Los colores del tiempo
de Ana Alonso

Publicación: 6 octubre 2021
Editorial: Espasa
Páginas: 320
ISBN: 978-8467062458

Biografía del autor

Ana Alonso es poeta y novelista. En el terreno poético, ha recibido reconocimientos como el premio Hiperión, el premio Ojo Crítico, un accésit del Adonáis o el premio Manuel Acuña en México, entre otros. Como autora de novela infantil y juvenil, ha obtenido el premio Barco de Vapor, el premio Anaya y dos premios Templis a la mejor saga española. Su obra se ha publicado en diversos idiomas, desde el francés o el alemán hasta el japonés y el coreano.

Sinopsis

Una luchadora por la libertad atrapada en la España sin horizontes de la posguerra.

Un misterioso libro que, a pesar de la censura, evoca la atmósfera revolucionaria de 1936.

Tres hombres enamorados de la misma mujer… Y una búsqueda que termina transformándolos a todos.

Para Adela, encajar en la sociedad provinciana de León, en el ambiente cerrado y asfixiante de un pueblo de montaña o en el Madrid gris de escombro resulta doloroso. No se adapta a vivir en la sospecha, a que la miren de reojo o a mantenerse siempre en guardia frente a los delatores mientras los suyos se consumen en la guerrilla o se colocan la máscara del Régimen y piden «té especial» en las cafeterías de moda. Para ella, que nació obrera en Barcelona y luchó en la defensa de la ciudad por un mundo más justo e igualitario, lo peor es la impostura, y a eso no se acostumbra. El deseo de revolución late en la maestra, en la lectora compulsiva, en la costurera, en la madre imperfecta, en la mujer cuya vida se truncó en el Pirineo un día del año aciago en el que se perdió la guerra.

Adela nunca llegó a comprender lo ocurrido ese día. Hasta que empieza a encontrar respuestas en el lugar más insospechado: las páginas de la novela romántica Una mancha de carmín. Las claves ocultas en la historia parecen contener una invitación para recuperar los colores de aquella revolución soñada. Pero ¿qué margen le queda a una maestra represaliada para luchar por una sociedad mejor?

A través de Adela, de Carmen, de Mercedes, de Federica Montseny o de Gloria Fuertes, Ana Alonso nos lleva al mundo encorsetado de las mujeres de la primera posguerra y a la España en blanco y negro de los años cuarenta, llena de «secretos, máscaras, mentiras que se exhiben y verdades que se ocultan». 

Nota de prensa

 

Adela, la protagonista de Los colores del tiempo, es un personaje con muchos matices, con muchas contradicciones. Y creo que su mayor fortaleza es su vulnerabilidad. En la España de 1948, Adela tiene miedo de algunas cosas, pero no teme sentir ni reconocerse en sus emociones. Eso la vuelve mucho más valiente que la mayoría de las personas que la rodean. Tampoco tiene miedo de equivocarse. Equivocarse es revolucionario. Implica riesgo, exploración. El que se encastilla en la rutina y no intenta nada nuevo nunca se equivoca. Para cambiar el mundo hay que estar dispuesto a equivocarse mucho. La conciencia de que has cometido errores te vuelve más flexible, más empático hacia las equivocaciones de otros, más ecuánime. Todo eso lo tiene Adela. Es apasionada, puede encolerizarse fácilmente ante la injusticia, pero también es capaz de autocrítica y de rectificar cuando cree que debe hacerlo. En esta novela, desde una posición nada equidistante —la protagonista es una militante anarquista represaliada—, he querido recuperar los matices de esos años, tanto en lo sensorial, a través de las descripciones, como en lo moral. No todos los que rehicieron su vida después de perder la guerra traicionaron sus ideales; se reconstruyeron a partir de las condiciones que les tocó afrontar. Y no todos los que partieron al exilio fueron héroes. Sobrevivir con dignidad cuando has perdido, reinventarte en un ambiente hostil… fue la historia de millones de españoles, y merece ser contada. Ana Alonso, 2021

 

