Entrevista a Eva Cruz, autora de Veinte años de Sol

Entrevista a Eva Cruz, autora de Veinte años de Sol

Entrevista concedida a la editorial

Entrevista a Eva Cruz, autora de Veinte años de SolEva Cruz (Santa Cruz de Tenerife, 1973) se doctoró en filología inglesa con una tesis sobre teatro político del siglo XVII. Ha sido profesora de inglés y de literatura en la Universidad de Alcalá, y más tarde guionista de televisión y radio. En la actualidad trabaja como guionista en Hoy por hoy, en la Cadena Ser. Ha traducido una veintena de libros. Veinte años de Sol es su primera novela.

Veinte años de Sol es tu primera novela. ¿Cómo nació esta historia?
Tiene dos puntos de origen. Por un lado, llevaba mucho tiempo reflexionando sobre la amistad entre las mujeres, sobre las amigas, buscando libros que exploraran ese tema pero sin endulzar la experiencia, sin idealizarla. Margaret Atwood tiene un libro, Ojo de gato, que en su día me interesó muchísimo, y también La novia ladrona iba por caminos que resonaban con mis propios sentimientos. Y los de Elena Ferrante, por supuesto.
Y por otro lado, surge de una conversación sobre neurotecnología con el catedrático Manuel Martín- Loeches, con quien llevo un par de años preparando la sección de ciencia del Hoy por Hoy en la Ser. Me contó que estaba ya muy avanzada la investigación en estimulación cerebral profunda, un tratamiento de vanguardia para tratar males como la depresión profunda, el párkinson, el alzhéimer o la anorexia. Además, puede servir para mejorar la memoria y, eventualmente, borrar determinados recuerdos, alterarlos, o implantar recuerdos nuevos. Y pensé: «Menuda trama para una novela». Yo siempre estoy pensando en términos de tramas y personajes, desde siempre ha sido mi forma de entender el mundo. Y como tenía una historia ahí que me rondaba y me rondaba, y se me juntaron las dos ideas, la de borrar un recuerdo y la relación entre dos amigas, pues de ahí surge.

¿Dirías que es más un drama o más un libro de ciencia ficción?
Me fascina la ciencia ficción, pero no creo que haya escrito una novela de género. El tratamiento de estimulación cerebral que aparece en el libro está tratado desde una imaginación más metafórica que científica. Cada uno piensa con las herramientas que tiene, y estas son las mías. Y también creo que la novela contiene un punto de sátira social y de comedia, y que en otros momentos se lanza sin complejos al melodrama descarnado, porque mi protagonista, Sol, es una señora con un corazón muy solemne. Sol es lo que llamaríamos una intensa, pero está rodeada de personajes muy ligeros.

¿Quiénes son tus personajes?
Hay cuatro personajes principales que orbitan alrededor de Sol, que es alguien que busca sobre todo la armonía. Ha sido una niña seria y solitaria, y necesita alegría y frivolidad a su alrededor, para compensar. Su mejor amiga es Matilde. Son íntimas desde la adolescencia, y Matilde es guapa, disfrutona y un poco despiadada, como son las amigas estupendas con las que te diviertes de verdad, despellejando a los demás y burlándote de la vida. Su marido, Teo Santana, es el guapo del instituto y va por la vida así como van los guapos, echándole algo de morro y mucho flow. Y su padre, Eduardo Zarza, es un hombre que se ha hecho rico gracias al boom inmobiliario español, que se ha dedicado a derribar, construir y remodelar edificios hasta construir un holding empresarial de envergadura, y, por tanto, una coraza brillante hecha de dinero.

Y también hay un personaje joven, Melania, una exgimnasta rumana que es la paciente cero del equipo de neurotecnólogos alrededor de los que pivota la trama. Ahí está mi obsesión generacional con Nadia Comaneci, a la que por fin he podido sacar partido.

Melania es joven, Matilde y Sol son amigas desde la adolescencia, Teo es un amor de juventud… ¿Es una novela sobre la juventud?
Más bien es una novela contra la juventud, y también contra la nostalgia. La juventud es una época en la que acumulamos deudas de autenticidad que luego la vida nos intenta cobrar. Nos anclamos a cosas pensando que nos definen, y de hecho lo hacen, pero hay que saber soltar lastre, levar anclas del amor, de la familia, de los amigos. No enfangarnos de por vida en las mismas mierdas si no nos funcionan. Esto a mis personajes les cuesta mucho aprenderlo. Nos cuesta a todos. De hecho, yo todo esto lo digo de boquilla: casi todas las personas que están en mi vida lo están desde hace décadas. Pero la novela también es así: dice varias cosas contradictorias a la vez, y es deliberado. La coherencia está enormemente sobrevalorada y es un lastre para la ficción. Casi todos nuestros pensamientos son impuros, nuestras opiniones verdaderas cambian y se matizan de un interlocutor a otro, de un momento a otro.

¿Por qué decidiste contar la historia saltando en el tiempo hacia atrás y hacia delante?
Por varios motivos, algunos teóricos y otros prácticos.
Por un lado, desde el punto de vista teórico, la memoria no es lineal, está construida a base de escenas, por lo menos la mía. Y en una novela que reflexiona sobre la memoria y la cuestiona me interesaba que la trama fuera caleidoscópica. Además, una de las cosas que me interesa acerca de los recuerdos es cómo el presente los mancha, los ensucia. En las relaciones sentimentales es muy evidente: un momento bonito que tuviste con alguien se convierte en otra cosa cuando la relación cambia.
Las palabras también pueden manchar la imagen que te has hecho de alguien, estropeártela. Un exceso de intimidad, un insulto mal elegido, un comentario de terceros… La memoria sentimental es frágil, y algo de eso quería capturar colocando los recuerdos de Sol y Matilde como en un bufé de desayuno, todos a la vista a la vez, quedándose fríos.

Por otro lado, como todo el mundo, he visto muchas series en los últimos veinte años y disfruto muchísimo con las intrigas que se construyen a base de jugar con los flashbacks.

Y, finalmente, desde el punto de vista práctico, esta es mi primera novela, y las novelas exigen una concentración y un aguante maratoniano, para el que yo no estaba entrenada. Al fin y al cabo, escribo a diario muy rápido, y para algo tan efímero como es la radio. Escribir la novela en escenas que cambiaban de tiempo y de punto de vista era como empezar de nuevo cada vez que me sentaba. Podía decir: ahora me los llevo a Londres, ahora los caso, ahora las meto en clase de interpretación, y era como jugar a ser amnésica. Me quitaba presión y me liberaba de problemas de credibilidad que me atenazaban en otras intentonas, cuando intentaba hacer que un personaje se levantara de la siesta, merendara, saliera a pasear al perro, volviera a casa y se fumara un pitillo. Eso era agotador y no me funcionaba nunca. De esta otra manera, saltando de escena a escena, todo fluía mejor. Así que a lo mejor estamos ante una estructura para vagos con problemas de atención. Lo recomiendo mucho.

En la novela también aparece el COVID…
Era lo que estaba pasando mientras lo escribía, pero no explora la crisis sanitaria más allá de usarla como recurso dramático y argumental. Supuso un parón en la vida de mucha gente y enfrentó a todo el mundo con la muerte, que muchos vieron muy de cerca y de forma muy trágica. La novela se para ante ese abismo con respeto, no entra en él.

¿Por qué aparece La Pagoda en la cubierta de la novela?
La Pagoda, el edificio de Miguel Fisac que estaba en la zona de Avenida de América, era un punto de referencia para mí cuando iba o venía a Madrid, siempre por el aeropuerto. Puede que nos pase a todos los canarios, que establecemos con esa zona de la ciudad un vínculo fuerte porque siempre entramos por Barajas, y por esa autovía, que se va convirtiendo poco a poco en Madrid.
Y de repente, a la vuelta de un verano, La Pagoda no estaba. Lo tiraron abajo en pleno agosto, sin apenas alboroto, y a mí me pareció no solo un delito contra el patrimonio arquitectónico de mi país, sino también contra la memoria de la ciudad, contra un hito de la vanguardia, contra algo que era hermoso y moderno y arriesgado y especial. Un desastre muy español, completamente intolerable y desolador, que sin embargo pasó prácticamente desapercibido. Me imaginé a mi personaje, Eduardo Zarza, implicado en ese derrumbe como parte de su camino de enriquecimiento, y ese envilecimiento original me dio de repente la medida del personaje y de su mentalidad. El derrumbe de los edificios, la transformación de espacios imaginados, construidos y vividos, en solares y descampados listos para otros edificios, casi siempre más feos, tan típico de mi ciudad y de mi tiempo, me permitía un juego metafórico con la memoria personal que me interesaba mucho. Que el diseñador de muchas de las cubiertas de AdN, Pep Carrió, se apuntara también a hacerle un homenaje al edificio de Fisac me pareció un acierto absoluto. Estoy contentísima con la portada.

*Contenido original proporcionado por la editorial Alianza Editorial

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