Entrevista a Ana Moya, autora de «Immorality Act». Por Paqui Bernal.

Ana Moya
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Ana Moya (Barcelona, 1974) es Filóloga y miembro del equipo y del claustro de profesorado de la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès y del Centro de Estudios Africanos e Interculturales de Barcelona. Es autora de la novela “Cafè Zoo” (Viena Edicions, Obra ganadora del Premio Ciudad de Badalona de Narrativa en 2012) y del poemario “Monstres i rellotges” (Ediciones Oblicuas).

En 2022 ha publicado “Immorality Act” con Ediciones de Salinas.

Concertamos esta entrevista, Ana, para hablar de tus tres obras, de tus motivaciones y proyectos.

Como comentábamos tú y yo cuando estudiábamos Narrativa en el Ateneo Barcelonés, escribir no compensa económicamente y cuesta que se valore nuestro trabajo porque no producimos nada que sea tangible. Así que, aunque intuyo por tus estudios de Filología Hispánica que la lectura debe de ser tu vocación, la pregunta obligada sería: ¿Qué te mueve a escribir, Ana?

Hola, Paqui, ¡encantada de charlar contigo! Pues creo que lo que me llevó a escribir fue precisamente la lectura. ¿Recuerdas cuál fue esa primera novela que te atrapó? Seguro que estás pensando en varios libros infantiles y juveniles. Siento que cuando una lectura te impacta ya no hay vuelta atrás y quieres repetir esa misma sensación una y otra vez. Hasta que un día crees que tal vez tú también tienes una historia que contar, porque necesitas dar nombre a algo que no acabas de entender o para sentirte libre, depende del momento.


Está claro que -a pesar de tus otras ocupaciones- cada vez estás más orientada hacia la escritura, porque no has escatimado tiempo en plantear, podar y acabar esta novela, “Immorality Act”. Llama la atención que hayas situado la acción a principios de los años 80 -una década en la que apenas eras una niña-, y me consta que te has documentado mucho. ¿Pero hay alguna razón por la que escogiste ese periodo histórico?

Sí, ¡tuve que documentarme muchísimo! Suerte que también conté con la ayuda de un especialista sobre Sudáfrica. Aunque después de acabar la novela, me juré a mí misma que nunca volvería a escribir nada más que no sucediera en un país atemporal inventado totalmente por mí. A veces sentía que me perdía entre leyes y prohibiciones. Pero lo cierto es que, aunque el trabajo de documentación me llevó mucho tiempo, disfruté durante todo el proceso aprendiendo sobre el país y la época.

Escogí los años 80 porque me interesaba escribir precisamente sobre el final del régimen del apartheid. Ese periodo, crucial en la historia de Sudáfrica, me permitía plantear un contraste entre la realización del sueño de libertad africano, que culminaba con la salida de Mandela de prisión, y lo que al mismo tiempo sucedía en la vida de los tres protagonistas de la novela. Esto último no lo puedo desvelar…


Eres miembro del Centro de Estudios Africanos e Interculturales de Barcelona. No sé si esa curiosidad por el continente nació antes o después de tu estancia en Namibia. En cualquier caso, ¿piensas que habrías escrito relatos ambientados en África sin haber vivido en Namibia con anterioridad? ¿En qué aspectos crees que habrían cambiado? ¿En detalles concretos? ¿En el enfoque de las historias?

Mi admiración por el continente africano nació hace más de veinte años (qué antigua soy) cuando comencé a trabajar en el Centro de Estudios Africanos e Interculturales de Barcelona. Después residí durante más de dos años en Windhoek, la capital de Namibia, y fue allí cuando empecé a escribir relatos sobre el país.

Si no fuese por el CEAi nunca hubiera podido escribir esta historia o la hubiera escrito en blanco y negro, olvidando todos los grises. Seguro que hay muchos autores que son capaces de escribir textos fantásticos sin haber estado allí, claro. Pero en mi caso, antes de empezar a escribir, necesito conocer los lugares, las personas y su cosmovisión para evitar la creación de estereotipos sobre otros países o culturas. A menudo, la información que nos llega sobre el continente africano está llena de ellos y colabora a la creación de prejuicios de todo tipo. Fue una suerte el poder conocer Pietermaritzburg y otros lugares y personas de Sudáfrica en los que se desarrolla la novela.