Devolviendo los colores a la vida

Ana Alonso nos sitúa a finales de la década de 1940. Sin renunciar a la crítica política y social, devuelve el color a unos años que imaginamos en blanco y negro, como las imágenes del NODO. Del mismo modo, tendemos a pensar que las ideas y las vidas de aquellas gentes eran también en blanco y negro: buenos y malos, ganadores y perdedores. La autora aborda el reto a partir de dos elementos destacados. Por un lado, las descripciones, llenas de olores, colores, sabores y cargadas de sensualidad cuando es preciso. Los vestidos, la comida, las bebidas, el campo, la ciudad… se describen con los sentidos. Los personajes forman el segundo elemento destacado por su capacidad de insuflar vida a una España alejada de los tópicos. La autora los ha dotado de un volumen psicológico que evita el maniqueísmo tan frecuente al tratar sobre la posguerra. No hay «malos» per se, ni «buenos» de una pieza. Todos actúan de acuerdo con unas motivaciones, que van desde los sentimientos básicos a intereses políticos y económicos. Ana Alonso dosifica la documentación. Lo hace desde la acción y los diálogos, sumergiendo al lector en el período sin atosigarlo con datos e información adicional sin peso narrativo.

 

Estructura y punto de vista

Los colores del tiempo se estructura en dos partes, con treinta y cuatro capítulos. La primera parte se desarrolla en la ciudad de León y en Pardesivil, una pequeña localidad agrícola en el municipio leonés de Santa Colomba de Curueño. La segunda discurre de forma íntegra en Madrid. Hay varias escenas en el pasado, aunque rememoradas desde el presente. Los destinos de ese viaje temporal son Barcelona y Madrid, durante la República, la aldea catalana de Sant Sebastià, al final de la Guerra Civil, y Valladolid, ya en la posguerra. La historia está narrada en una tercera persona focalizada en Adela. Conocemos la visión y las opiniones de otros personajes a través de los diálogos y de varias cartas; la correspondencia escrita era un elemento de comunicación fundamental en aquel periodo. El punto de vista de Adela no es equidistante. La protagonista es una militante anarquista represaliada, a través de cuya mirada Ana Alonso —como ella misma indica en la introducción del dossier— quiere recuperar los matices de aquellos años, tanto en lo que se refiere a la vida cotidiana como a los aspectos éticos.

 

Madurez, amor y suspense

La novela se mueve con soltura en diferentes registros y con elementos propios de distintos géneros. El conflicto principal trata sobre los esfuerzos de Adela por tomar las riendas de su vida en unos años en los que a las mujeres se las consideraba incapaces de hacerlo y pasaban de la tutela del padre a la del marido. La independencia femenina era sospechosa e indeseable. El personaje va creciendo conforme avanza la trama. Los colores del tiempo juega también con distintas formas de amor: el de Adela por su hija, el de las novelas románticas —un detonante argumental—, el amor formal y condicionado de dos hombres muy distintos, que marcan la vida de la protagonista, y el sexo en su versión física y liberadora. En una fantástica metáfora, Ana Alonso crea un doble juego triangular unido por las iniciales de los nombres de sus protagonistas: en la novela romántica Una mancha de carmín lo forman Esteban, Aurora y Coral; en la vida real, Enrique, Adela y Carmen. A la incertidumbre por el destino de Adela debemos sumar unas buenas dosis de suspense, propiciadas por una pregunta que la tortura desde el principio: ¿qué pasó en el Pirineo para que se rompieran los lazos sentimentales y de amistad entre Carmen, Enrique y Adela?

 

PERSONAJES

ADELA CRUZ. Maestra de escuela. Es viuda y tiene una niña de nueve años, LUCÍA. Trabajó como modista en Barcelona. Desde joven militó en la CNT. Combatió con el bando republicano y acabó la guerra en una pequeña célula —Enrique, Carmen y ella— de los servicios secretos. Huyó de Catalunya en un camión, que fue interceptado en un control de carreteras nacional, y la trasladaron a Valladolid. Estaba a punto de dar a luz y, por su comportamiento, la ingresaron en un psiquiátrico. Tras el parto tuvo una crisis nerviosa que la sumió en la ceguera durante más de un año. Un psiquiatra jubilado, DON AVELINO, la ayudó a recuperar la vista a cambio de que sirviera en su casa. Con su apoyo, Adela retuvo a su hija y concluyó los estudios de Magisterio. La destinaron como maestra a León. En una España en la que se exalta la raza, parece una extranjera por su pelo cobrizo, herencia materna. «Con ese pelo y esa forma de mirar, no eres lo que se espera en una maestra», le dice don Marcos.

