la dificultad del perdón, a los errores cometidos y a la banalidad de las aspiraciones individuales cuando las normas y convenciones nos llevan a enfrentarnos a nuestros afectos y a lo que somos en realidad. Además, ese viaje despierta en María el compromiso de mirar atrás y repasar su vida: analizar los perdones pendientes que acarrea consigo misma y con los demás, asimilar todo lo invisible e inmaterial que heredó de su padre y de sus abuelos y que pervive en su personalidad. En ese regreso al pasado, María no podrá evitar enfrentarse a una verdad desnuda y simple, que tiene una parte abrasiva. Esa oculta verdad aún brilla al sol como una Jauja, pero es irrecuperable, como el jardín de cerezos de la infancia. Un jardín luminoso que, pese a su belleza, quien vuelve a recorrerlo al cabo de los años, de un modo u otro, se deshace por dentro.

Jauja es una obra ambiciosa, profunda y lograda con la que el narrador barcelonés traza una verdadera epopeya humana sobre el amor y la pérdida, sobre la fragilidad del éxito, sobre los vaivenes emocionales de amistad, sobre las adversidades que rigen nuestro destino y sobre la fugacidad de la vida.

Narrada en contrapunto en dos tiempos, desde la perspectiva de la actriz María Broto y la de su padre Teodoro Broto, a través de capítulos alternados, Jauja se divide, a su vez, en dos partes, y el tiempo en el que trascurre la ficción se condensa en apenas 48 horas. Desde la noche del debut de la actriz en el papel de Luiba Andreievna, hasta el final de la obra en su tercera ficción, cuando María descubre aún sobre las tablas y mientras recibe la ovación del público, el verdadero sentido de la obra de Chéjov.

Se trata de una notable pericia narrativa, porque Use Lahoz consigue introducir un dilatado arco temporal de la vida de los personajes, a través de una prosa hipnótica y fluida, enriquecida mediante diálogos, recuerdos que salen al paso y digresiones que tienen lugar en las horas de carretera en el coche de Rafael, una odisea de ida y vuelta que corresponden a las dos partes de una novela construida a partir de una estructura original, sólida y circular. Por ello, Jauja constituye una nueva demostración de la capacidad fabuladora de un autor que apoya la ficción en varias tramas (que hacen que la novela pase por distintos estadios, desde la novela de aventuras y de formación al western) y en una amplia gama de personajes (principales y secundarios) contradictorios, poliédricos, profundamente humanos.

Y cabe aclarar también que ese pueblo de Valdecádiar en el que transcurre parte de la acción, una austera aunque luminosa postal del profundo Aragón, es una región imaginaria que al lector le resulta familiar por ser la misma escenografía de una de sus anteriores novelas: La estación perdida, un paisaje de ficción caracterizado por su fuerza expresiva y su veracidad sentimental.

Pero, en todo caso, Jauja no trata sólo de eso, de la ruda vida de las clases populares a finales de los años 50, 60 y 70 en un atrasado pueblo aragonés en el que comer cada día era un lujo. Ni siquiera de la infancia de una niña sin madre de dudoso origen que no cejará en su empaño y se abrirá camino en la Barcelona en transformación de los años olímpicos hasta alcanzar su sueño sobre las tablas del Teatre Lliure. Tampoco de las andanzas, no siempre del todo honestas, de ese padre protector y solícito que no le cuenta la verdad a la pequeña y del circulan mil cotilleos maliciosos en Valdecádiar porque nunca se le ha conocido mujer. Jauja trata de todo eso y de algo más que resulta imposible definir con palabras. O quizá sí pueda resumirse en una sola rara palabra, aquella que da título a la novela. La luminosa palabra que la protagonista escuchaba en su infancia, en boca de su padre y de sus abuelos, para señalar la inesperada abundancia. La fugaz plenitud de esos momentos de felicidad en nuestra vida que, cuando somos capaces de identificarlos y reconocerlos, ya los hemos perdido irremediablemente.

LOS PERSONAJES

María Broto. Aún no perdona a su padre que le ocultara la verdad sobre su origen, que ella misma descubriría por su cuenta en la adolescencia. Y ahora en la madurez, sus éxitos profesionales como actriz no acaban de colmarla, quizá porque todavía no ha podido reconciliarse con su pasado.

Teodoro Broto. El pequeño de la numerosa familia Broto seguirá siendo un niño toda su vida, plagada de adversidades, entre otras cosas porque nadie le ha conocido mujer, cosa que da que hablar. Su madre le decía que había nacido para cuidar a los demás, y eso es lo que ha hecho con su hija María aunque quizá sin mucha suerte.

Vidal. Arquitecto egoísta y un tanto egocéntrico que perdió a sus padres prematuramente. Fue el primer novio de María, y con el que ella vuelve mucho después, tras varias relaciones frustradas.

Pablo Peñalver. Ingeniero algo hedonista y seductor que llegará a Valdecádiar en los últimos años del franquismo para dirigir las obras de un pantano. Teodoro caerá bajo su influjo y lo seguirá a Barcelona. Cuando un cáncer se lo lleve por delante a mitad de la partida, le dejará al joven Broto lo más preciado.

Rafelín. Niño travieso e inquieto, compañero de juegos de María en su infancia. Tras un fallido intento de matrimonio, volverá al pueblo y se convertirá en el mejor amigo de otro solitario bastante mayor que él, Teodoro Broto.

Zacarías Broto. Padre de Teodoro. Campesino de dudosa catadura moral y amigo del vino que tiene muy mala fama en el pueblo de Valdecádiar. Criado en los años más duros de la posguerra, no tiene escrúpulos en hacer lo que sea necesario para sortear el hambre.

Amparo. Antes de que Zacarías se la llevara engañada a Valdecádiar prometiéndole un matrimonio feliz y el oro y el moro, hacía la calle en el Raval de Barcelona. Parirá muchos hijos y resistirá los golpes de la vida sin emitir una sola queja.

Gloria Madueño. Empujada por sus padres a casarse con el ingeniero Peñalver por conveniencia, pronto descubrirá la infelicidad. Huirá a Málaga y, muchos años después, cuando quiera remediar lo que ha dejado atrás, ya será demasiado tarde.

LA CRÍTICA

Sobre Los Baldrich

“Un estilo narrativo vivaz y con abundantes marcas que delatan impregnación de García Márquez”.
Ricardo Senabre, El Cultural

“Una prosa de calidad, con esa difícil destreza consistente en escribir con solides literaria y, a la vez, atrapar al lector hasta arrástralo sin piedad ni descanso a lo largo de una historia”.
Manuel Rico, Al Margen

“Su prosa oscila entre dos grandes polos decimonónicos como son La comédie humaine de Balzac y Los episodios nacionales de Pérez Galdós, pero habiendo pasado por el tamiz de los Young British Novelists”.

Javier Alonso Prieto, Quimera

Los Baldrich me ha devuelto la Barcelona de mi infancia, la de Rodoreda: un Madrid genuino y el gusto por la novela”.
Luis Eduardo Aute

“Algunas escenas de gran ambición literaria permanecen en la memoria del lector”.
Manuel Longares

“Lahoz demuestra una singular habilidad para narrar y un excelente manejo del lenguaje”.
Marta Rivera de la Cruz

“Me ha gustado sobremanera la novela Los Baldrich, retrato progresivo de Barcelona a través de una familia industrial y descompuesta”.
Carlos Herrera, XL Semanal

“Lahoz ha construido una novela en ocasiones realmente poderosa”. J. A. Masoliver Ródenas, La Vanguardia

“Hay recogida una materia narrativa de enorme interés. Se lee bastante bien, atrapa la atención por algunas escenas celebradas por el lector como procedentes de un escritor con fuerza”.
J. M. Pozuelo Yvancos, ABCD

Sobre La estación perdida
El mejor estilo del XIX, pero con la mirada ácida del XXI.» Matías

Néspolo, El Mundo

«Poco o nada amigo de rodeos, el autor mantiene una línea directa en la que pasar página se convierte en un acto de fruición» Àlex Tort, La Vanguardia

«Su literatura es tierna, profunda, envolvente, hilvanada, redonda.» Bernardo Gutiérrez, Qué leer

Use Lahoz sigue la senda de Dickens: la del arte como hospitalidad. La estación perdida es una novela sobre la inocencia y el perdón.» Gustavo Martín Garzo

«Lahoz dispone de una historia estupenda, muy emotiva, nutrida de muchas situaciones novelescas interesantes y de un amplio plantel de personajes atractivos, y manifiesta facultades no comunes de poderoso narrador.» Santos Sanz Villanueva. El Cultural

«Un gran narrador que se afianza. Una segunda novela, como un segundo disco, es la que define si vales o no vale, y Use Lahoz vale. Así lo demuestra en La estación perdida» GQ

«La estación perdida es un empeño literario extraordinariamente ambicioso que arrebata por su poder narrativo.» Manuel Longares

Sobre Los buenos amigos

«Una narración tan precisa como bien estructurada, Lahoz nos habla del “huevo de serpiente” que parece esperar su momento en el fondo del corazón humano.»J. Arnáiz, La Razón (8/10)

«Lahoz atraviesa al lector con una poderosa historia de amistad y amor. Su novela más ambiciosa.» Paula Arenas, 20 minutos

“Su escritura es una voz omnisciente que deja que seamos nosotros quienes tengamos la última palabra.Por momentos tuve la impresión de estar leyendo una novela de Balzac. Ese aire entre trágico y triste de los personajes balzacianos, tan llenos de ilusiones perdidas. Lahoz demuestra que el realismo no está muerto. Que puede vivir con otras tendencias. Siempre que sea para contarnos lo que nos cuenta y como nos lo cuenta Lahoz”

Ernesto Ayala-Dip, Babelia, El País

«Los buenos amigos (Destino) es una novela extraordinaria, un río que en su nacimiento vierte irritantes aguas turbias hasta hallar, allá a lo lejos, una desembocadura extrema» Manuel Mateo Pérez, El Mundo

«Use Lahoz ha escrito un relato soberbio. Enoja la idea de cerrar el libro cuando las penosas obligaciones te exigen su tiempo» Sonia Asensio, infoLibre

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