 

Cuando leí tu novela, “Immorality Act”, el mundo que has creado fue probablemente lo que más me impresionó y un aspecto de tu estilo que encontré muy elaborado. Por poner un ejemplo, has sabido caracterizar a ciertos personajes poniendo en su boca dichos o refranes tanto africanos como británicos y que eso contribuyese a su vez a crear un ambiente. ¿Qué peso tiene para ti la atmósfera en una novela?

Desde mi punto de vista tiene mucho peso. Por ejemplo, en Immorality Act me interesaba especialmente trabajar tres miradas y personalidades distintas que confluyeran en la creación de un mismo ambiente. Algo que me obsesionaba cuando visité Pietermaritzburg hace unos años, era como una misma ciudad podía ser valorada de una forma tan diferente por las personas que convivían en ella, como si se tratase de dos ciudades alejadas que solo compartían un mismo nombre. En la novela se incluye la descripción física de una ciudad concreta a los pies de la cordillera del Drakensberg, claro, pero la descripción más interesante tal vez es la que nos proporcionan las sensaciones, la mirada y el estado de ánimo de los personajes que la habitan.


Hablemos ahora de tus personajes. Durante una buena parte de la trama de tu obra, los protagonistas van de la preadolescencia a la juventud. ¿Te interesa especialmente esa etapa de la vida por algún motivo?

Sí, lo has interpretado muy bien. Me interesa esa etapa porque la asocio a un momento en el que pueden nacer amistades muy especiales y duraderas. Por ejemplo, en el caso de Julia, Lungile y Andrew, el nacimiento de ese vínculo tan fuerte entre ellos tiene que darse precisamente en la adolescencia, cuando apenas han tenido tiempo de interiorizar los estereotipos y prejuicios del racismo institucionalizado que fue el apartheid. Probablemente ellos nunca hubiesen sido amigos si se hubiesen conocido ya en la edad adulta. Gracias a que se conocen e intiman cuando son muy jóvenes, consiguen ignorar lo que la sociedad del apartheid espera de ellos y se convierten en tres personajes atípicos en la frontera.


¿Por qué elegiste una especie de centro parroquial -dirigido por el típico sacerdote “colega”, cuyo rol todos conocemos- como lugar donde crece la amistad entre tus tres protagonistas, Julia, Lungile y Andrew?

La misión que aparece en la novela existió en la realidad y era un centro educativo gestionado por religiosos para alumnado africano. También existían otras misiones que se ocupaban de la salud, por ejemplo.

Curiosamente, el padre Seamus fue el último personaje en aparecer en el proceso de creación de la historia. Descubrí que lo necesitaba, bueno, en realidad, el especialista sobre Sudáfrica me hizo saber que lo necesitaba. Porque Seamus era alguien necesario para que Julia, Lugile y Andrew pudieran mantener su amistad más allá de un encuentro casual, una especie de carabina. Además, al ser un padre católico e irlandés, y por lo tanto convertirse en una mirada externa como la de Julia, también me permitía trabajar un personaje con un apartheid menos interiorizado y una mentalidad algo más abierta a aceptar la amistad entre los tres chicos.


Permíteme hacerte una única pregunta de un tinte menos literario. En el arranque de la novela, la principal protagonista, Julia, es una mujer blanca, europea, de cuarenta años. ¿Dirías que te pareces a ella en algún rasgo de tu carácter que nos pueda interesar a nivel humano?

¡Algunos lectores me han preguntado lo mismo! Comparto con Julia su adicción al chocolate o el ser bastante patosa, pero la verdad es que me identifico mucho más con la personalidad de Andrew y todas esas contradicciones que a veces le hacen decir o hacer tonterías, o su tendencia a utilizar el humor como el lugar ideal en el que ocultarse.

Andrew es el más joven (e infantil) de los tres, tenía que ser así, para que el racismo del apartheid, que te otorgaba todos los privilegios como hijo de colonos blancos, todavía no hubiera levantado una barrera que le separara de Lungile por el hecho de ser zulú. No sé por qué razón acabó con algunos rasgos de mi carácter, pobre Andrew.