«Ninguna de las decisiones importantes de mi vida la he tomado yo. Ni siquiera la de traer al mundo a mi hija. Ni la de hacerme maestra. Todo me ha ido pasando. Por lo menos, desde que terminó la guerra.»

Carmen Valdés. Escritora que, en los años treinta, publicaba en la colección anarquista La novela ideal. Era una mujer sencilla, que procedía de una familia adinerada. Conoció a Adela cuando fue a su taller a probarse un abrigo. Su amistad evolucionó deprisa. Carmen militaba en la CNT y conocía a sus dirigentes. Durante la guerra, ambas formaron parte de la misma célula. Tras la derrota, Adela no volvió a saber nada de ella.

Enrique Aldara. Periodista anarquista. Un hombre generoso, alegre y con mucha fe en sí mismo. Adela y él vivieron juntos en Sant Sebastià. Murió antes de que naciera Lucía, su hija. Una misión en el Pirineo —la intercepción de un agente doble en la frontera— supuso el principio del fin. Nada volvió a ser igual entre ellos.

Don Marcos. Sacerdote. Ingresó en el seminario de León a los nueve años. Su madre murió en el parto y su padre se casó en segundas nupcias. Es un hombre guapo, de ojos claros, amable e irónico. Simpatiza con Adela, a la que intenta ayudar. Tiene contactos en Madrid que pueden echar una mano a la maestra.

Doña Mercedes. Inspectora educativa. Es una mujer alta, de cabello castaño y facciones algo masculinas; una perfecta servidora del Régimen, partidaria de la palmeta y del catecismo. No soporta a Adela, ya que duda de su fidelidad al Estado y a la Iglesia.

Don Serafín. Cura párroco de Santa Colomba de Curueño, municipio al que pertenece Pardesivil. Es amigo de don Marcos, por lo que ayuda a Adela a establecerse en su nuevo destino.

Señor Bernabé y la señora Clara. Dueños de la casa en donde viven Adela y Lucía. Clara es una mujer guapa y enérgica. Su hija OLVIDO se convierte en la mejor amiga de Lucía. Bernabé y Clara se casaron por las tierras, en un matrimonio concertado, aunque luego «nos fuimos cogiendo ley».

Manuel. Un maquis que vive oculto en las montañas que rodean Pardesivil. Militó en la CNT y fue minero antes de la guerra. Su presencia despierta sensaciones que Adela creía dormidas.

Antonio Rejas. Editor. Antiguo periodista, vivió en Madrid y se mantuvo fiel a la República. Hijo de buena familia, los amigos le evitaron represalias. Publica la novela Una mancha de carmín, en apariencia un plagio de otra que Carmen escribió para La novela ideal. Adela se pone en contacto con él para averiguar quién la ha escrito.

Mercedes. Directora del colegio Santa Teresa, que forma parte de una orden con centros en toda España. Es hermana de un antiguo compañero de don Marcos. Anda buscando mujeres cultas y bien formadas para su escuela; el cura le recomienda a Adela.

Doña Julia. La nueva patrona de Adela. Apenas sale de su piso y delega las tareas en su hija PETRA, de quince años. En el piso, además de Adela y Lucía, se alojan un viajante y un médico jubilado y viudo. Forman una comunidad bien avenida y cimentada en el aburrimiento compartido.

 

Escasez, racionamiento y estraperlo. Desde las primeras páginas de Los colores del tiempo está muy presente la escasez de combustible y de alimentos. El frío y el hambre. «Aquel frío de León entraba a cuchillo en los pulmones y ella no estaba acostumbrada. No se acostumbraría nunca». El frío era permanente y omnímodo: en la calle, en la escuela, en casa. El carbón se conseguía mediante cupones y tras una larga cola en días señalados. Lo mismo sucedía con los alimentos esenciales: cupones y colas. Lucía se queja en varias ocasiones de que tiene hambre. «No tenemos huevos. Compraré un par de ellos si puede ser para el domingo. Sabes lo que cuestan», le responde Adela cuando la niña insinúa la posibilidad de comerse un huevo frito con patatas. También había dificultades para encontrar tela con la que confeccionar prendas de vestir. A pesar de su habilidad como costurera, Adela no logra disimular que el vestido que acaba de coser para Lucía está hecho a partir de una funda de colchón. Ella misma lleva cartón dentro de los zapatos porque las suelas están agujereadas y no tiene dinero para repararlas. Sin embargo, las familias pudientes —y el cura don Marcos— acudían al estraperlo, a los productos de contrabando. Es muy interesante, también, el contraste entre los ámbitos urbano y rural. En Pardesivil hay familias con muy escasos recursos, aunque casi todo el mundo cuenta con algún pequeño huerto y algún animal para alimentarse, además de lo que se podía conseguir en el monte.

Triple retrato social. En Los colores del tiempo conocemos tres realidades sociales y económicas muy distintas: la de Madrid, la de una pequeña capital de provincias y la de un pueblo en un valle remoto. A través de los ojos de Adela recorremos sus calles y conocemos a sus gentes. Un elemento común es el del abismo que separa las clases sociales. Cada cual tenía su lugar y la mezcla no se acababa de tolerar. A Adela, por ejemplo, la miran raro cuando entra en la cafetería Victoria, de León. No se viste ni se peina como las mujeres que frecuentan el lugar. No es de las suyas. Y se nota. En Pardesivil también se palpan las diferencias entre quienes tienen algo y quienes no. En una de sus primeras impresiones sobre Madrid, Adela contrapone «las señoras elegantes con sombreros vistosos y abrigos de pieles, y los hombres con puro y gabardina» a «los niños desarrapados que andaban por todas partes, descalzos, sucios y solos». Es demoledor, también, el retrato del conservadurismo castrador que preside las relaciones sociales. La gente no veía bien que curas como don Marcos anduvieran con la cabeza descubierta. En los pueblos era imposible una relación de cualquier tipo entre hombres y mujeres fuera de lugares supervisados, como la iglesia. «Yo no la juzgo, pero no le voy a consentir que convierta mi casa en un burdel», le espeta Bernabé a la protagonista cuando insinúa que quizás se haya visto en secreto con Manuel, un maquis. Esa frialdad se transmite, también, a los rituales familiares en el ámbito rural. El beso está casi desterrado, incluso en las relaciones paternofiliales.

Un doble problema: educación y educación de la mujer. Con ese mismo «juego de contrastes», Ana Alonso nos muestra el abismo que separa la educación de pobres y ricos, y las de los habitantes de las ciudades y de las áreas rurales. En las dos escuelas nacionales en las que trabaja, se espera de Adela que ofrezca la formación esencial a un alumnado que está destinado a trabajos poco cualificados. A la inspectora educativa le preocupa más la enseñanza del catecismo que cualquier disciplina académica; tampoco entiende que la maestra no utilice la palmeta para hacerse respetar. En Pardesivil, además, se añade el reto de formar a una mezcolanza de chicos y chicas de todas las edades. Suman cuarenta y cinco en total, y más de la mitad son varones; media docena de niños y niñas de más de doce años apenas sabe leer. En cuanto empezaba el buen tiempo dejan de ir a clase para ayudar en casa o en las tierras. Por las noches, la escuela se convierte en la taberna del pueblo. Una maravillosa metáfora. Formada durante la República, Adela innova continuamente para captar la atención de sus alumnos. Frente a esa triste realidad se alza el colegio Santa Teresa, pensado para las élites del Régimen y las clases pudientes. Tanto en León como en Pardesivil conocemos a dos niños ciegos que son abandonados a su suerte, sin educación alguna. ¿Para qué educarlos? Cuando Adela se ofrece para enseñarles Braille, la única condición que le ponen es que no cueste dinero. Ese panorama educativo empeora cuando se centra en la mujer. Su papel secundario en la sociedad de la posguerra tiene su equivalente en la escuela, sobre todo en los colegios a los que van las hijas de familias pobres. Están condenadas a ser ciudadanas de segunda y, por tanto, no precisan de una educación que vaya más allá de lo que les será preciso saber para cumplir con sus obligaciones laborales o domésticas.

*Contenido original proporcionado por Depto. de Comunicación de Espasa

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