Una cuestión que probablemente preocuparía a escritores noveles que estuviesen leyendo esta entrevista. ¿Cómo sueles empezar a escribir? ¿Construyes primero algún personaje, diseñas la escaleta o escribes directamente alguna escena?

Immorality Act nació y creció en el itinerario de narradores de la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès y por eso utilicé la herramienta de la escaleta para construirla. En otras ocasiones, me he dejado seducir por un lugar (demasiado a menudo y eso ha llegado a perjudicar algunos textos) o en unos personajes concretos y ellos me han llevado de la mano hasta elaborar una lista flexible de escenas. Pero siempre me gusta tener claro un esquema de lo que estoy escribiendo, para no acabar por matar a todos los personajes cuando no sé qué hacer con ellos, cosa que también ha pasado.

Confieso que aún no he leído tus anteriores publicaciones, el poemario “Monstres i rellotges” ni el libro de relatos “Cafè Zoo”. ¿Por qué razón dejaste la poesía? ¿Simplemente es imposible publicar poemas o te has decantado voluntariamente por la narrativa?

La poesía es un género que me interesa muchísimo como lectora, y, de alguna manera, intento incorporar sus técnicas también a lo narrativo. Tengo tendencia a construir las historias hilvanando distintos instantes de la vida de los personajes o lugares que me obsesionan. A veces esos fragmentos de vida los escribo a través de cuentos; otras, a través de poemas o escenas. En ese sentido, por ejemplo, tuve que rebajar la influencia de lo poético en la novela porque a veces se me iba de las manos, jajaja. Paqui, como ves esta respuesta parece una forma demasiado “lírica” de decir que no siento que haya dejado la poesía, ¿verdad?

 

 

Y desde tu punto de vista, en estos años, ¿cómo ha evolucionado el tono de tu escritura?

En esta novela, a pesar de estar construida a través de breves instantes de vida de los personajes como comentábamos antes, la historia es única. En cambio, en mi novela anterior, por ejemplo, la historia estaba construida a través de varios relatos protagonizados por personajes distintos. No sé si el tono ha evolucionado en ella, pero sí ha sido todo un reto trabajar una única historia de principio a fin.


Por último, me gustaría que nos dijeras -sin preocuparte por disimular ese afecto que nos provoca cualquier historia que escribimos y que ha ocupado años de nuestra vida- a quién y por qué recomendarías leer tu novela.

Creo que recomendaría Immorality Act a aquellas personas interesadas sobre todo en el tema de la amistad, porque la novela es la historia de una amistad de frontera que supera casi todos los obstáculos. También podría recomendársela a las personas interesadas en la interculturalidad y el racismo, en Sudáfrica y su historia, o en conocer otras cosmovisiones distintas a la occidental.

 


Sé que te encuentras muy ocupada este verano, Ana, así que gracias por dedicar tu tiempo a esta entrevista.

Como dice Rosa Montero, el éxito de cada libro es un misterio que depende de la confluencia de varios factores. Entre ellos la calidad del texto, la buena promoción que la editorial realice del mismo, incluso la fecha de publicación influye. Lo primero, la calidad de “Immorality Act”, ya lo tienes, Ana. Te deseo de verdad que tengas mucha suerte en esta nueva andadura.

¡Muchas gracias, Paqui! Ha sido un placer hablar contigo, como siempre. Y gracias también a Algunos Libros Buenos por publicar esta entrevista y apoyar a los autores y editoriales independientes.

Por Paqui Bernal
@_PaquiBernal

Título: Immorality act
Autor:  Ana Moya Romero
Editorial: EDICIONES DE SALINAS
Publicado: 1 enero 2022
ISBN: 978-8409379057
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Paqui Bernal es una escritora nacida en Andalucía. Publicó su segunda novela, “La mirada vaciada” (Nova Casa Editorial) en abril de 2021. También es autora de varios cuentos y artículos de prensa. Licenciada en Filología, estudió el Máster en Creación Literaria en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona.